Crónica de un viaje


Por María del Valle, periodista argentina colaboradora de LETRA LIBRE

Un poco más de 20 años me separaron de mi último viaje a Europa…

Con la ansiedad propia del tiempo transcurrido y los cambios operados en ambos continentes, hice mis valijas a la espera de las sorpresas que me depararía esta nueva realidad.

Ya no era la misma persona de entonces.

Había transcurrido mucha vida, muchos sinsabores pero, sobre todo, había atravesado en mi propio país, la Argentina, una de las experiencias más traumáticas y frustrantes que cualquier ciudadano puede vivir: haber estado gobernados por una casta de corruptos que no tuvieron límites a la hora de saquear el país y convertirnos en esclavos de sus caprichos.

12 años de kirchnerismo terminaron por enterrar cualquier resto de argentinidad que quedara en mis venas, con la vergüenza de saber que, de la famosa dicotomía de Domingo F. Sarmiento “Civilización o Barbarie” sólo había logrado imponerse la barbarie. Y los apóstoles del kirchnerismo empecinados en sacrificar las relaciones humanas en las hogueras de un fanatismo irresponsable y brutal.

En ese contexto, reviví cada instante de décadas pasadas cuando el vuelo desde Argentina me llevaba a España, donde residía entonces. Hoy, ansiosa por encontrarme con la actualidad de un mundo en el que España había ingresado a la Comunidad Europea y Suiza se erigía orgullosa frente a una Europa común.

Soy de la España de la Peseta final… del “duro” y la “pela”…

Llegar al Aeropuerto de Madrid 'Adolfo Suárez' desde donde debía tomar mi próximo vuelo fue el primer encontronazo con una realidad que hace 20 años había dejado atrás…

Abandoné España en la década del 90 con un Barajas pequeño y me encontraba ahora con la majestuosidad y este imponente edificio moderno que me abría orgulloso las puertas de una Europa diferente… un Aeropuerto dinámico y cosmopolita me mostraba la imagen de una España moderna y europea…

Más de 20 años habían cambiado la fisonomía internacional española sorprendiéndome con su criterio modernista y cosmopolita.

Mi destino final era Suiza y una parte del país desconocida para mí…ocho cantones que no conocía me esperaban imponentes luego de programar por meses el viaje de mis sueños por la Suiza alemana.

Zurich, Aargau, St.Gallen, Glarus, Uri, Berna, Obwalden, Luzern… Todo dispuesto para vivir una experiencia única en un país desconocido por muchos y admirado por mí.

Suiza es un país que encanta con su geografía, enamora con su estilo de vida y deleita con el grado de libertad que se respira en sus ciudades.

Atentos a su propia individualidad y sin embargo conscientes del otro hasta el extremo de no agredir ni afectar sus derechos, respetar sus silencios, sus espacios, su vida...los suizos viven en el silencio de una introspección que impide el avasallamiento de la vida ajena con el aturdidor ruido de las bocinas, las interminables y ajenas conversaciones telefónicas o los gritos salvajes de sociedades que no entiende normas de civilización y educación.

Es el país que encarna la idea del objetivismo randiano de que el Hombre no es "ni un lobo solitario ni un animal social" sino un "animal contractual" y cuya vida se desarrolla sobre el precepto del respeto al individuo y su libertad.

Suiza es el paradigma de la idea que sostiene que, "el grado de libertad de un país es el grado de su progreso" permitiendo a sus visitantes respirar una atmósfera de ilimitada confianza en la capacidad humana que premia el mérito, el esfuerzo y el trabajo bien realizado. Rechazar en un referéndum una renta básica de 2250 Euros para todos sus ciudadanos porque fomenta la vagancia u oponerse a ampliar de 4 a 6 semanas el período de vacaciones porque quita productividad habla mucho de esta sociedad.

Por eso, los suizos emanan esa felicidad que proviene de la confianza de saber que todo funciona con exquisita precisión. No se ríen a carcajadas estridentes; sólo son felices y esa felicidad muestra rostros descontracturados, confiados en su propio valor y la excelencia de un sistema que funciona para sacar lo mejor de cada individuo.

No están politizados sino consustanciados con la idea de ser ciudadanos responsables, con un conocimiento ilimitado en las consecuencias prácticas de las leyes que proponen votar sus dirigentes.

Un destino poco conocido para los hispanoamericanos pero imprescindible de conocer para todos aquellos que deseamos que la región deje atrás el subdesarrollo endémico político, estructural y social.

Suiza es ese país que, en lo personal, representa las aspiraciones de todos aquellos que queremos vivir en una "meritocracia".

Y el aeropuerto “Adolfo Suárez” me recordó una España eterna que ahora se desenvuelve en las contradicciones de una Europa común.

Naranjas y cardillos



Tía Elisa abrió una naranja con las manos. Al hincarle las uñas, la naranja se quejó, desprendiendo una nube de olor a invierno, porque los inviernos eran naranjas, frío, anocheceres precoces y, a veces, penas inexplicables. A mí se me cayó una lágrima, y tía Elisa, mientras seguía con la tarea de desgajar la naranja, dijo:

-¿Ya estás tú otra vez con tus tristezas?
¡Mis tristezas! ¡Qué sabría nadie de las tristezas mías! Tristeza porque olía a naranja, tristeza porque el borreguito que criábamos en casa decía 'beeee', tristeza porque la tarde se doblegaba, tristeza porque una vez doblegada, se convertía en noche, tristeza porque mamá no estaba en casa cuando yo llegaba de la casa de mis tíos.

-No, es que se me ha metido lo de la naranja en los ojos.

-Sí, ya... —apostillaba Lourdes, maliciosa.

Lou no entendía que yo llorase por esas cosas; yo tampoco. De hecho, era consciente de que el borreguito tenía que balar y la tarde doblegarse, pero no podía evitar entristecerme. Tía Elisa continuó:
-Y, ¿seguís teniendo ese cordero en tu casa?
Me limpié la lágrima como quien no quiere la cosa y respondí:
-Sí, a Beíta se le antojó cuando fuimos al campo y mamá lo está criando, le da biberones de verdad.
-¡Qué valor tiene tu madre!

Tía Elisa no quería animales en casa. Tan sólo una vez tuvo un pajarito horrible que tío Pedro había comprado en una exposición de canaricultura. Era mezcla de jilguero y canario. Había ganado un premio, pero no por su belleza o porque cantase muy bien. De hecho ni cantaba, y era un engendro horrible con las plumas tiesas y un espantoso carácter. De lo del carácter, yo entendía que el bichito no tenía la culpa: estaba 'domesticado', ¡si el Zorro viera esa forma de domesticar, madre mía! Le habían hecho pasar hambre y sed para que aprendiera a levantar la tapa del comedero y a sacar agua de un pozo con un dedal, tirando de una cadenita. De ahí que estuviese endemoniado y que durase en casa de mis tíos apenas dos semanas: el primo Andresito, fue una mañana a hacerle una caricia y el pájaro le picó. Irritado, lo agarró por el gañote. Se lo cargó. Terrible e inútil vida de penuria tuvo el pobre canario-jilguero, para terminar despachurrado en las manos sucias de Andresito.

