El teatro es un ensayo de la vida



Si desean pasar un buen rato estas Navidades les aconsejo leer Teatro maldito y bendito (de la editorial ViveLibro de Madrid) de José Manuel Villafaina Muñoz. Se trata de un libro de teatro que contiene unas obras un tanto jocosas, que leí en su día, hace ya meses, y que estoy segura que os resultaran propicias para llenar el tiempo libre, acorde con la situación política que estamos atravesando. Hoy confieso que fui guiada por la admiración profesional que tengo a José Manuel Villafaina, desde hace bastante tiempo además; en cambio, su lado humano, hace escasos años que lo vengo conociendo. En actualidad, estos dos aspectos: humano y profesional, se han ido desvelando y entrelazando en dos de las tres etapas vividas que voy a exponer a continuación.

La primera etapa fue en Navalvillar de Pela, concretamente cuando yo era una jovencita: entre dieciocho a veinte años. La imagen que tenía de Villafaina es que era un hombre del mundo del teatro (en esta primera etapa apenas tuve tiempo de percibir claramente su calidad humana). Más tarde, cuando llegué a Badajoz, de ello que hace unos ocho años, seguía pensando casi lo mismo; no obstante, en mi segunda etapa, acorté el pensamiento e invertí su sentido: el teatro es su mundo. Actualmente, ya de entrada en la tercera etapa, cada vez que lo veo por Badajoz y nos paramos a conversar, me da mucha alegría comprobar que nos satisface el tema cultural en toda su dimensión.
Charlar con José Manuel es un lujo y, un decir pues, lo que hago fundamentalmente es escuchar a este gran entendedor de las artes escénicas, hasta llegar a la conclusión de que el maestro Villafaina “es nuestro gran crítico y servidor del teatro en Extremadura por excelencia”.

Como bien he dicho tuve la oportunidad de conocerle en el tú a tú, a mi llegada a Badajoz. Es por tanto un hombre cariñoso, dicharachero, apasionado de las artes escénicas donde los haya: él, que tanto a mi esposo, como a mí, nos acogió en su tertulia habitual donde nos hablaba de sus muchos proyectos en su mundo teatral; e incluso me dejó personalmente algunas obras inéditas que leí con gran interés. Recuerdo que le regalé alguna de mis publicaciones, como intercambio de nuestra amistad, donde iba una dedicatoria que más o menos rezaba así: A José Manuel Villafaina: El teatro es un ensayo de la vida.

Hasta que buen día, de forma casual, mi marido y yo, lo vimos por Badajoz (en esa fecha él se había ido a vivir por la zona Don Benito-Villanueva) y, al saludarnos, nos estuvo enseñando uno de sus primeros ejemplares de su Teatro maldito y bendito (lo cual me alegró sobremanera, hasta el punto que fui una de las primeras personas en adquirirlo de sus propias manos).

La portada de este libro es todo un acierto: es de color rojo intenso (en ella aparece la imagen de una compañera suya...). El libro, como ya anticipé, se resume en cuatro obras de teatro que él había preparado con mucho empeño: Historias de Filemón, Una hoja de Parra para el emperador, La Extrella de Belén y El coquí enlatado (las dos primeras pertenecientes al teatro maldito y las dos últimas al bendito).

Al cabo de unos días, nos volvimos a ver; aunque, esta vez, nos dirigimos a una de las terrazas del centro de Badajoz para hablar de su libro de teatro y de la experiencia que había tenido al leerlo, hasta aquel momento, ya que iba leyendo por la mitad.

Amigo mío, –le dije así, como me vino–, creo que el autor está muy por encima de los personajes de la primera obra; o lo diré de otra forma: es una excusa que se ha inventado el autor para explayarse largo y tendido, ya que el amigo Villafaina no se ha dejado nada en el tintero: es por lo tanto una crítica teatral y política en toda regla, donde más de uno sale mal parado: “lo pone a caldo”, expresado en lenguaje coloquial.

