El país que vive su presente con ideas del pasado jamás verá claro su futuro


Por Juan Antonio Carrasco

No. No es una frase célebre. No la exhortó ningún político renombrado, ni la exclamó ningún artista desde el doloroso exilio. Es mía.

No soy un apolítico -no creo en la apolítica-. Soy, en todo caso, un descolorido

-"¿Descolorido?"

Sí... ¡Descolorido! La política, por obra y gracia de algún publicista o inductor del vender, se asemeja a las compañías telefónicas (y no solo por las tarifas que se gastan, no...) porque en ambos casos colorean sus logos, sedes, enseñas para hacer fieles a sus ideas e identificarse con el grupo.

En España -esta nación que fue de naciones, este país que fue un imperio-, sus gentes tienen las ideas políticas sesgadas por un momento crucial y triste de su historia: la Guerra Civil.
Tanto los ciudadanos de a pie, como sus representantes ideológicos. Porque un país en el que sus gobernantes son incapaces de bogar en la misma dirección, no puede mantener el rumbo correcto y, finalmente, se volcará la barca; esta barca en la que vamos todos. ¡Todos! ¿Alguien se ha fijado en eso?

Triste es ver como la cabezonería de unos dirigentes, por hacer suya la masa social, por proclamarse el gobierno de la progresía, el gobierno del "pide lo que quieras que ya te daré".

El mismo que cegó a su pueblo en el portal mismo de una gran casa en crisis, cerrando las puertas haciéndonos ver que todo iba bien, sin ser previsor, ahorrador, gastando el dinero en agradar a quienes les reían las gracias, con tal de que no protestaran y no temer represalias.

- "¿Represalias?"

¡Sí! Represalias... En este país de costumbres encontradas, tenemos una izquierda de valores dudosos. No me importa decirlo. No creo en un movimiento político que me imponga lo que quiero hacer. Que me calle a gritos o insultos o a desprecios por no coincidir con sus verdades, su visión de las cosas y sus métodos. No apoyo unas ideas que se quedaron trasnochadas en el tiempo, que se exponen como banderas libertarias al aire, con olor a podrido, de un pasado que ya murió. Que me habla de fascismo, de puños en alto, de banderas de la hoz y el martillo, de otras de tres colores que solo tuvo un lustro de existencia y la ondean como si fuese representativa de algo, desacreditando a la que, desde hace siglos, nos une como nación, sin coronas y sin depredador.

Una izquierda que se quedó en la camaradería de Brunete y soldados de una República que murió por sus propios medios. Una rancia izquierda que, en el siglo I rememora aquellos años de fratricidios, rencores, venganzas...

Una izquierda ciega a lo que el resto del mundo ve, y defiende ideologías dictatoriales vestidas de chándals nacionales, de sorbedores de mentes anegadas de palabras que no dicen nada y, sin embargo, incrementan el odio por aquello que no coincide con su programa. Rancia izquierda. Rancia de apestosa, rancia de antigua. Una izquierda que insulta al que no la comparte, y que nadie me niegue eso. Una izquierda de timbales y mazas, de burlas a la fe y al derecho de tenerla.

¡No creas! Pero no insultes mi pensamiento

Una izquierda institucional que aboga por libertades sin más consenso que el suyo, que piensa que todo un país apoya lo que proponen y que, cuando han estado al frente de éste, no ha sido mejor que su adversario.

- "¡Algo bueno tendrá!".

Claro... Algo... Pero no he sido capaz de descubrirlo.

¿Y la derecha rancia? ¿Y esa...? Esa que dice luchar por trabajadores y empresarios, esa que ahorra, esa que guarda pero no reparte y, cuando reparte, lo hace a los mismos que nos hacen deudores eternos. Esa que subyuga a fuerza imponer. Esa que nos convierte en turistas en otros países a la fuerza. Esa que ahoga economías familiares, dando ideas a empresas que se aprovechan y justifican recortes, despidos y ajustes basándose, no pocas veces, en la crisis que nos asfixia, dejando sin resuello al que ya no resuella. Esa que quiere abandonar signos del pasado, en contra de su oponente, pero que no nos logra hacer olvidar que sus mejores aliados no es el pueblo llano (igual que la izquierda, por cierto).

La misma derecha que reniega de sí misma para centrarse, olvidando que en el centro está la virtud y, en política, ésta consiste en servir igual a unos que a otros sin caer en el error de beneficiar a otros frente a unos.

Derecha rancia, igual que la rancia izquierda. Ideales encontrados que, en España, no han sido capaces de hacerla avanzar más. Unos, queriendo retomar aquello que no acabó bien; otros, queriendo hacer olvidar lo mismo que , aquellos primeros, no permite que se olvide.

Triste España que olvida su presente recordando el pasado. Cuando los colores dejen de servir al rencor de la memoria, se mirará el presente con esperanzas al futuro.