-¿Y tú por qué pelas la naranja con cuchillo y tenedor, fina? —me agredió Lou.
-Me molesta el olor a naranja.
-¿No te gusta cómo huelen las naranjas, Paula? —me preguntó mi tía, sorprendida.
-Sí, mucho, pero no en las manos, sólo cuando se abren.

Es que yo creo que lo del olor a naranja es como todas las cosas: cuando algo se manipula, pierde la belleza. Eso mismo pensé en aquel momento, pero cualquiera se atrevía a decirlo, estando Lou delante. Con Lou, lo único trascendental eran los misterios. Le encantaban los misterios y torturarme con ellos. Los conocía a medias. Se los inventaba, adornaba, tergiversaba. Decía que la hermana de Isabel trabajaba en la calle de 'El Burro', pero que era un secreto y que no se lo dijera a nadie.

-¿Y dónde es la calle de 'El Burro', Lou?
-No te lo puedo decir... bueno, es en el 'Barrio Alto', donde venden peces y cardillos, ¡No me preguntes más!
-Pues venderá peces y cardillos.
-No, hace cosas malas, pero mamá dice que es buena, la pobre.

Al terminar la comida, tía Elisa, como siempre, tenía jaqueca. Se pasaba las manos con olor a naranja por las sienes, diciendo:

-¡Yo no puedo, yo no puedo con esta jaqueca! Idos a la cocina con Isabel.

Quizá no era muy ético, pero cuando mi tía tenía jaqueca, aprovechábamos para que Isabel nos hiciera azúcar tostada. Con tal de que desapareciésemos, hacía la vista gorda.
-Lou, ¿le preguntamos a Isabel?
-No, Pau, mi padre me mataría —yo imaginaba al grandullón de tío Pedro diciendo 'voy a matar a Lou'. La escena resultaba dantesca, por eso no insistía en que mi prima me lo contara.
Isabel terminaba de secar la loza.

-Isabel, ¿tu hermana Sara vende cardillos?

Lou me miraba, abriendo y cerrando los agujeros de la nariz, como un toro que resopla:

-Eres idiota, cállate —me daba un pisotón por debajo de la mesa.
-No, hija mía, no vende cardillos.
-Entonces, ¿qué vende?

La buena de Isabel, se reía y zanjaba la cuestión:

-Anda, tómate el caramelo, que como tu tía se entere de que ando jugando con vosotras... ¡con lo que tengo que hacer!

Salíamos de la cocina y Lou, tan decepcionada como yo, me increpaba:

-Es que eso no se puede preguntar, eres tonta —y me daba un manotazo en la cara: sus manos olían a naranja.

-Lou, ¿vienes a mi casa a ver el borreguito?
-¿Para qué? Después te pones a llorar.
-Es que me da pena.
-Pues vete tú, llorona.
'Vete tú'. Me dolió que me dijera eso y me fui, no sin cierto placer: el derecho a sentirme herida.

Era demasiado temprano para volver a casa sola, sin Lou. Seguro que mamá me iba a preguntar si nos habíamos peleado otra vez, así que decidí buscar la calle de 'El burro'. Estaba fuera del área en que nos era permitido andar solas, pero nadie se enteraría. Enfilé calle 'San José' arriba. No estaban los puestos de peces, ni los de los cardillos; quizá sólo los ponían por la mañana, mamá a veces mandaba a alguien a comprar cardillos para el cocido. El pavimento era un empedrado de cantos redondos entre los que corría agua jabonosa. Las coladas estaban tendidas en las ventanas, oreándose al frío del invierno. Un niño de mi edad jugaba a los bolindres en el zaguán de una casa. Le pregunté:

-¿Por donde se va a la calle de 'El Burro'?

Se repartió por toda la cara los mocos que le colgaban, en un acto de higiene, antes de contestarme. Apuntó con un dedito ennegrecido:

-Allí —me indicó, señalando una bocacalle muy estrecha, y volvió a sus canicas. Doblé la esquina. No había nadie en la calle; me pregunté qué venderían allí. Una mujer apostada en la barandilla de un balcón, me miraba con curiosidad. Entonces, me atreví a pedir razón:

-¿Dónde vive la hermana de Isabel? —le interrogué.

Ella llamó a otra mujer que salió, y también se apostó sobre la barandilla. Tenía el pelo teñido de rubio, un escote muy grande y la falda muy corta, con todo el frío que hacía.

-¿De Isabel, la que está sirviendo? —preguntó la segunda.
-Es la cocinera de mi tía.

Las dos mujeres se miraron y comentaron algo entre ellas. Entonces, me indicaron:

-Es en el número nueve.

El corazón me latía deprisa: iba a descubrir en qué trabajaba la hermana de Isabel, qué vendía. Se lo contaría a Lou, ¡eso de que siempre se sintiera dueña de los secretos!

Había un llamador con forma de herradura. Lo agarré, estaba frío y herrumbroso. Golpeé la puerta tímidamente y una voz ronca, pero de mujer, preguntó con desgano que quién era yo.

-Soy Paula, la prima de Lou.

Quizá se sorprendió de la visita: no me conocía de nada. Salió recogiéndose el pelo de un negro azabache, más negro que el propio negro. Sus cejas eran los restos de unas rayas mal dibujadas y la boca, de labios finos, algo de carmín antiguo, del día anterior, quizá.

-Pasa, linda —me invitó.

Pasé y me preguntó si quería una naranja. Le dije que sí, porque ignoraba que iba a tener que hincarle los dedos: no me ofreció plato y cubiertos. Yo puse cara de no saber qué hacer con la naranja. Entonces, con una mueca, me sugirió que le clavara las uñas, como ella, pero sus uñas eran largas, afiladas, le fue fácil. Al verme con cara de boba, me dijo:

-Anda, trae.

Le di mi naranja y me senté junto a ella, en una silla de la que colgaba una prenda negra muy extraña, que yo nunca le había visto a mamá usar. Ella, la quitó de mi vista y clavó sus uñas en mi naranja. La naranja se quejó, desprendiendo una nube de olor a invierno, y yo, de pronto, volví a sentirme muy triste. Creo que me pareció triste la hermana de Isabel; sus ojos arrugados, pequeños y muy negros se me antojaron melancólicos bajo las cejas sin pelos. Cuando terminamos de comernos la naranja, me preguntó:

-¿Y quién es Lou?
-Es mi prima Lourdes, Isabel es la cocinera de su casa.

La mujer sonrió:

¿Está bien Isabel?
-Sí, nos hace azúcar tostada.
-Y, ¿por qué te ha mandado venir?
-No, he venido yo sola... es que a mamá le gustan mucho los cardillos... ¿usted vendes cardillos?

Se abrió la puerta de la calle y entró un hombre. Ella le dijo:

-Vete, no me quedan cardillos.

Él pareció no entender y ella le volvió a decir:

-¡Que te vayas, coño!

Era mentira: me llevó a la cocina y allí tenía dos cardillos, en remojo, junto a una olla con garbanzos. Me los dio.

-Me quedan sólo dos, ¿los quieres?