El segundo tema es una obra de teatro donde se da caña a la monarquía; también bajo un punto de vista jocoso y algo menos incisiva que la primera, aunque tiene su enjundia.

La tercera obra es un dúo entre Villafaina y el poeta Bartolomé Collado, amigos de tertulia: ambos han estado años poniéndose de acuerdo para poder llevar la obra a buen puerto. En ella se percibe, claramente, la mano de Collado, por tener un estilo diferente al de Villafaina; no obstante, el trabajo de José Manuel queda más a la sombra, ya que él lo teatralizó y Collado lo transcribió en verso, (una obra que ya conocían: el Presidente del Pontificiun Consiliun de Cultura del Vaticano, y Teijeiro, profesor de Literatura de la Universidad de Extremadura).

La cuarta y última está enclavada en Puerto Rico, en las vivencias de su juventud y sus costumbres. Habla de la Grecia de los EEUU.

Aún recuerdo, en la amena tertulia que mantuvimos aquél día, que José Manuel nos deleitó, a mi esposo y a mí, como él sabe hacerlo, ya que es un perfecto embobador de masas, pues para ello es artista y se las sabe todas; no obstante, cuando nos despedíamos, recuerdo que le dije: “es fuerte lo que comentas en el libro, amigo mío; a más de uno, si os cruzarais por el camino, le gustaría tirarte de las orejas” (por decirlo en un tono suave). Y es que el maestro Villafaina es así de atrevido, sincero y empeñado.

Estoy segura de que, pasado un cierto tiempo de la publicación, le han llovido críticas del cielo más que del infierno; no obstante, habrá habido pocas de ellas que percibiesen al maestro con el calor humano y merecedor del afecto personal que yo le profeso. “Mi querido Villafaina: gran parte del Teatro maldito y bendito es una crítica teatral y política en toda regla, además de un ensayo de la vida: que tenga éxito el libro, es mi deseo; enhorabuena, también, por tus cuatro premios, el último hace poco tiempo; adelante con tus proyectos a lo largo y ancho de toda Extremadura... Ah, y suerte para ese nuevo libro que yo sé –por ti– que estás preparando. Con el abrazo, mi cariño y la admiración de siempre.

En la oscuridad



Vivía apartada del mundo en una pequeña hacienda en medio del campo rodeada de hectáreas de olivares. Cansada de la vida de la ciudad, un remanso de paz como aquel era lo que necesitaba para sus maltratados nervios.
La casona la heredó casi en ruinas, y ninguno de sus parientes, anteriores propietarios de dicho vergel, quiso restaurarla, ya que había leyendas familiares que contaban de extraños sucesos y decían que la casa estaba maldita, encantada. Simoneta, mujer de mundo, no creía en esas cosas y su máxima siempre era que había que tener miedo de los vivos, no de los muertos.
Mientras se restauró el caserón los albañiles comentaban que estaban pasando cosas raras allí, y ninguno quería quedarse a solas y aún menos tras oscurecer. Simoneta decía que eran unos miedicas asustadizos que se dejaban llevar por su imaginación y las leyendas del pueblo; ella había estado allí a solas multitud de veces y nunca había pasado nada extraño. ¡En todas las casa viejas la madera cruje y el viento silba entre las rendijas de las ventanas!

Ya habían transcurrido dos semanas desde la mudanza, estaba asentada en su nueva residencia y encantada con la paz interior que estaba encontrando; el mundo de la Bolsa estaba atrás, y el estrés que él conllevaba también. Mudarse en medio de la nada sin ni siquiera vecinos en un radio de cinco kilómetros a la redonda era la mejor decisión que había tomado en su vida.

