¿Y para qué sirve la sintaxis?

«¿Y para qué sirve la sintaxis? Para lo mismo que puede servir un crucigrama o un sudoku. Fundamentalmente para pensar. Analizar el idioma es hacer gimnasia mental para utilizarlo mejor, para escribir mejor, para expresar mejor, para comprender mejor… O sea, para mejorar.
Eso nos ayudará en algo mucho más importante: ser capaces de convencer a los demás cuando lo necesitemos».

La Gramática Descomplicada, Álex Grijelmo, Taurus, 4ª edición, pág. 345.

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¿Para qué sirve la sintaxis?

Según cuenta la leyenda, Sócrates se empeñaba, poco antes de morir, en aprender una pieza de música. Alguien le preguntó que para qué lo hacía. Él simplemente respondió: para saberla antes de morir.
Quizá esta ocurrencia socrática pudiera servirnos también para responder a nuestra pregunta. Pues tal vez convenga que nuestros alumnos aprendan la sintaxis para «saberla antes de morir». ¡Como la música! De hecho, la sintaxis es algo así como el acto de poner música a las palabras para que no queden mudas, para que en una organización melódica bien interpretada se conviertan en comunicación.
Si la sintaxis es una mera exposición de intrincadas teorías al servicio de no se sabe qué, tal vez la respuesta sería: la sintaxis no sirve para nada. Pero si la sintaxis es el dominio de las alternativas melódicas que operan en la creación del sentido de lo comunicado, valdrá la pena aprenderla «antes de morir»: antes de que muera el pensamiento (informe), los «sueños» (etéreos), la elocuencia (falaz), el discurso (vacío). Antes de que mueran —quizá— antes de haber nacido.
Si la sintaxis es el armazón sobre el que están construidos los castillos del saber y del decir, su aprendizaje no ha de ser un artificio que nos aparte del amor a las palabras, sino una búsqueda de lo que dicen y de lo que callan.
Por si acaso fuera útil, sigamos llevando en nuestra cartera de profesores unas cuantas partituras de sintaxis.