No esperaba que los acontecimientos fueran de esa forma, no llevaba dinero, menos mal que me los regaló. Después, me dijo:

-Ahora vete, se está haciendo tarde.

Cuando salí, el hombre que había llamado a la puerta, estaba esperando fuera, y entró. Yo me alejé con los cardillos. ¡Cuando se enterara Lou de que sí vendía cardillos la hermana de Isabel!

Me fui a casa para estar con el borreguito. Quizá hoy no me pusiera triste cuando balase.

Encrucijadas


Hay días que nos parecen todos iguales; sin embargo, cada uno de ellos es diferente: se van alejando paulatinamente de nuestra infancia, adolescencia, juventud, etc. Hasta que un buen día o, mejor dicho, un mal día, te das cuenta que algo no funciona bien: la salud, por ejemplo, en este caso concreto. Eso mismo le pasó a Mariano Antonio Crucera Ramos, un hombre que disfrutaba de buena salud, hasta que la perdió. Desde entonces llegaron meses difíciles, sin saber a ciencia cierta qué era lo que le estaba pasando pues, últimamente, padecía una lumbalgia terrible que le incapacitaba para llevar una vida normal. Tras varios meses de peregrinaje por los distintos especialistas, le diagnosticaron una leucemia mieloide aguda, y, de inmediato, debía ingresar en el hospital para tratar su enfermedad. Primero, fueron largos meses en distintas fases de quimioterapia; después, una vez que remitió la enfermedad, se procedió a realizar el trasplante de médula ósea con células madre en Puerta de Hierro (Madrid). En total fueron dos años y medio de ingresos constantes, de los cuales, en tres ocasiones, Mariano estuvo a  punto de perder la vida. 

Lo curioso es que él nunca pensó que iba a morir pues, desde primer momento luchó de forma positiva: 'la enfermedad es una parte de la vida', era una máxima que se hablaba en casa de ella; porque, la enfermedad, viene cuando menos se la espera, en este caso se la necesita, ya que él estaba enteramente imbuido en su trabajo, se diría que demasiado, como ocurre en la mayoría de estos casos (con guardias continuas, reuniones sindicales que tantos problemas acarrean y, otras tantas historias en las que solía hacerse el imprescindible). La rueda de la vida se desmantela cuando nos vemos relegados de nuestros cargos; teniendo que dejar el trabajo, amigos, familiares, etc., tal vez nos vayamos a internar demasiado tiempo al amparo del hospital, altamente incomunicado hasta nueva orden, para intentar salvar la vida... y eso fue lo que le pasó a Mariano Antonio. 

Después de estar meses incomunicado salió del hospital y se dio cuenta que la vida es un inmenso regalo del cielo; que el estar vivo es un don maravilloso... (y todas aquellas frases tan bonitas que a muchos de nosotros nos suenan a chino). Desde ese momento algo comenzó a cambiar en su interior para volverse más agradecido, e incluso llegó a apreciar lo poco o mucho que en esos momentos poseía; sobre todo el poder estar de nuevo en casa, disfrutando de los suyos.   

Así transcurrieron diez largos años, y, cuando mejor estaba de salud, su hematólogo le aconsejó que se operase de vesícula (debido a unos cólicos que, al repetirse, corría el riesgo de provocarle una pancreatitis; de paso, le corregirían una hernia umbilical que le venía de nacimiento): 'Mariano se iba a quedar estupendo', no se hizo esperar este comentario de todos aquellos que le conocíamos.

Él estaba dispuesto a operarse con la garantía de que poseía una aceptable salud, dentro de sus posibilidades, claro; no obstante, su mujer, bien fuera por miedo o por no tentar a la suerte, no las tenía todas consigo pues, ella, no apoyaba de buen agrado una simple operación que, en muchos casos, hoy  se está haciendo por ambulatorio; no obstante, por precaución, se decidió que se realizase en el hospital Infanta Cristina de Badajoz, aunque  se demorase dicha intervención debido a la larga lista de espera. 
           
Al cabo de un año, días antes de Semana Santa 2016, a Mariano se le llamó para ingreso; y lo que en principio parecía que podía  durar de uno a tres días pues, se convirtieron en quince, y con suerte para contarlo, debido a una negligencia médica en la que tuvieron que intervenirle dos veces. En la primera de ellas, al paciente, se le cosió una parte del intestino provocando una obstrucción intestinal, y hubo que operar una segura vez con tres días de diferencia. Los médicos comunicaron a la familia que no se descartaba una tercera intervención. Mientras... los vómitos continuaban, se presentaba un paro intestinal a consecuencia de dos operaciones seguidas, resultando: diez días a suero, sondas en la nariz, drenajes; más cuatro días alimentándolo por vía venal... el resto, el paciente, se iría recuperando en casa, lentamente, con alimentación blanda.       

Lo curioso del caso es que yo había dejado pendiente parte de este artículo, antes de su intervención, y, al retomarlo, he tenido que dar un pequeño giro al texto para completar algunos detalles; sin embargo he respetado su título porque, llegado el final, sigo pensando que... la vida es hermosa. 

Lo mismo le ha ocurrido a Mariano: en su lucha diaria por alcanzar la salud, él ha aprendido un mensaje aleccionador, y en cada una de sus diferentes encrucijadas. Debido a la enfermedad y a sus sucesivas recuperaciones ha descubierto el valor de la vida: un mensaje de Amor y de Esperanza para el Hombre. Como él hay miles de personas que podrían dejarnos su valioso testimonio, si cabe más alentador e interesante; no obstante, ha sido todo un ejemplo de positivismo, lo puedo ratificar. Va por ti, Mariano, este poema:
AMOR HERMOSO

En Semana de Pasión
hierve en mí una triste pena,
esa es mi mayor condena:
la pasión del corazón.

Mírame Divino Rostro
en Tu cruz martirizado,
ambos estamos clavados:
Tú por Amor a los Hombres
yo por amor a mi esposo.
¡Cristo del Amor Hermoso:
cuánto amor crucificado!
Cuando llegué a nuestra casa  –junto con Mariano Antonio, sano y salvo–, al abrir la puerta de nuestro hogar, pensé: 'Hágase la luz'. Y la luz se hizo: allí estaban esperando nuestra preciosa hija y la perrita Musa ¡Qué hermosa la vida! En verdad se siente una muy bien con el deber cumplido. Simplemente, por eso, os deseo a todos el mismo gozo y el misma concienciación de la vida, a ser posible sin tener que pasar por... En fin, feliz semana para todos.

Mujeres valientes


Por July Borrero

“Este hotel tiene los sillones muy rojos, mi color favorito. Y las paredes muy moradas, el color de mi refugio. Que tengas un buen día”.
Eso fue lo único que me dijo. Y yo me quedé con ganas de decirle que deseaba que algo le alegrara la mirada aquella mañana. Siempre me pasa: me ponen muy triste las miradas tristes.