Era una noche de verano sin luna, y como en la sierra refrescaba al anochecer no necesitaba aire acondicionado, sino que dormía con las ventanas abiertas, lo que le permitía mirar las estrellas antes de quedarse dormida; el estridular de los grillos bajo su ventana le parecía una nana. Pero esa noche no se podían ver las estrellas, era como si la luna nueva las hubiese apagado todas, y había un silencio sepulcral en el campo. Los grillos habían enmudecido y ni si quiera se podía escuchar el esporádico ulular de los búhos en los olivares.
La oscuridad en la habitación era absoluta y ni se perfilaban los bultos de los muebles en la oscuridad.
No sabía por qué, pero esa noche se sentía inquieta; quizá era que había olvidado tomar sus medicamentos, o tal vez era esa extraña oscuridad o silencio, que le hacía volar su imaginación con las leyendas familiares. ̶ ¡Deja de pensar tonterías! Se decía a sí misma; pero estaba claro que algo extraño estaba ocurriendo, quizá solo fuera que un depredador nocturno en el campo estuviera cerca... ̶ ¡Qué estúpida eres, aquí no hay ni osos ni panteras! Se volvió a decir.
Empezó a quedarse dormida cuando de repente creyó escuchar una respiración jadeante, sus ojos se abrieron de par en par. Agudizó el oído. Nada. Seguramente lo habría soñado en ese momento de vigilia previa al sueño.
Otra vez volvió a despertarse, pero esta vez fue la sensación de un aliento gélido en su cuello la que erizó su piel. Se sentó de un salto en la cama y extendió su brazo para encender la lámpara de la mesita de noche, pero la bombilla parecía que se había fundido.
Con la respiración entrecortada palpó el cajón para buscar la linterna. No funcionó, por más golpes que le dio. Volvió a escuchar esa respiración jadeante, ahora estaba segura que era real ¡no estaba dormida!
Asustada, preguntó a la oscuridad ̶ ¿Quién anda ahí? Nadie le respondió, a pesar de que sentía una presencia en la habitación.
Decidida, se levantó de la cama y con la linterna en una mano como maza y la otra extendida, empezó a palpar la negrura de la habitación. Tocó la moldura de la columna de su cama con dosel y se aferró a ella como Ulises al mástil de su barco. Aterrada sentía esa respiración como un canto de sirenas que le seducían a su perdición.
Cada vez sentía más cerca esa gélida presencia. ¿Qué hacer? La escopeta de caza de su padre estaba muy lejos, en el cuarto de los trofeos. Fuera lo que fuera, no tenía los medios para enfrentarse con aquello en la habitación, y no sabía lo que era. ¿Sería un animal? No, un sexto sentido le hacía pensar que era algo totalmente distinto. ¿Y si era una manifestación paranormal, como el de las leyendas familiares? ¡Un poltergeits, que había asustado a generaciones de su familia e hizo que abandonaran la casa!
No podía ser, ella no creía en esas cosas, tenía que haber una explicación lógica; pero no había lógica que pudiera explicar esa extraña respiración.

Tenía que calmarse y pensar con lucidez; si era alguien o algo en la habitación para hacerle daño, ya lo habría hecho, había tenido todas las oportunidades del mundo, ella estaba indefensa en la oscuridad y esa criatura tenía ventaja. ¿O quizá estaba jugando como un gato con un ratón antes de comérselo? Pensar que era parte de la cadena alimenticia no le daba precisamente ánimos.
Debía de escapar. La puerta de su dormitorio estaba a apenas un par de metros de donde ella se encontraba. Armada de valor, y con solo la linterna como arma, empezó a tentar la oscuridad para dirigirse a la puerta. Ese «algo» también se movió, se interpuso entre ella y la salida. Su mano extendida tocó la piel viscosa de la criatura. En vez de reaccionar de forma defensiva y atizarle con la linterna, gritó, cayó de espaldas y perdió su único instrumento de defensa. Escuchó como el monstruo echaba la llave. Estaba atrapada.
Estaba claro que no era el poltergeits de las leyendas familiares, eso no era un fantasma ruidoso. Era corpóreo.
Retrocediendo como un cangrejo en el suelo, volvió a preguntarle: ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? Con sonido gutural, arrastrando las palabras le contestó: ̶ Guuulll, ceennaarr.
El terror se apoderó de Simoneta. Sabía que un «gul» era un demonio necrófago que se alimentaba de cadáveres, habitaba en lugares inhóspitos o deshabitados y frecuentaba los cementerios para alimentarse. Su casa estaba lo suficientemente aislada para ser morada de algo así, pero desconocía que mataran para comer.

