JORGE MANRIQUE: La vida como río

El Mundo, 18 de enero de 1998

No llegó a cumplir los 40 años. No pudo ver cómo Isabel de Castilla, por la que tanto arriesgó su vida, empezaba junto a Fernando de Aragón, el reinado más importante de la Historia de España. Inauguró la poesía como un hecho individual, como expresión particular de sentimientos.


Es Jorge Manrique el primer gran poeta de la España moderna, la que nace con los Reyes Católicos, aunque también puede decirse que es el último gran poeta de la España que cierra la Edad Media y se abre a una nueva era con Isabel y Fernando. Dentro de los signos curiosos que esmaltan su reinado, no es menor que su primer año coincida con el de la muerte del primer poeta de Castilla defendiendo precisamente el derecho al trono de Isabel. No es tampoco casualidad que inaugure la gran serie de poetas inmensos en la lengua de España con brevísima obra. A Jorge Manrique le bastaron unas pocas estrofas de un solo poema para ganar fama imperecedera. También Garcilaso escribió muy poco, Fray Luis de León apenas una docena de poemas y de San Juan de la Cruz se recuerdan tres y hasta con uno bastaría. El paladar del lector de poesía estaba hecho al gusto exquisito y popular de los romances, que ya en el siglo XV se constituyen en el Banco de España de nuestra divisa lírica. No ya una lengua y una literatura sino toda una historia se justificarían sólo por el Romancero. Pero además, con Jorge Manrique, la poesía en español -en su tiempo, la lengua de Castilla es ya la lengua franca de toda la Península, primera o segunda de todos los que sabían leer y escribir- comienza a ser una empresa individual, al margen de los gustos de la corte y de las modas literarias. Inaugura la poesía como hecho individual, como expresión de sentimientos que sabemos a qué y a quién corresponden. La poesía no nace con él, pero él es nuestro primer lírico puro.

Jorge Manrique tiene además un misterio especial, un algo mágico que lo identifica con una época y una sensibilidad que nos parecen fijados de una vez y para siempre por la sola gracia de unos pocos versos. El culto que los lectores han rendido desde hace cinco siglos al hijo de Don Rodrigo Manrique, dedicatario del primer gran poema de su género en nuestra lengua, viene siendo inalterable, regular, sencillo, clásico, tan normal como el que puede rendirse a la Naturaleza. Y todo nace del prodigio de esas «Coplas por la muerte de su padre» que comienzan:

Recuerde al alma dorminda,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;

aunque la estrofa más popular es la sexta:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu´es el morir.
Allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir.

¿Sólo esto basta para hecer imperecedera la gloria de un poeta? Pues sí, basta y sobra. Su sencillez, su falta de apresto y su naturalidad son precisamente las virtudes que lo han canonizado sobre la inmensa tribu de los versificadores. Pero además Jorge Manrique tiene en torno a su nombre un conjunto de hallazgos, una conjunción de misterios que nos permiten explicarnos no ya su valía -que nada importa a los inmunes al encanto difícil de la poesía, en arcano para la mayoría de los humanos- sino esa permanente popularidad suya, esa inquebrantable devoción secular.

Jorge Manrique llevaba uno de los apellidos más ilustres y antiguos de Castilla, el que pasó precisamente al Romancero con los Siete Infantes de Lara. Sin embargo, se podó el apellido célebre -Manrique de Lara- como para dejarlo sin hojarasca, por noble que fuera. Era hijo de uno de los hombres más poderosos de su época, don Rodrigo Manrique, Comendador de la Orden de Santiago, gran guerrero, político tenaz, noble turbulento, como todos los de su tiempo y emparentado con la familia de los Mendoza. Pero la vida de Jorge Manrique, que podía haber dado para una gran crónica cortesana, política y militar se quedó o alcanzó a quedarse sólo en elegía.

Era Jorque Manrique sobrino, hijo y hermano de poetas, entre los que destaca su tío Gómez Manrique, uno de los tres o cuatro mejores del siglo XV si su sobrino carnal no los hubiera eclipsado a todos. Por los datos que tenemos, escasos y convencionales, no hay la menor sospecha de enfrentamiento generacional o familiiar, más bien todo lo contrario. Jorge, que nació en Paredes de Nava, tierras de Palencia, en 1440, parece haber seguido con aprovechamiento los estudios de Humanidades y se adiestró concienzudamente en el oficio militar que su tradición y su época requerían. A los cuatro años perdió a su madre, doña Mencía de Figueroa, y su padre se volvió a casar dos años después con doña Beatriz de Guzmán.