Todo es muy rojo y muy morado, pero tú has recaído. Y, entonces todo pasa a ser negro y huele a casa abandonada, y tú en medio de ese abandono. Y no hay rojo ni morado. Y tienes los ratos de frío en el alma en la soledad de una habitación de hotel. Que puede ser muy roja o muy morada o oler mucho a libro pero que no deja de ser la representación perfecta de la soledad,de las cosas a las que no nos arraigamos, de lo que nos da igual. No hay nada más pasajero que una habitación de hotel. Pero tú sigues creyéndote una valiente. Y sí, probablemente, lo seas.

Y, con tus ojos tristes y tu alma helada, vuelves a aquello de lo que siempre quisiste huir.

Bueno, a lo mejor no siempre, pero sí desde ese momento que tus pulmones pedían un aire diferente y, aunque solo sea por el amor al cigarrillo mañanero, no puedes privar de aire nuevo a tus pulmones. Y, seguramente, te lo digo por experiencia, huir no es la palabra. A lo mejor lo adecuado es decir “alejamiento temporal” pero suena mucho a eufemismo, a divorcio real.

Y estás sola, en una habitación muy roja y con el sonido del mar al fondo, pero echas de menos. Y no hay olor a sandía fría ni el color de los atardeceres de verano.

Y echas de menos unos ojos azules que te miran mientras te confiesan el miedo a morir, y echas de menos un cuerpo débil habitado por el alma más hermosa del mundo, y echas de menos unas piernas gordas y deformadas símbolo de mil victorias. Porque valiente no es solo la joven que grita en la calle contra el sistema, no, valiente de verdad es la señora mayor que se sienta al fresco de verano teniendo a su espalda una vida llena de batallas ganadas y, aún sabiendo, que va a perder la guerra, sigue dejando su alma en cada batalla diaria. Con varices, ojos cansados y miradas tristes; pero en la batalla hay que estar.

Y ahora que se te hace de noche sola, echas de menos que te recuerden que no has de comer tanto cuando vuelves a casa porque siempre que te da por volver a tus michelines les da por volver a salir.
Pero, sobre todo, cuando tu alma huele a quemado, te da por leer libros de mujeres valientes, y de repente te das cuenta, de que vives rodeada de mujeres valientes. Mujeres con miedo a la muerte, con varices y con almas del color del corazón. Mujeres con ojos azules y tristes, con piernas deformadas y almas infinitas. Mujeres que en su vida han cogido un avión, que nunca han salido de su tierra, pero que son infinitamente más valientes que las que recorremos el mundo. Porque lo nuestro ya es mucho más fácil.

Y, ahí, sobre la mesilla está tú libro sobre mujeres valientes. Y, ahí, en tu mundo están esas mujeres valientes.
Y, ojalá, ahí en la calle, pegando al mar, tus ojos hayan sonreído.

Y se cansó de que todos los días fueran iguales


Y se cansó de que todos los días fueran iguales.
Y decidió hacerlo todo distinto.
La rutina te mata porque la recreas cada día y no haces nada para cambiarla.
Los niños siempre serán imperfectos, siempre se mancharán, se dejaran las luces encendidas y reinará el caos entorno a ellos. El día que dejen de hacerlo, dejarán de ser niños, y ese día los habrás perdido. Serán adultos para siempre y probablemente ellos tampoco permitirán ser niños a tus nietos. Puedes intentar convivir con el pequeño caos, organizarte mejor, comprender que sus prioridades son otras e intentar educarlos sin amargarte la vida, porque nunca serán como tú deseas. Un día echarás de menos un niño en tu vida y habrás olvidado cómo sienten.

En el atasco de cada mañana siempre habrá algún torpe e inseguro que no sepa coger rotondas y dejará a todos esperando a que encuentre valor para seguir adelante. Puedes en la distancia seguir alterando tu forma de sentir esperando que una fuerza telepática le transmita tu enfado y nerviosismo para que de repente, tome valor y acelere el paso. También puedes poner la música más alta y disfrutar de esos cinco minutos que estas “perdiendo” contigo mismo.

En el trabajo, en la clase, siempre habrá un tonto al que no soportas y nada o poco podrás hacer para remediarlo. No te quejes y pide que “la suerte te acompañe” para que nunca sea ese tonto, ni tu jefe ni alguien que ejerza el poder sobre ti.

Una de las pocas cosas que puedes llegar a controlar es que el tonto nunca te gobierne. A menos que tengas la mala suerte de estar en minoría y que los tontos se reproduzcan, prosperen y te rodeen.

Parece que no cabe un tonto más (especialmente con derecho a micrófono). No olvidéis el proverbio…

Pinzas de odio y miedo


Algunas encuestas que pretenden provocar miedo pueden llevar a la paradoja de que los votantes las conviertan en realidad efectiva. Porque al fin y al cabo, señores áulicos del PP, agitando el miedo también se excita el odio, y el odio es precisamente el estímulo de la otra parte. A ver, esto del miedo y el odio es como el juego en bolsa: los inversores y los votantes son movidos por percepciones psicológicas. Cabe preguntarse si es más fácil apuntarse al miedo que al odio. Quizás la respuesta nos deje helados: sostengo que el miedo puede ahuyentar a los que de asumirse en la postura se señalan a sí mismos como víctimas potenciales. El miedo representa la estrategia peor, y si no me creéis preguntadle a los depredadores del Serengeti por la forma en que eligen a sus víctimas.

Por cierto, la pinza miedo-odio entre PP y PODEMOS no puede por menos que remitirme a los dos significados de la palabra FOBIA, tan presentes en el imaginario de lobbies y votantes. Fobia: odio y miedo son las dos caras de una misma moneda.

Fobia:
1.Temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, una cosa o una situación.
2.Odio o antipatía intensos por alguien o algo.

¡Oh, ironía!

Entre PP y PSOE han creado un monstruo. Zapatero fue su padre espiritual y, a lo que parece, papá se dedica ahora a los recados que su hijo le encomienda; y la mamá amorosa Rajoy le ha dado mimos, patatitas y los chuches. Y las teles y las pinzas, y la estrategia gratuita de crecimiento. Quizás lo ha hecho por retorcerle el cuello al partido de papá. Y ahora se le ha ido de las manos el tema y le queda apelar al miedo.

Pero algunos hemos decidido que no le vamos a salvar el culo al PP de Rajoy aunque esté en juego España porque afirmamos que precisamente con Rajoy, también está en juego España. Él la abandonó, él nos traicionó. Al enemigo lo preferimos de cara, no de costado. Y que se caiga el mundo si tiene que ser así. A ver si tú o yo con un solo voto vamos a ser ahora los responsables de que un frente popular llegue al gobierno mientras un tipo miserable que dilapida 64 escaños por pura soberbia es la víctima agraviada por mi voto. Me niego.

No Waiting, Sweet Harmony

¿Qué es la vida? Un frenesí
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Calderón de la Barca
(Paralizando el amor.
Por favor, espera unos minutos…)

Cuando no estés aquí, cerraré el muro,
acariciando a golpes incesantes la oscura
llama de amor viva. No necesito amar
para quererme, tan solo yo me necesito.

Me duele la cabeza, no salen los versos,
y más me duelen los verbos. No es la bebida,
es no poder describirte, porque no puedo
y ni quiero. Me duele ser el diccionario de tu mentira.