El instinto de supervivencia le decía que su única salida era por la ventana abierta, en dirección opuesta a donde estaba el gul. Saltó encima de la cama, y en la oscuridad corrió hacia la ventana saltando hacia el vacío.

La encontraron una semana después. Suicidio, fue como lo calificó el forense. Se había partido el cuello en la caída, y había sido pasto de algún extraño animal (no podían identificarlo por las mordeduras) que había devorado su carne.

Presentación en Sevilla del libro de Juan Antonio Carrasco


El jueves 1 de diciembre 2016 a las 19 horas en la Institución Literaria 'Noches del Baratillo' de Sevilla tuvo lugar la presentación del libro 'De Profundis' de nuestro colaborador Juan Antonio Carrasco Lobo. Fue presentado por la poetisa y filóloga Pilar Alcalá García, vicepresidenta de dicha entidad.

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Durante el acto también se recitaron interesantes poemas y breves narraciones.

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 Kino Navarro, Juan Antonio Carrasco, Pedro Jaén y Lola Cebolla

Acompañados por amigos y seguidores

A las tres en punto


Era el 23 de junio de 2016.

El curso se había acabado, todos los niños estaban emocionados hablando con sus compañeros alegremente sobre sus planes para el verano y su recién recuperada ‘libertad’.

Aunque no todo el mundo sonreía.

Había una niña de doce años que miraba de forma ausente por la ventana. No, no miraba, recordaba.

Había tenido recientemente un sueño, al cual llevaba dándole vueltas todo el día.

En el sueño una niña de seis años arrastraba a su madre a través de un parque de atracciones. Las dos iban buscando unos servicios, girando cada esquina y empujando a unas cuantas personas.

Andaban a un paso rápido, la madre iba sujetando a su hija, que parecía a punto de salir corriendo. Un último giro y los vieron.

Ambas bajaron corriendo las escaleras, y cruzando la plaza, llegaron hasta los baños.

Unos minutos después, la niña salió del baño y, al ver que su progenitora no salía del baño, se recostó contra la pared del establecimiento.

Ahora que no tenía prisa pudo observar bien la plaza.

Ésta era semi-subterránea, con paredes de cemento cercándola. Unos adoquines de piedra componían en suelo, desgastados por el paso del tiempo. Al lado de las escaleras que daban a las otras calles circundantes, una máquina de refrescos de un rojo brillante descansaba en el extremo izquierdo. En el centro, dentro de un arriate redondo, un roble se erguía en medio de la plaza.

Unos pocas horas después, la pequeña avanzó unos pasos hacía el árbol, pero tan pronto como la repentina brisa se levantó, se paró en seco.

El viento se volvió más fuerte, concentrándose alrededor del roble y llevándose las semillas esparcidas por el suelo al aire, creando un precioso torbellino de colores amarillentos y beige.

Segundos después, la brisa desapareció tan repentinamente como había llegado.

La niña miró a los lados, para no encontrar a nadie. Las únicas pruebas de lo que había pasado allí eran la nueva posición de las semillas y ella misma, que estaba cubierta de éstas.

Antes de que la pequeña pudiera procesar lo que había pasado, su madre salió de los baños y la cogió de la mano, comenzando a rehacer el camino de vuelta hasta el resto de la familia.

Mientras la niña subía las escaleras, se preguntaba: ¿Qué ha pasado…?

A medida que caminaban, ella repitió la escena en su cabeza y, aun si saber que causó ese viento, una idea cruzó su cabeza: Puedo volver a verlo, sólo tengo que volver a la misma hora.

Con eso, le preguntó a su madre: Mamá, ¿qué hora es?

La mujer frunció ligeramente el ceño ante la inesperada pregunta, pero aun así respondió: Las tres y dos, cielo.

