Sobre la vida, la muerte y lo definitivo


© P. Jaén
En cierta ocasión me contaron lo que le ocurrió a una familia que celebraba la primera comunión de uno de sus hijos en una finca en las afueras de Toledo. Los padres empezaron a discutir por no sé qué cosa y tenían que irse en coches diferentes, cada uno con un hijo, porque uno de ellos había quedado con un amigo. En plena discusión y en caliente, el padre, antes de cerrar su puerta del coche ya con el hijo que él llevaba en el asiento de atrás, le dijo a su mujer que era una idiota, dio el portazo y salieron, cada uno para un sitio. Unos minutos después, su mujer y su otro hijo en un cruce tuvieron un accidente en el que ella murió. Lo último que le dijo ese hombre fue ‘eres una idiota’, lo cual no es ni significativo ni verdadero, pero fue lo último. Probablemente se arreglaría la cosa porque por lo visto la discusión era por un asunto de las dos familias encontradas en la celebración de la primera comunión del hijo y esos asuntos sencillamente no tienen arreglo ni dejan de tenerlo; son así. Pero ese hombre se recordaba a sí mismo una y otra vez esas palabras y ese tono: ‘eres una idiota’, mientras contemplaba absorto el féretro de su mujer en el funeral.

Esta historia real que un día me refirieron trae una moraleja consigo: debemos construir nuestra vida con cosas hechas como ‘definitivas’ y no ‘provisionales’. Cada segundo, cada instante que pasa es único e irremplazable y no se volverá a repetir en iguales circunstancias, por eso es importante cómo vivirlos y aprovecharlos con la gente que Dios nos ha puesto por delante.

Yo sí que pude decirle algo mucho más bonito, verdadero y reconfortante a mi abuela antes de que se muriera. Y dos veces. Y ella además me contestó con gestos: me dijo ‘y yo también’. Ya está. Con eso me basta. ¿Pena? Por supuesto. Pero no quiero decir nada cursi ni de lagrimeo barato. A todos se nos muere gente que queremos. Todos creemos que nuestros mayores, nuestros padres y amigos son los mejores. No digo nada nuevo. Pero resulta que ésa era mi abuela: irremplazable y única como cada momento que se vive en la vida.

Puedo entender la rabia de algunas personas que pierden a sus hijos o nietos y se enfadan con Dios de alguna manera, pero yo busco en los cajones de mi conciencia y sólo encuentro motivos para darle gracias. ¿Por qué pedirle a Dios que no me quite algo que, al fin y al cabo, Él me regaló? Lo que duró, duró. Y no fue ni mucho ni poco. Fue lo que quiso Dios, y eso es lo que está bien. Cuando la gente va al cine y ve una buena película, a nadie se le ocurre cuando termina exigirle al dueño de la sala que siga. Se terminó. Cuando el director de la película quiere que se termine.

Lo que vengo a decir es que no miro que ya no está, sino todo lo que ella me dio, todo lo que ella nos hizo vivir mientras estaba aquí con nosotros. Eso es lo que hay que hacer. Hay gente que vive creyendo que no se va a morir nunca. Esos sí que son los verdaderos idiotas. Con lo feliz que se es viviendo la vida con sencillez y sabiendo que nadie es más que nadie, que sólo Dios es alguien. Ese alguien que nos regala personas como mi abuela que llenan la vida de infancia feliz entre naranjos y limoneros, luces de tardes de verano y abrazos que nunca terminaban, del olor del clavel, del aire de Matalascañas, de sus historias, de su amor por su pueblo y por la Virgen…

Dice Xiskya Valladares, la llamada ‘monja tuitera’ que su lema es ‘dad gratis lo que gratis recibisteis’. Gran verdad. Yo no pagué nada. Sólo nací y me encontré en la mejor familia del mundo y con la mejor abuela del mundo. ¿Cómo devuelvo este regalo o favor para estar en paz con la vida? Pues dando lo que recibí. Ya lo dijo Benedicto XVI en su primera encíclica: Dios es Amor. ¿Y qué iba a ser si no? No puede ser otra cosa.

La única cosa de mi abuela que no ha muerto es su amor. El que llevo yo dentro y que ojalá sepa dar a las personas que tengo a mi lado como ella hizo conmigo. ¿Qué mayor prueba de la inmortalidad del alma que ésa? Cuando mi abuela estaba de cuerpo presente, todavía había células en su cuerpo que vivían, pero ella no estaba ahí. Estaba ya en el amor que vive en su recuerdo. No lo digo yo; ya lo dijo Jorge Manrique en el siglo XV cuando afirmaba que la buena fama de su padre fallecido y no sus tierras, sería la que haría de él un ser inmortal. La prueba es que estamos en 2013 y ya me he referido al padre de ese hombre del siglo XV gracias a las coplas que su hijo escribió sobre él.

¿Quién hablará de nosotros dentro de unos años o siglos? Aunque la pregunta más bien debe ser: ¿Cómo hablarán? ¿Qué ejemplo de vida damos a los que nos rodean?

En fin. Mi abuela se fue. La película terminó. La pena y tristeza de que termine una buena película es que ya no disfrutamos viéndola, pero no seamos egoístas. Tan sólo el hecho de haberla tenido de abuela ya hace de mí el hombre más rico del mundo en aquello que verdaderamente llena, importa, y de lo que no quieren enterarse aquellos insaciables idiotas que buscan otras cosas: el amor.