Me tiemblan los dedos,
para poder encontrarte mientras te siento no llegar.
Maldita imbecilidad poética que no me deja ver tus ojos.
Tristeza de trovador enloquecido.

Yo no quiero escribirte, yo quiero no sentirte,
ni viajar y beberte. Yo no quiero que estés aquí.
Me bebo sin hielo mis circunstancias. Me bebo
mis versos, las tildes y los participios. Te relego
más allá de la inquina sublime, mientras sigo elevándome
en lo inocuo y ebrio.

Yo no necesito amor, yo quiero vida.

Kino Navarro,
junio de 2016

D. Pedro de Lorenzo: la entrevista


D. Pedro de Lorenzo Fuentes -Licenciado en Filosofía y Filología Románica- hizo su tesis doctoral al mismo tiempo que recibía un curso de Especialista en Literatura Infantil y Juvenil impartido por Dña. Carmen Bravo-Villasante en el Instituto de Cultura Hispánica. Seguidamente, interrumpió la docencia para trabajar en un centro de documentación científico-médica, en donde tuvo la responsabilidad de cuidar el español de los documentos que generaba dicho centro.
Desde el curso 1992-1993 se dedica a la enseñanza en el prestigioso Colegio Internacional Europa de Espartinas (Sevilla). En este centro privado se han educado sus dos hijos y ha desempeñado numerosas funciones. Actualmente es responsable de las relaciones con las editoriales, Jefe del Departamento de Lengua Española y Literatura y miembro de su Consejo Rector.
Entre sus escritos destacamos 'El presente', que en marzo de 2008 publicamos en LETRA LIBRE como artículo fundacional de la revista.
En junio de 2016 nos concede esta entrevista que realizamos encantados.
Fotografías: Pedro Jaén.

D. Pedro, ¿quién le inculcó el amor por las letras?
No fue ninguna persona, sino dos cosas: el cine y la radio.
- Vamos con el cine:
Mis padres acostumbraban a ir todos los domingos al cine y, a partir del año o año y medio de edad, yo les acompañaba. No querían dejarme solo y además comprobaron que yo con ellos en el cine no molestaba en absoluto. Creo recordar la pantalla llena de manchas blancas y negras que se movía a velocidad vertiginosa mientras varias voces hablaban.
Pero llegó un momento (¿quizá a los dos años de edad?) en donde esas manchas bicolores de la pantalla ya no las veía como manchas, sino como figuras y las voces se transformaron en palabras.
La primera película que recuerdo fue la primera versión que se hizo para el cine de Tarás Bulba. Me encantó. Y lo más curioso es que la comprendí perfectamente en todos sus momentos esenciales.
Bastantes años después volví a verla interpretada por Yul Brynner (el actor rapado que también hizo de Ramsés II en “Los 10 mandamientos”). Ya la vi en color. No me disgustó. Pero la primera versión me pareció más profunda y sugestiva.
- En cuanto a la radio, ocurrió más o menos así:
A los siete años (la edad correspondiente a un segundo de primaria actual), en el colegio donde estaba se leía una versión reducida de “El Quijote” (cuatrocientas páginas largas). Era la primera lectura que se hacía, después de haber pasado por la lectura de una cartilla y de un libro llamado “Mi Infancia”. Cuando leíamos en clase todos en voz alta, lo que decían mis compañeros y lo que leía yo me parecía un sinsentido, mera palabrería.
Pero la suerte jugó a mi favor de la siguiente manera: por Radio Madrid se difundió una versión íntegra de “El Quijote” capítulo a capítulo de lunes a sábados. La voz de D. Quijote la ponía genialmente Antonio González y la de Sancho Panza, el actor José Franco. Como a mí me gustaba mucho escuchar la radio y tenía mi versión escolar de El Quijote, decidí escucharla siguiéndola con mi libro. Lo hice durante mucho tiempo y muchas veces me perdía porque lo que se decía no estaba en mi texto y otras veces no podía leerlo a la velocidad en la que se hablaba.
La verdad es que escuché todos los capítulos con un extraordinario interés y pasión, y lloré amargamente el testamento y la muerte de D. Quijote.
A los 19 años cayó en mis manos la obra original de Cervantes y me la leí, con el debido tiempo, toda entera. No daba crédito a la perfección formal de lo que estaba leyendo, ni a lo humano y entrañable de muchas de sus escenas. Siempre me pareció la perfección.
En relación a esta anécdota radiofónica, me gustaría señalar que en la lectura que hice a los 19 años era plenamente consciente de que estaba realizando una segunda lectura y lo más curioso de todo es que lo que pensé y sentí entonces era prácticamente igual a lo experimentado a los siete años.
Estas experiencias personales me han servido de extraordinaria lección para mi vida docente. Sé, por experiencia propia, que un niño, ante circunstancias especiales, es capaz de entender y hasta de comprender con bastante precisión situaciones de especial profundidad y de sensibilidad muy acusada.

¿Qué es usted, hombre más de libros o de afectos?
Los afectos constituyen la esencia de las personas.
Los libros, los buenos libros, son una de las construcciones de esos afectos.
Para resumir. y para ser más exacto a la vez, creo que lo primero de todo es el cariño.
Todo lo demás, en la medida que es valioso, es consecuencia de él.


¿Cuál es el libro que más emociones le sigue despertando?
No hay uno solo, hay muchos. A parte de los dos ya mencionados, El Quijote y Tarás Bulba, hay una infinidad.
Sin pararme nada a pensar, puedo citarte dos novelas, las dos entrañables y muy distintas en su forma, “El pesador de almas” de André Maurois y “Diario de un cura rural” de George Bernanos.
Como algo para mi muy divertido y entretenido, toda la corta obra teatral del latino Terencio.
A quien se atreviera con el ensayo, una obra extraordinaria: “Literatura del siglo XX y cristianismo” de Charles Moeller.
Eso por citar algo que me acude a la memoria inmediata. Pero la verdad es que existen muchos miles de obras de las que la creación humana puede sentirse orgullosa.

Hay personas a las que los años los estropean. En cambio, a usted le siguen sentando bien. ¿Cuál es el secreto de su juventud?
Lo que yo creo de esto es que a más clara, más libre, más potente inteligencia, mayores signos de bondad. Cuanto mejor es una persona, mejor demuestra su inteligencia. Dicho esto, debo añadir que no soy inteligente y, por lo tanto, tampoco demasiado bueno. Pero, hablando con plena sinceridad, procuro ser lo mejor posible.

D. Pedro, seguro que de mayor es usted más “travieso” que de niño. ¿En qué tramo de su vida perdió la vergüenza?
Más que “travieso”, diría “alegre”. La alegría es la manifestación más evidente de la realidad.
La afirmación tan rotunda que acabo de hacer no me parece algo opinable, subjetivo, sino un hecho que cada uno de nosotros puede comprobar en cualquier momento: como mejor amamos y conocemos a cualquier persona es conociendo de él lo que le gusta, en qué personas o cosas entrega su vida.
Un sociólogo o un historiador comprendería, de forma más acertada que de cualquier otra, aquello que estudiase, si atendiera , muy principalmente, a todo aquello en lo que una sociedad determinada se distrae, se entretiene, se lo pasa bien, goza con ello, siente con su presencia alegría.
Cuando la alegría duerma, el sueño de la muerte la reemplazará.