La chica se grabó a fuego en la memoria esa hora, pero una voz en su cabeza le susurró: Tendrá que ser el mismo día, ¿no crees?

La pequeña ignoró ese pensamiento, decidiendo que tener una pequeña esperanza era mejor que ninguna.

Y con eso, la promesa se cerró: La próxima vez que vuelva, vendré a esta misma plaza, a esta misma hora.

A las tres. Las tres en punto.

Pedro Jaén Seijo en las jornadas de otoño de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo


Con motivo de la nueva edición de Evento Blog España (EBE), certamen pionero sobre la evolución e influencia de la comunicación digital en la era de la sociedad del conocimiento, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) desde su sede en Sevilla organizó dentro de su programación de los Cursos de Otoño, la jornada 'Comunicación para la Educación: la tecnología es el medio y el conocimiento es el mensaje', que se celebró el 23 de noviembre 2016 en la Casa de la Provincia de Sevilla.


En dicho encuentro se expusieron numerosas experiencias innovadoras en la comunicación con fines educativos. La entrada era libre hasta completar aforo y fue un gran éxito de público, con más de cien asistentes.


Nuestro director Pedro Jaén Seijo realizó la ponencia 'Mejorar la formación en Humanidades mediante la creación de contenidos digitales', con la que presentó la revista LETRA LIBRE a la sociedad sevillana.

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+info en este enlace


Otras referencias en medios:
Pedro Jaén, Carmen Pareja-Obregón, Kino Navarro, Lola Cebolla y Javier Parrado, en el 'Encuentro LETRA LIBRE' que tuvo lugar a continuación.

Tesoro prohibido



Muchos pensamos ser políticamente incorrectos, pero hay una frontera que no nos atrevemos a cruzar. Tal es el corsé, hay que decirlo. Y lo que digo excluye izquierda, derecha, centro y populismos, hay que decirlo. El verdadero muro lo han levantado en nuestras mentes todas. Estamos en prisión, estamos en la caverna de Platón. Cualquier despertar y todo despertar queda en la intimidad individual, al socaire de una batalla intestina despiadada, incubando una depresión que debe ocultar en las entrañas el pensamiento libre y la verdad y que por tanto impide el hecho libre. Prohibido tesoro.
El disidente debe hurtarse al mundo. Porque de la presión exterior sobre un hombre al abismo de la depresión hay un trayecto triste que la sociedad totalitaria -la innumerable policía que conforma el pueblo subyugado- no está dispuesta a consentir. Sin parada intermedia. Es la imposibilidad del héroe, la soledad del que salvándose se condena.

El vigilante clandestino


Por C.R. Worth 

Era aficionado a las artes marciales, y las practicaba cada mañana para estar en forma. Vivía en una zona problemática de la ciudad en la que había unas tasas muy altas de crimen, y el vecindario estaba aterrorizado ante la idea de salir de noche de sus casas. Los que trabajaban hasta tarde se habían visto más de una vez atracados por delincuentes.
Fermín siempre les decía a sus amigos que deberían de hacer algo, que no podían permitir que esa calaña se adueñara del barrio. A lo que respondían que no eran súper héroes.
Soñaba con esos justicieros de las películas, los vigilantes clandestinos de los comics. Gente con poderes o no, que con una máscara salía cada noche para tomarse la justicia por su mano, ya que la policía no hacía nada, o era corrupta.

El día en que atracaron a la abuela de su mejor amigo, mandándola al hospital con una rotura de cadera, tomó la decisión de hacer algo, su conciencia no le permitía quedarse en casa con los brazos cruzados. Necesitaba un atuendo para salvar su identidad, pero las mayas, capa o máscara no eran su estilo. Dada su afición por las artes marciales, una indumentaria a lo oriental, tipo Ninja, todo de negro, quizá fuera lo más indicado.

Pronto empezó a correr el rumor por el barrio de que había un justiciero, un vigilante clandestino que por las noches estaba deteniendo el crimen y a los atracadores, acabando estos con una cabeza quebrada. ¡El héroe de la comunidad había nacido!