Quince años duró el matrimonio, por lo que cabe pensar que ella fue, si se dejó, la madre real del poeta, aunque éste guardara siempre el recuerdo de la verdadera.

Su boda a los 26 años denota lo identificado que estaba Jorge Manrique con su familia: en 1469 se casa por tercera vez su padre con doña Elvira de Castañeda y al año siguiente, 1470, se casa Jorge con la hermana de su madrastra, doña Guiomar. Para entonces ya eran célebres su valor y arrojo en el campo de batalla. La primera vez que aparece al frente de la caballería es en el asedio al castillo de Montizón y tenía 24 años. Participa en las innumerables batallas por la sucesión en la Corona de Castilla, siempre del lado de Isabel. No conoció sólo la gloria. La primera parte de la guerra fue penosísima y él mismo fue hecho prisionero cuando trataba de tomar la ciudad de Baza. Su hermano Rodrigo murió en el mismo hecho de armas.

Pero la muerte esencial, en su vida y en nuestra literatura, se había producido un año antes, en 1476. Don Rodrigo, el padre, murió en Ocaña el 11 de noviembre, víctima de un cáncer que le devoró el rostro. Semejante imagen de las Postrimerías, medieval hasta la caricatura pero terriblemente real, marcó indudablmente a Jorge, que expresó por ello en las Coplas no sólo el elogio fúnebre a su progenitor sino la contemplación misma de la vida como bien perecedero y mortal, del tiempo como víctima del tiempo, de la belleza como objeto de nostalgia más que de celebración. Cuando dice «Los infantes de Aragón, / ¿qué se hicieron?», recuerda a los hijos de Fernando de Antequera y lo hace con afecto, porque su familia era tradicionalmente aliada del bando aragonés de Castilla, pero se acuerda sobre todo de su niñez, cuando aquellos galanes supieron conquistar la Corte. Tampoco queda nada de ellos.

El tema clásico del Ubi sunt? pierde su carácter convencional por acercar formas vividas de lo fugaz: su padre, su niñez, el Tiempo. Su propio tiempo. Era Jorge Manrique amigo de la tristeza y deudo de la melancolía, quizá persuadido de que la muerte le rondaba. Y fue así: asediando el castillo de Garcimuñoz cayó gravemente herido y murió poco después, en Santa María del Campo. Era el 24 de abril de 1479. Seguramente una lluvia fina calaba las tierras altas de Castilla, los soldados volvían con sus armaduras manchadas de sangre y de barro, aún no salía el sol y ya se ponía para aquel noble guerrero que en sus ratos libres, siguiendo la tradición familiar, escribía algún poema.

No llegó a cumplir los 40 años. No pudo ver cómo Isabel de Castilla, por la que tanto arriesgó su vida y finalmente la perdió, empezaba, junto a Fernando de Aragón, el reinado más importante de la Historia de España. Sin duda soñó con la gloria, la de su casa, la de su patria, pero a todo se sobrepuso veloz el tiempo. Su verso claro no tenía rostro: se lo prestó un caballero de la Orden de Santiago, Martín Vázquez de Arce, enterrado en Sigüenza. Hay sobre el sepulcro un guerrero que lee un libro con gesto de melancolía. Es una de las esculturas más hermosas de España. Mucha gente cree que es una evocación de Jorge Manrique. Desde luego no se trata de un equívoco o de un error. La imagen del Doncel de Sigüenza, siendo absolutamente singular, resulta casi intemporal por la armonía interior que trasluce y la perfecta simetría de los rasgos. Podría decirse que es típicamente renacentista, pero tampoco hay en ella el júbilo de las formas y la rotundidad de las celebraciones del volumen humano al modo del siglo XVI.

Se ha interpretado, por eso mismo, como un gesto de despedida del Renacimiento a la Edad Media, con su inmensa fuerza desgarrada, sus convulsiones alucinadas y sus vértigos angélicos. Como si en el pasado turbulento se perdiera también algo de la alegría salvaje de los siglos oscuros. Como si la claridad de la piedra noble no alcanzara a consolarnos de la pérdida de aquel terror donde se escondía la nostalgia del Infinito. Tanto sugiere esa piedra que, como símbolo de lo que Huizinga llamó El otoño de la Edad Media, alguién acabó identificándola con Jorge Manrique. Y acertó.