¿Siempre quiso dedicarse a la enseñanza? ¿Estaba usted destinado a esto? ¿Tiene alguna otra vocación?
Creo que la educación se ha instalado dentro de mí como una vocación. La vocación, como el amor, es una conquista; por tanto, he ido yo mismo hasta los sitios donde mi música interior, en silencio y libertad oída, me iba indicando.
Probablemente fuera mi destino, en cada momento aceptado. Varias leyendas antiguas en varias civilizaciones, refieren que Dios, al crear los seres, les pidió un cierto permiso para ser eso que son, y lo hizo muy especialmente en el caso del hombre por sus características superiores de comprensión. Dicen también que ese permiso se olvida al nacer, y, por supuesto, ese animal más consciente que es el hombre, igualmente lo olvidó. Solo que, como la sensibilidad humana se acerca más que ninguna otra a lo espiritual, imagina las mejores situaciones posibles y algunas, en tanto que perfectas, se asemejan a la verdadera realidad, a la divina.
Paralelamente a los mitos, y siempre aceptándolos como fuente indispensable de conocimiento, me parece que cada cosa tiene su naturaleza propia, que, en el caso del hombre, él mismo se la va labrando, la va formando cada día a la medida que él cree y necesita que sea; cada persona hace, construye, su propia existencia, su peculiar forma de ser; señala, define sus gustos y vocaciones hasta que termina su vida, de la misma forma que un escritor elabora una obra de cualquier género o un músico su canción.
La verdad es que siempre me gustó exponer mis ideas con las personas con las que tenía confianza y me ofrecían credibilidad, porque, al exponer las ideas propias a otros, te das cuenta de lo consistentes o inconsistentes que son, al sacarlas de tu interior para los otros.
Sin embargo, la vocación, la verdadera vocación es, como el amor, una conquista del ser humano, algo que te sobreviene después de una experiencia de trabajo, de entrega, de manifestación de lo que uno es y ha conseguido ser. Entonces hay un reconocimiento, una aceptación de los demás y, a la vez, un deseo de que ese enlace se mantenga y refuerce.
Ahora sí puedo decir que me siento con vocación docente. Si algo sé, no tengo reparo alguno en comunicárselo a cualquier persona dispuesta a escucharlo, a atenderlo.
A parte de la vocación educativa existen múltiples gustos, algunos de ellos muy vinculados a la educación. Por ejemplo la lectura. Los libros siempre me han gustado; creo incluso que algo entiendo de libros. Al hojear rápidamente un libro, aunque no sea del ámbito de mi conocimiento directo, creo poder opinar si es bueno, malo o regular.
El cine y el teatro también me gustan. Me gusta hablar. Me gusta mucho escuchar y aprender. Me gusta pasear, caminar, y me serena la vista de la naturaleza. Pero, lo que más me gusta de todo, es estar con alguien a quien yo quiera y de quien me sienta querido, y disfrutar con plena consciencia de esos divinos momentos.

¿Cuáles son, en su opinión, los pricipales problemas a los que se enfrenta la educación en nuestros días?
La contestación a esta pregunta se podría alargar mucho y, además, ser evasiva. Voy a procurar ser breve y directo.
Existen problemas que derivan de los cambios sociales, por ejemplo, la existencia de internet y la mundalización informativa que este medio conlleva y, como problema, la pereza mental a la que habitúa ese sistema y, consecuentemente, a la superficialidad de apredizaje a la que arrastra. Problemas de este tipo siempre existen, y en la medida que la cultura progrese, se resuelven o se enquistan, porque no siempre hay avance y progreso cultural; hay avance del tiempo, pero no necesariamente de la cultura.
El problema radical de la educación no es el que proporciona el distinto tiempo que va pasando, sino que, como la educación es la manera en que el hombre se va haciendo cada vez más persona y, por tanto, es decisiva en su vida, resulta un arma de poder de interés máximo. Quien tenga en sus manos el dominio de la educación, tiene en sus manos el dominio de la sociedad; por eso, desde siempre, se la ha querido dominar y manejar.
El problema básico de la educación, siempre desde mi punto de vista, radica en que aquellos que la dirigen no son docentes, sino gobernantes. Podrían ser gobernantes y también, además, docentes, pero no lo son. Solo la tienen para manejarla de acuerdo con sus intereses, y esos intereses no suelen coincidir con lo educativamente bueno.
Quien domine y maneje la educación (si no es un docente vocacional) puede terner en sus manos a la sociedad, ocultando a ésta lo que a él le venga bien hacer, y también falseando la realidad, mintiendo sobre esta realidad, de acuerdo con sus conveniencias. El bajar, subir y desviar nieveles educativos, el cambiar constantemente de leyes sin buscar la mejora e la educación y la permanente cerrazón a trabajar en la mejora educativa durante décadas, pueden ponerse como ejemplos aclaratorios de la respuesta que acabo de manifestar.

¿Cuál considera que debe ser el principal rasgo distintivo del docente?
Yo creo que el docente debe ser “un provocador de cariños”.
Las personas que el docente trata de que aprendan algo te deben admirar, te deben ver responsable, flexible en los planteamientos, ágil en las decisiones, comprensivo, que sabe hacer trabajar y facilitas los medios para que ese trabajo se lleve a cabo, debe sentir que le atiendes, que le comprendes, que le ayudas, que le abres al mundo y que le quieres.
Todas estas “formas”, plenamente vividas, te conducen a ser ese “provocador de cariños” que el docente debe ineludiblemente ser.
El hombre, la persona, solo aprende a desarrollar su condición de hombre mediante el cariño. Es evidente que también puede aprender muchas cosas sin necesidad de cariño alguno: idiomas, matemáticas, historia, tecnología, deportes, etc., etc. Pero, que satisfagan y den el necesario impulso a que se desarrolle la persona que cada uno de nosotros llevamos dentro, solo es capaz de hacerlo el cariño.


¿Qué perseverancia le gusta más: la se Sísifo escalando la montaña o la de Ulises de regreso a Ítaca?
Sísifo y Ulises son dos grandes personajes. Quizá ni existieron. Pero sus creaciones son referencias de modelos humanos a los que imitar.
Existen varias leyendas en donde Sísifo y Ulises (Odiseo) aparecen como coetáneos, y no solamente como héroes que vivieron durante una misma época, sino como hermanos de un mismo padre.
He mirado con cariño y pasión a los dos, y a los dos admiro y quiero. Pero yo siempre me quedo con Ulises.
Probablemente, ningún héroe haya conseguido ser tan inteligente, perseverante y dominador como Sísifo. Cuarto hijo de reyes supo muy a tiempo que no conseguiría el trono de su padre y él se hizo rey del territorio que eligió y creó para su reino: Corinto. Fue el fundador de los juegos ítsmicos. Fue el que venció, encadenó y retuvo al propio dios de la muerte: Zánatos. Y fue el único mortal que, una vez fallecido, consiguió engañar a Hades y lograr que el poderoso dios, en contra de las leyes cósmicas, le devolviera al mundo de los vivos.
Pero la suprema inteligencia de Sísifo es exclusivamente lógica, de una tal pureza mecánica que no permite la entrada al sentimiento, a la tierna emoción, al cariño, y, por eso, resulta vana, absurda, inútil.
El laertíada (hijo de Laertes) Ulises también era muy inteligente, con una extraordinaria habilidad para resolver problemas y crear situaciones favorables. Pero, en cambio, su mente era preclara: supo colocar el cariño como guía y motor de sus acciones, y eso le transforma en un un ser enteramente distinto, en una persona siempre admirable, en un permanente maestro.