Saltaba entre el atracador y la víctima, les advertía, y solía pasar siempre igual; al ver su pequeña estatura y que no iba armado, siempre se reían de él. Entonces empezaba su rutina marcial: meneaba sus brazos y manos, y sus piernas comenzaban a moverse en esa acompasada danza. Luego empezaba el canto: mmmmm iiiaaaaa uuu.
Los atracadores sorprendidos, siempre respondían con un «¡pero qué coño!» o «¿qué carajo haces?», lo miraban boquiabiertos, y antes de que se dieran cuenta, estaban hipnotizados con su Tai-Chi. Luego llegaba su «Sidekick» (aquel que atracaron a su abuela) cual Sancho o Robin y con un bate de baseball por detrás, les atizaba un cahiporrazo en la cabeza quebrándoles el cráneo.

Etimología invisible del maligno


A Lola Cebolla, por dar un giro métrico a mi vida.
Never again Is what you swore
the time before...
Martin Gore
Para continuar no ahogándome en este río,
ecléticamente ataviado de invisible,
de anodinos y desorientados, necesito de tu sangre.
¡Oh Dios, qué lejos te has escondido!
Quedéme y olvidéme entre versos escatológicos
y de preescolar, alimentando ovejas opacas
en los pueblos perdidos. Pero no me dejé tocar.
No fui a misa. Nunca me confesé, no debía,
¿Para qué confesarme y ser labia aleatoria
que se arrodilla en oratoria de billete falsificado?
Dios sigue escondiéndose, siendo un faro
favorable. Sigue trasladando mefistófeles decaídos
a las lamentables bibliotecas; insignificantes,
insaciables. Cetrinos que se golpean el pecho,
fauna de religiosos maniáticos, maricas comunes.
Siempre levitando en el nunca más,
ahí quedéme sin la persistencia sombría
del que alucina deletreando palabras funestas.
¡Tócame, oh Dios, no dejes de tocarme!

Kino Navarro, Sevilla 2016

D.E.P. Fidel


Ha muerto Fidel Castro. No hay presunción sobre lo que hizo o no. Hay hechos. Sobre la totalidad de su vida digo que fue un hombre malo. Unos medios (asesinatos, tortura, propaganda, totalitarismo) que pudieran ser justificados por los fines logrados (miseria, pobreza, muerte y exilio, ese es su legado en Cuba) tal vez dulcificarían al personaje y le darían cierta razón ante la histora tres generaciones más tarde, pero no es el caso del viejo tiranosaurio. No tiene nada de qué alardear en la lejana memoria. Ha dejado un país hecho mierda y ha contagiado a varios más. El nuestro, sin ir más lejos, no está exento del patógeno castrista. Para algunos esta es una opinión. Infame, por cierto. Queda en manos de la memoria, de la nada, o de Dios, no sabemos.

La justicia de los hombres ya no le alcanzará. Y Dios, si existe, no va a admitir que le digamos tú o yo como ha de ser su juicio. Y la nada, si es lo que queda, tampoco le dirá nada. La memoria es lo que nos ocupa y preocupa. ¿Cómo se dice....? La posteridad, ese es el marco en que debemos movernos los hombres en nuestro presente.

Es irrisorio que el mundo condene lo que ya no puede ser afectado. Decía Albiac que lo finito no afecta a lo infinito. Añado que tampoco a la nada. Por eso la muerte nos unifica. Podremos hablar del legado, que es el impacto sobre lo pasado, el presente y la posteridad. Hablaremos de la huella y nos quedarán amor y odio, y sobre el muerto el impotente armamento de las consecuencias.

Descanse en paz Fidel.

