El Sirviente de la Dama. Nazneen.

Un relato de B.N. (1º de Bachillerato)

Finalmente la noche había cerrado el cielo con un velo oscuro, salpicado por motas luminosas, retazos del alba.
Saalan observaba el último invento de su padre, un original artefacto cuya función era medir el tiempo a lo largo del día, la cantidad de “momentos” o “segundos” como lo había bautizado él. El invento había recibido el nombre de “reloj” y la forma de comprenderlo era teniendo en cuenta que el máximo de los momentos en el día; lo constituía la hora; lo que constituía la hora eran los minutos; y lo que constituían los minutos eran los segundos.
Poseía tres agujas: una señalaba la hora, la otra los minutos y la última los segundos, estimados en instantes en los que se da un parpadeo bajo ritmo constante.
Pero Saalan no lo observaba sólo por su curiosa función, si no porque aquel día, aquella noche, sería una noche especial. Una noche en que las tinieblas levantarían la bruma sobre la ciudad.
La noche del Fuego Fatuo: horas de oscuridad dedicadas a los monstruos que se ocultaban en los tenebrosos bosques, bajo la superficie de los lagos, bajo la apariencia de algo que no son...
Tras esa noche, se daría lugar a la festividad del día de Todos los Santos.
Sin embargo, Saalan no creía en monstruos, ni leyendas, ni tradiciones como la noche del Fuego Fatuo. Para él, aquel solo era otro motivo para evitar un nuevo día de aprendizaje de nivel medio.
Estando bajo el resguardo de su hogar, Saalan cogió el reloj y se lo llevó a su cuarto.
Según su padre, el momento exacto en el que comenzaría la noche del Fuego Fatuo, tendría lugar en el preciso instante en la que las tres agujas del reloj señalaran el número doce.
Quería comprobar, y demostrar posteriormente, que, en el momento en que llegaran al número doce, no ocurriría nada. A pesar de las datadas desapariciones, seguía pensando que no era posible. Que jamás pasaría algo semejante.
Monstruos.
Tan absurdo como el hecho de que alguien vestido de rojo vaya a casa en navidad a dejar regalos.

Aún faltaba media hora para que dieran las doce, de modo que Saalan se tendió sobre su cama. Y, poco a poco, el sueño se fue apoderando lentamente de él.