¿En qué momento deja una persona de ser un niño?
La pregunta puede contestarse, bien contestada, de diversas formas, porque esta pregunta presenta varias caras, como un poliedro.
Si yo me fijase en la cara más brillante, aquella que acapara toda la luz, contestaría que uno deja de ser niño, cuando llega a ser padre.
Entonces el niño actúa como lo hacía la persona que estaba siempre junto a él atendiéndolo, cuidándolo. Se convierte, mediante esa transformación, en un generador de cariño, en lugar de un receptor.
El niño y el adulto siempre van juntos en las personas. Son dos caras de una misma moneda: en una se desea y se recibe, en otra se complace uno y se entrega.
Uno empieza a madurar, cuando es capaz de ir regalando su amor a otra persona, para que esta se alimente y sea capaz de vivir. Es en ese momento cuando el jardín de tu alma deja dormir la luz de la niñez y empezamos a madurar, a estar en sazón.

Usted piensa que la vida es una conversación... ¿Qué le importa más: el tema o el contertulio?
Creo que la vida se asemeja a una conversación en tanto que es un permanente intercambio de acciones y reaciones de uno mismo ante los distintos personajes o interlocutors del mundo. La vida es como un teatro. Nuestro genial Calderón puso a una de sus obras el título de “El gran teatro del mundo”. Si nos ponemos a recorder, fácilmente constatamos que nuestra vida consiste en una gran serie de situaciones y conversaciones.
Por todo esto, no parece dispartado pensar que cuanto más se conversa, de cualquier forma que se haga esta conversación, más se vive. Además creo que ir consiguiendo conversaciones cada vez más profundas y seductoras es una tarea específicamente humana.
Conversar, dialogar, es propiamente humano, una acción que distingue al hombre del resto de los seres. Las personas son las que hacen este tipo de acciones, y esas acciones no existirían, si las personas no existieran. Las personas, por tanto, son las decisivamente importantes.
Donde esté algo y esté una persona, lo más importante es la persona, lo más excelso de la naturaleza.
Esto de la “conversación” y de la “persona” es curioso, y puede ayudar a entender major la relación entre ambos la etimología, el origen de la palabra “persona”. Viene del latín “persona” que es la mascara que los actors de teatro se colocaban para interpreter los distintos tipos de personajes que iban a interpreter. Había mascara de mujer, mascara de hombre, mascara de viejo, mascara de joven, mascara de tragedia o de personaje triste, oprimido, máscar de comedia o de personaje distendido, alegre. Según viera el espectador la mascara, ya sabía qué tipo de personaje iba a hablar. La calidad de la obra teatral dependía de lo acertado, de lo importante que dijera la mascara teatral, la “persona”.


¿Qué consejos les daría a los que no tienen la fortuna de ser como usted, naturalmente bondadosos, para llegar a serlo?
Aunque ni mucho menos creo ser bondadoso en la medida que debiera, me permitiria invitarles a que miraran lodo lo que les rodea sin prejuicios y, desde luego, trataran de conocer la realidad que ellos mismos son, que desarrollaran su personalidad, su naturalezan.
Es una tarea que, así expresada, parece fácil, pero que en realidad es la elaborarión, la construcción del personaje que uno hace de sí mismo. Parece fácil, pero la construcción del personaje que uno quiere llegar a ser es la tarea más difícil e ineludible de todas.

¿Se puede aprender a ser bondadoso? ¿Cómo?
Claro que sí. Basta con ir eligiendo libremente todo aquello que responda a nuestros deseos más verdaderos, más profundos.
Nuestra vida se va elaborando, labrando, a lo largo de nuestra existencia; es como la creación de un poema, o de una novella, o de una obra teatral, como la composición de una sinfonía que vamos fabricando, modelando, hasta que concluye, hasta que la vida pone su fin.
Y claro que puede conseguirse. Basta emplear el sentido común, de poner en juego la capacidad racional que cada uno de nosotros tenemos, es decir su inteligencia lógico-matemática, su sensibilidad y lo que la experiencia le va enseñando. Si así armonizara su vida, llegaría a la conclusion de que los seres existen y prosperan en la medida que tienden a ser buenos. Comprendería entonces que la bondad es la expression suprema de la inteligencia. Llegaría a enterder con claridad que la bondad (por su puesto no la “bobalicoleria”) es la cima más alta de la inteligencia y, en consecuencia, procuraría obtenerla.

¿Cuál ha sido su mejor momento vital?
Un momento vital espléndido es el día en el que uno logra enamorarse, el día en que uno siente que alguien le acepta plenamente y él se entrega con la misma confianza inquebrantable.
Pero si ahondando serenamente en la pregunta, creo que realmente mi mejor momento vital fue el haber nacido, el poder vivir una aventura exclusiva, una aventura que, como todas, con el tiempo acaba, en donde te sientes siempre conducido y en donde vas marcando en cada instante tus preferencias.


¿Cuál ha sido el reto más difícil al que ha tenido que enfrentarse en la vida? ¿Cómo lo hizo?
Creo que el reo más importante con el que me he enfrentado es el de conseguir ver algo de la realidad de mi mismo. Eso me ha hecho ver lo que en realidad valgo, que es solo lo que la vida nos da, lo que nos dan los demás.
Esto tiene muchas consecuencias, por ejemplo, la de valorar muchísimo la humildad (“humildad” viene de la palabra “humus” que significa tierra, que es nuestra propia materia). La humildad te hace crecer en sabiduría, porque miras de otra manera, sin engreimiento, valorando a quien tienes delante, comprendiendo mejor todo lo que te rodea. Con ella, escuchas más, entiendes más, te proporciona más alegría, más sensibilidad, más generosidad, más coherencia, más felicidad, más “humanidad”.