Muere el dictador, asesino y homófobo Fidel Castro y la extrema izquierda LGTB lo homenajea


Si alguna fidelidad le ha tenido Fidel Castro a alguien, es a Fidel Castro
Reinaldo Arenas
A las siete de la mañana viendo los informativos de TVE (los cuales me han recordado al Nodo franquista con imágenes como el Papa Francisco al lado de un dictador), recibo la noticia de la muerte de uno de los últimos tiranos y asesinos del comunismo: Fidel Castro. En honor a la verdad, debo decir que la noticia me ha sorprendido, pero inmediatamente me he acordado de Reinaldo Arenas y se me han saltado lágrimas de alegría. Mientras yo lo recuerdo, la extrema izquierda LGTB lo homenajea o sectariamente calla.

La otra cara del círculo gay de Podemos: Luis Alegre, ex secretario general del partido en la Comunidad de Madrid y Profesor de Filosofía en la Complutense, Eduardo F. Rubiño, diputado de la Asamblea de Madrid y Responsable de RRSS y Beatriz Gimeno, lesbiana y diputada como este último, retuiteando a su jefe y compañeros podemitas:


Ni Carla Antonelli ha tenido la decencia de acordarse de las 'transexuales' cubanas



Felicidades a Zoe Valdés, la cual ha recordado a Cabrera Infante, Arenas y a otros escritores e intelectuales de la cultura cubana, a la cual la Revolución rojofascista llevó al ostracismo.


Si hoy en día los intelectuales cubanos se portan muy bien con la “revolución” cubana, es en gran medida a esas purgas que realizó Castro al principio de tomar el poder. Todos los intelectuales que no se plegaron a los pies del dictador, tuvieron serios problemas y en su mayoría sufrieron cárcel y destierro. El escritor Reinaldo Arenas fue uno de ellos, uno de tantos a los que la revolución, es decir, Fidel castro, le pasó la cuenta.



No me vale que muchos años más tarde el homófobo del dictador pidiera perdón, porque si Franco o Hitler lo hubieran pedido, también os valdría. Lo mismo que condenáis, y utilizáis, el asesinato de Lorca, ¿no os da vergüenza ni el más mínimo pudor por los represaliados homosexuales cubanos? Siento mucho bochorno tener lamisma orientación sexual que vosotros. No me representáis sectarios. Hasta el filósofo izquierdista argentino Oscar del Barco reconoce que “Los llamados revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin, Trotzky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara”.


Lo vuestro sí que es conducta impropia.


Ojalá Cuba pueda volver a ser lo que fue. Ojalá Reinaldo y otros homosexuales cubanos pudieran hoy disfrutar de la libertad individual que yo disfruto. Ojalá. Sólo puedo, y debo celebrarlo, otros seguirán callando y votando a un partido que tiene como ídolo a un asesino homófobo:

¡Fiesta en el Infierno!
#FelizSábado
#VivaCubaLibre


Estamos hechos de palabras


Un día, al calor de un café inglés, una amiga -Saray- me contó (me enseñó) que las palabras terminadas en -ad tienen una parte importante de interpretación libre. Me explico. Cada persona da a esas palabras la interpretación que más le guste, que más se adapte a su personalidad o a su trayectoria de vida.

Es evidente que estas palabras tienen un contenido común. Por ejemplo, cuando hablamos de felicidad seguro que la mayoría de nosotros asociamos el estar felices con el efectivo bienestar de nuestra familia o con poder disfrutar de una vida sin muchas dificultades.
Ahora bien, seguro que también cada uno de nosotros asociamos la felicidad a momentos personales y puntuales en los que disfrutamos de aquellas cosas que nos gustan. Y bien es sabido que, en cuestión de gustos, se multiplican los colores. Afortunadamente.
Por ejemplo, para algunos la felicidad es poder remolonear en la cama un día lluvioso sin despertador. Para otros, la felicidad es poder pasear por el campo ese mismo día lluvioso.
Y, obviamente, tan respetable es una opción como la otra.
Lo mismo ocurre con la palabra “amistad”. Algunos la interpretan de una determinada forma y otros de una forma totalmente opuesta, pero, vuelvo a repetir, tan respetable es una interpretación como la otra.
Y así podríamos seguir con una lista casi interminable de palabras con esta terminación. Todo ello sin perder de vista que existen unos elementos comunes en la interpretación de las palabras terminadas en -ad.