Después de un tiempo, Saalan se despertó. Miró a su alrededor, algo perdido todavía. Se frotó los ojos y se estiró. Su cuarto estaba oscuro, distante en el espacio. No podía afirmar que estuviera en su cuarto, no recordaba el momento de haberse quedado dormido, de hecho. Pero se movió hacia el borde de su cama, y apoyó los pies en el suelo.
De repente, un séptico aroma captó su atención, olía a podrido. Pasados unos segundos, oyó un leve chasquido. No supo de dónde venía. De nuevo, escuchó un chasquido, seguido de un sonido que parecía ser el de algo siendo arrastrado. Espontáneamente, sintió que ha sus tobillos se aferraba algo helado. Dos manos.
Saalan dio un salto, en vano. Las manos tiraron de él hacia el interior de la cama, a pesar de su esfuerzo. Y, cuando estas alcanzaron su espalda, Saalan despertó.
Había sido un mal sueño.
Se había quedado dormido en posición fetal, sobre su cama. El reloj seguía emitiendo ese sonido tan constante y molesto. Pero esta vez era diferente.
No era un sonido fluido, estaba más bien atascado en su proceder. Emitía un chasquido.
Saalan se incorporó sobre la cama y observó el reloj.
Las tres agujas señalaban el doce. Empero, la de los segundos no avanzaba. Se movía de forma casi imperceptible, intentando avanzar, pero no cedía.
<<>> pensó, decepcionado. Cayó en la cuenta de que, siendo así, no sabía en qué momento habían dado las doce. Ello lo decepcionó aún más.
Concluyendo así su fallida comprobación sobre la existencia de entes sobrenaturales, Saalan se cruzó de piernas, cogió el reloj, y se inclinó hacia el borde de su cama para dejarlo en el suelo. En el instante de dejarlo en el suelo, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
Y también percibió que había alguien más con él en la habitación.
Atrajo las manos hacia sí, temiendo que algo saliera de debajo de la cama. Pero lo que pasó fue a un peor.
- Así que tu eres Saalan, el niño erudito que todo cree saber, ¿ cierto? - dijo una voz fría y satírica, a su lado.
Saalan dio un salto y salió de su cama. Pegado a la pared, observó con horror como una bella mujer se hallaba sentada en su cama. Sus ojos eran penetrantes, brillantes como el vidrio. Su cabello, lacio al principio: a partir de la mitad empezaba a rizarse hasta llegar al final. En sus labios mostraba una sonrisa divertida y amarga.
De los labios de Saalan solo dos palabras consiguieron salir:
- ¿ Q-Quién eres?
La dama rió estridentemente.
Saalan se encogió aún más y se apretó contra la pared. <<>>.
- Esa ha sido una pregunta muy divertida por tu parte, Saalan - cruzó las piernas con elegancia y soltura.
Llevaba unos guantes negros que le llegaban hasta los codos y un vestido de encaje victoriano, negro y rojo.
- ¿ Sabes porqué resulta tan divertida?
Saalan negó de forma casi imperceptible con la cabeza.
La sonrisa de la mujer se ensanchó.
- Porque, según tú, no existo - hizo una pausa-. Y no puedo ser, si no existo, ¿ no?
- No....no la entiendo señora.
- Nazneen. Llámame por mi nombre. Será importante que lo recuerdes para el futuro. Quiero que todo el mundo sepa que fuiste visitado por mi - se echó hacia atrás, utilizando los brazos de apoyo-. Y que tú reconozcas mi magnificencia.
Saalan seguía sin entender nada, ahora menos que antes. Intentó averiguar de nuevo a qué se refería la mujer.
- Se...Nazneen, ¿ cuándo he dicho yo que no exista? - al tratarla por su nombre, su temor se desvaneció un tanto. Por lo menos ahora no era tan desconocida.
Una mirada de petulancia recorrió su rostro.
- ¿ Es necesario que te haga hacer memoria de lo que llevas afirmando todo el día? - hizo una pausa-. “ Los monstruos no existen”.
Saalan quedó sorprendido, y desconcertado.
- Pero...usted no es un monstruo. Es una persona.
Nazneen despidió de nuevo su sonora sonrisa.
- Eso está claro, querido. Pero entiende “monstruo” por ente sobrenatural - se levantó y se acercó a Saalan-. Soy una bruja, pequeño, y no estoy dispuesta a aceptar que no consideren mi existencia de forma tan descarada.
Al oír esas palabras Saalan se tranquilizó y todos los músculos de su cuerpo se relajaron.
Su mirada se volvió escéptica y, con tono atrevido, dijo:
- ¿ Que eres una bruja? Creo que esa afirmación es incluso más divertida que mi pregunta.
El gesto de Nazneen se torció, pero continuó escuchando.
- Es cierto que, de repente, estabas a mi lado en la cama, pero yo me acababa de despertar y es normal que no me hubiera percatado de tu presencia, con mis sentidos embotados.
La bruja enarcó una ceja.
- Entonces, ¿ me estás diciendo que soy una ladrona, o una psicópata, que se ha colado en tu casa? O, peor aún, ¿una mentirosa?
El chico se envaró, con la duda acechándole.
- Puede que así sea - balbuceó.
Los ojos de la mujer llamearon y su cuerpo se tensó.
- ¿¡ Cómo osas dudar de mi palabra, maldito engreído!?
- ¡ Demuéstramelo! - exclamó Saalan, en defensa y bajo un creciente temor-. Demuéstrame que eres lo que dices ser - repitió, más tranquilo.
Nazneen se calmó y, rápidamente, su rostro se relajó, adoptando un gesto pensativo.
Finalmente, dijo:
- No necesito demostrar que soy una bruja, al igual que tú no necesitas demostrar que eres humano. Salta a la vista.
- Así que no piensas demostrarlo...Entonces seguiré sin creer que seas una bruja.
Se dibujó una media sonrisa en los labios de la dama.
- ¿ Y porqué no al revés? - hizo una pausa, en la que disfrutó de la pausa-. Intenta probar que no lo soy. De ese modo comprobarás que lo que digo es cierto, porque es difícil demostrar que algo no es lo que es, siéndolo.
- Es una falacia, un engaño...Pretendes liarme.
- ¿ De verdad lo crees? - rió estruendosamente.
Se cruzó de brazos y apoyó el peso de su cuerpo en su pierna derecha.
- Mira ese reloj - sabía lo que era aquel artefacto, pero cómo...Saalan desconocía la respuesta.
El chico hizo lo que la mujer le pedía.
- Está roto.
- Te equivocas, funciona correctamente. El problema está en que si el tiempo no avanza, la función de ese reloj queda completamente anulada y, en consecuencia, no actúa como debería.
- ¿ Estás diciendo que el tiempo no avanza?
- Más claro no te lo podía haber explicado.
Saalan no se lo creyó, aunque había algo que le indicaba lo contrario. Quizá fuera intuición, quizá miedo, quizá seguridad, pero Saalan se dirigió a la puerta de su cuarto, que estaba cerrada, y trató de abrir, pero el pomo no giró ni un milímetro. Ni siquiera tembló la puerta.
- Vaya parece que la relación movimiento-tiempo es un hecho - dijo, socarronamente, Nazneen-. Si no hay tiempo no hay movimiento aunque, por supuesto, sólo hay tres excepciones a la regla en esta habitación: tú, yo, y ese reloj cuya aguja no consigue avanzar.
- Pero...¿ Qué es lo que pasa? - Saalan volvía a estar alterado, el pánico aferró su corazón y lo apretó con fiereza.
El rostro de Nazneen se volvió rígido como una piedra, insondable, helado, intransigente.
- Soy una bruja, Saalan, y no toleraré que mi nombre se pronuncie en vano por boca de hombres y mujeres.
El aire de la habitación comenzó a enrarecerse y resultaba pesado, húmedo al respirarlo.
Saalan sintió una presión que aumentaba en todo su cuerpo. En algún lugar fuera de la habitación crujió algo con fuerza.
- El oscuro vacío se expande - afirmó Nazneen, mientras su cuerpo comenzaba a elevarse sobre el suelo-. Pronto irrumpirá en este espacio, y será el fin. Tu fin.
El gesto de Nazneen era cada vez más seco y oscuro.
- Yo existo, Saalan, y me he hartado de este juego. Espero que, antes de morir, recuerdes bien esto.
De la nariz del chico comenzó a regurgitar sangre.
La bruja abrió los brazos y exclamó:
- ¿ Todavía piensas en demostrar lo contrario? ¿ Crees que es posible?
La sangre impregnó la ropa de Saalan y llenó el suelo de manchas y motas. Aún bajo aquella situación, logró enfrentarse, por última vez, a la bruja, testarudo.
- Hay tantas posibilidades de que existas..., de que seas una bruja,...como lo contrario, Nazneen.
La tersa piel de la cara de la mujer se llenó de arrugas, repleto su cuerpo de frustración e ira.
A Saalan le apareció un corte en un brazo, después en el otro.
El chico gritó de dolor. Sus piernas dejaron de responder, y cayó estrepitosamente al suelo, llenándose de su propia sangre.
Toda la habitación daba vueltas, y no conseguía enfocar nada bien.
En aquel instante, tal fue su desesperación, su angustia, su desasosiego...que se rindió.
- ¡ Está bi...! - la garganta le ardía.
Volvió a intentarlo.
- ¡ Está bien, tú ganas! - perdió fuerza y empezó a no poder pensar con claridad.
Lo siguiente que dijo lo hizo casi en un susurro:
- Existes.
La bruja no pareció escucharlo, e intentó repetirlo, pero no pudo. Las paredes del cuarto se resquebrajaron, un fuerte aire ardiente sopló, alborotando el vestido de la poderosa Nazneen.
Todo oscureció, y el torrente de dolor desapareció.