Probablemente muchos de sus antiguos alumnos lean esta entrevista. ¿Qué les diría?
Lo primero que los quiero muchísimo y que ese cariño está muy bien fundado y permanece en mi alma de forma indeleble. Esta bien fundado porque ellos me enseñaron, viviendo su vida, a ser como soy, y es indeleble porque así está hecha mi propia forma de ser.
A mí me gustaría que ellos fuesen personas libres. Es libre quien actúa de tal forma que, suceda lo que suceda, nunca se avergüenza uno de lo que ha hecho, sino que, por el contrario, le complace íntimamente haberlo hecho.
Me gustaría que se preparasen de tal forma que supieran ver todas las ocasiones de poder amar, y de todas participaran. El amor es la fuente del conocimiento y el motor de la vida, y todo el que se acerca a él siente que acierta.
Me gustaría que fueran buenos lectores. Con la lectura nunca se aburrirían, porque harían suyas toda esa infinidad de culturas que la sociedad ha creado. Pero no solo conocerían mucho más mundo, al abrirse a él, sino que, además, se acercarían misteriosamente más y comprenderían mejor los distintos resortes íntimos de su alma.
Me gustaría que cobraran la evidencia de que la vida es un sueño, un juego, y que en ese sueño en donde todo es juego, es esencial tener un proyecto de vida, algo o algunas cosas a las que dedicarse con entusiasmo renovado, teniendo la completa seguridad que, en la realización de ese juego, nos estaremos realizando muy principalmente nosotros mismos.
También me gustaría decirles, finalmente, que siempre estaré con ellos como cuando los conocí.
En una ocasión les conté que los romanos, en el vestíbulo de sus casas, tenían unas figuritas pequeñas que eran el símbolo de sus familiares muertos, los dioses penates, los dioses familiares que atendía la sin igual Vesta (Hestia), la diosa del hogar hija de Saturno (Cronos). La familia ya ida de esta tierra se divinizaba, se convertía en dios, en un dios que seguía con ellos para seguir cuidándolos, para seguir atendiéndolos en sus necesidades, para seguir amándolos.
A mí me gustaría que consideraran todos ellos uno de esos dioses familiares, de esos dioses diariamente frecuentados, con quien poder estar.

¿Si pudiera haber elegido su nombre, en lugar de 'Pedro', hubiera elegido el nombre de qué personaje mítico?
A mí casi todos los nombres me gustan. No está mal 'Pedro'. Es breve, eufónico y me parece bonito. Mis padres lo eligieron y yo estoy en sintonía con su elección.
Mi nombre es compuesto: Pedro Francisco. Me llamo Pedro, como el hermano mayor de mi padre, a quien él quería y respetaba muchísimo, y también Francisco, como mi abuelo paterno, el modelo de mi padre.
Yo siempre me digo 'Pedro', quizá por aquello que dicen que 'no hay Pedro malo'.


¿De qué color recuerda a su madre? ¿De qué color era ella por dentro? ¿Y su padre?
De color rubio a mi madre, como el oro. Un oro rubio como ya no he vuelto a encontrar. Como el oro de las leyendas antiguas atribuyen al corazón (“tiene un corazón de oro”). El oro de lo eterno. El oro del valor. El oro de los sueños.
De mi padre es el blanco, el blanco de su confianza, de la lucha afanosa que siempre resulta estéril si no consigue el cariño; el blanco del cielo volandero de nubes; el blanco de la muerte que rompe el tiempo; el blanco del amor.

Muchas gracias por sus cariñosas y sinceras palabras.
Un placer.

A vueltas con ese orgullo LGTB sectario y de extrema izquierda



Vuelve el orgullo gay, ese orgullo sectario LGTB. Volvemos a lo mismo. A atacar a la Iglesia Católica (no la justifico), a atacar a Israel y a defender a la homófoba Palestina, a decir que los islamistas radicales no nos odian, como diría mi querido amigo Ezequiel Tena García 'a callar como putas', a ser unos cobardes con los imanes homófobicos. Ya los veo: Kino, el machista y el gay reprimido franquista. Y mientras los veo, sonrío #LaSonrisadeUnPaís. Mi sonrisa es mi libertad.
Volverán a reivindicar a Lorca, a Cernuda, y a olvidarse de Gil de Biedma, de Reinaldo Arenas. Volverán a su mediocridad y a sentirse maltratados por esa sociedad heteropatriarcal.
Leer artículo completo en el blog de nuestro colaborador Kino Navarro

Habitación 465


Por C.R. Worth 

Un frío mensaje de texto mandado por tu hermano me notificó que estabas en cirugía en el hospital tras un accidente de tráfico; de inmediato lo dejé todo para ir allí.
 Mientras conducía angustiada no podía dejar de pensar en lo peor que pudiera ocurrir, con tan solo veintidós años podías dejarme para siempre, sin experimentar lo mucho que se ama a un hijo y comprender mi amor sin límites por ti. Te recordaba de bebé, cómo te miraba embelesada mientras te amamantaba y tu diminuta manita se aferraba a mi sujetador; tus pupilas azules eran dagas de amor que atravesaban mis clisos buche tras buche. Me venían los recuerdos de cómo te quedabas dormido tumbado sobre mi pecho con la nana que te cantaba los latidos de mi corazón. Te veía haciendo travesuras y cómo tras ellas tus pilluelos ojos sonreían. Me vino la congoja de ese otro momento de pánico cuando a los tres años pusiste lejía en tu boca y el coche se convirtió en un bólido para llevarte al hospital.
No podía aferrarme a una vida de recuerdos, no eran suficientes, te necesitaba egoístamente, quería verte terminar la carrera, ser exitoso en tu profesión de psicólogo, que te casaras, que formaras una familia y fueras feliz. ¡Dios, quítame la vida a mí, y dásela a él! Fueron horas de angustia y espera. De vez en cuando el teléfono sonaba para decir que todo iba bien. Llegó el neurocirujano y con tecnicismos nos explicó la intervención, y lo peor, nos presentó un cuadro en el cual podías quedar como un vegetal. No daba crédito.

El mundo se me derrumbó cuando en la Unidad de Cuidados Intensivos, habitación 465, te vi con el rostro desfigurado y amoratado, tenías la cabeza vendada, y respirabas a través de una máquina. El niño que todo el mundo calificaba «de anuncio» vino otra vez a mi mente; ese chiquillo lleno de vida, ahora roto, con la cabeza fracturada y trauma cerebral severo, frágil, indefenso, luchaba por vivir. No importa como quedes, te amamos y te cuidaremos. Hay tanto amor alrededor tuya y fe, que algo en mi interior me hacía sentir positiva. Eres mi hijo, llevas mi sangre en las venas, y eso te hace un luchador nato… Saldrás de esta.

Quizá porque tienes personas, amigos y familiares repartidos por varios países y continentes y la fe mueve montañas, haremos entre todos con nuestras oraciones que te recuperes pronto, literalmente miles de personas rezan por ti, personas de todos los credos y razas. Media docena de pastores y sacerdotes han venido a visitarte, y un constante aluvión de amigos. Tienes muchos y muy buenos.
Cruces de historias milagrosas, aguas del Jordán, titulares de tu Hermandad y el Señor de Sevilla y su madre que vivía en San Gil te protegen.

Con la intervención divina y los mejores doctores a tu disposición mejoras milagrosamente cada día, los médicos están sorprendidos de tu recuperación tan rápida. Los tubos van desapareciendo. Pequeños avances diarios…

Ya estás consciente, te mueves, andas por la Unidad de Cuidados Intensivos con tu casco protector. Los médicos están muy animados ante tus progresos. Pronto la habitación 465 solo será una pesadilla en el recuerdo.