Me gusta pensar que esas palabras son las más importantes para construir unas relaciones sociales cargadas de respeto. Lo más importante, en mi opinión, es saber entender el significado común de cada una de ellas para construir las bases de un mundo cívico, donde el respeto a lo diferente sea el eje principal.
Una vez que tenemos esos cimientos fijos, debemos empezar a construir el resto del edificio con la interpretación libre. Y, a partir de ahí, se establecen las relaciones sociales que manejan nuestro día a día.

Aparentemente, puede parecer fácil pero no lo es. Y no lo es porque esto exige poner en practica unas determinadas capacidades personales que, a veces, tenemos algo desentrenadas.
No os ha pasado, por ejemplo, conocer a una persona e ir entablando una amistad día tras día. De repente, esa persona os dice que os considera amigo. Y tú te quedas con cara de póker pensando: “Frena. No vayas tan rápido”. Pues he ahí la libertad. Es obvio que cuando vas haciendo crecer una relación con una persona estás sentando unas bases, pero también es obvio que hay personas que necesitan más tiempo que otras para elevar esa construcción. Por el motivo que sea.
Hablar sobre los motivos es una línea infranqueable, porque esos motivos son personalísimos y no es decente ni justo entrar a valorarlos. Lo decente es respetarlos y saber esperar.

Ahora no diréis que no es bonito el proceso: tener una raíz común y, a partir de ahí, ir regándola con los matices de cada uno. Eso es lo bonito: los matices.

Es un error considerar que las palabras son solo palabras. Grave error. Las palabras son la base de toda sociedad. Siempre he pensado que no es suficiente con decirlas o escribirlas. No. A las palabras hay que darles contenido y desmostrarlas. Pero, especialmente, hay que respetarlas y jamás infravalorarlas.
Porque, a lo mejor, ese es el grave error en el que estamos cayendo una y otra vez y que nos está dando como resultado este mundo tan inhumano y tan vacío de colores.

Me gusta



En un universo alternativo y en una galaxia lejana de cuyo nombre me quiero acordar, existía un planeta de humanoides parecido a la tierra. Tenían las costumbres y valores del planeta azul en el siglo XIX, pero era mucho más avanzado tecnológicamente incluso que nosotros ahora.
En ese planeta, estaban de moda las redes sociales, y las damiselas en vez de ponerse a hacer calceta, se dedicaban a compartir información (una manera muy resuelta de decir «chismes»), recetas y fotografías. Ellos, por el contrario seguían libando licores en el club, pero con el portátil en las rodillas mientras hacían exactamente igual que sus «partenaire».
En dichas redes sociales habían los mismos botones de «me gusta», «me encanta», «me entristece» etc; además de unos cuantos de cosecha propia como el «no me gusta», el de acuse de recibo para decir, «te he leído», uno con un tornillo que significaba «estás chalao», y el guante.

Allí, como aquí, existía el «amigo» que sin ton ni son le daba al «me gusta» automáticamente a todo lo que ponías, incluso sin leer lo que decías; actitud muy peligrosa porque en esa sociedad con más redaños, honor y fácil ofensa, corrías el riesgo de que pulsaran el guante.
Se había dado casos que internautas ponían en su estado que se le había muerto su padre, que estaba triste porque había perdido el perro, estaba acojonado por su próxima cirugía, o habían cancelado su programa favorito, y que estos contactos desalmados o inconscientes, le daban al «me gusta» o el «me encanta»; entonces el ofendido e indignado pulsaba el guante. Cuando esto ocurría, de la pantalla salía un mano virtual portando un guante y abofeteaba con él al susodicho mandándole de inmediato a sus padrinos, y citándolos al alba detrás de la tapia del cementerio.

Los cadáveres se contaban diariamente por centenares, pero las autoridades los consideraban una criba, una selección natural de la especie para deshacerse de tanto idiota.