Saalan abrió los ojos.
Se incorporó velozmente.
De nuevo, todo parecía haber sido un sueño. Un terrible sueño.
El reloj seguía en la cama. Lo observó. Vio, con agrado, que había pasado media hora desde que fueran las doce.
Todo estaba en calma.
Sin embargo, debía de haber dormido en una postura poco apropiada, ya que le dolía cada hueso del cuerpo. Quizá ese había sido el dolo que había padecido en el sueño.
También notó una extraña quemazón en el vientre.
Se movió hasta el borde de la cama y algo cayó al suelo.
Un sobre blanco, sin remitente ni emisor. Nada. Sólo una lacra que sellaba el sobre.
Lo abrió y sacó la nota que contenía:

Ahora eres sirviente de la Dama Gris, Nazneen.
Tu alma es suya. Tu cuerpo es suyo.
De ella depende tu vida.

Nazneen

Saalan no pudo asimilar lo que leía.
Le temblaron las manos, la sangre cayó de golpe a sus pies. Sostuvo la carta entre sus manos con apenas firmeza.
La quemazón aumentó su intensidad, hasta tal punto que se sentía como si le estuvieran quemando el estómago.
Se levantó la camiseta y vio la causa de su mal: una N grabada en su piel.
En ese instante, de la nada, volvió a surgir la estridente risa de una bruja satisfecha.