Las ánimas benditas



Era temporada de vendimia, y prácticamente todos los habitantes del pueblo se dedicaba a esta faena agraria, en especial los más jóvenes. Clotilde con su prima y amigas se habían apuntado con el patrón para trabajar en el campo y así sacarse unas pesetas extras. Querían ir a la capital y comprarse un vestido como el que le habían visto lucir en el NoDo a Sara Montiel, así que estaban ahorrando y con este trabajo extra, aparte de lavar y planchar ropa, alcanzarían su meta económica para el viaje y el vestido.

Clotilde vivía con sus abuelos, y como ya estaban un poco chochos, no se fiaba de ellos para que las despertaran a tiempo. Su prima Juana y sus amigas Petra y Nicolasa se quedaron en casa para ir todas juntas al trabajo a la mañana siguiente, pues la vendimia empezaba al alba.
Las cuatro se quedaron a dormir, juntas, en un camastro de una habitación que solía estar vacía y en la que acostumbraba dormir su tío Salustiano cuando venía de viaje. Era una cama amplia de metal de bronce con colchón de miraguano, almohadas de lana y sábanas de blanco lino, con colcha de crochet.
Como no tenían despertador y no se fiaban de los abuelos, una de las jóvenes propuso que les rezaran a las ánimas benditas del Purgatorio para despertarlas, ya que su abuela siempre lo hacía y decía que eran fieles y nunca fallaban. Las cuatro adolescentes se arrodillaron en sus camisones de dormir, y entre risitas le pidieron a las almas en pena que las despertaran para no llegar tarde al trabajo. Las cinco de la madrugada fue la hora escogida, para tener tiempo de asearse, desayunar, y andar hasta la viña de Don Anselmo.

A la hora elegida sintieron una brisa gélida en sus caras que hizo que un par de ellas se despertase, pero la ventana y la puerta estaban cerradas. Tras la fría experiencia escucharon gritos de horror, llanto, y quejas como si alguien estuviese torturado, quemado o ante un dolor inhumano; eso hizo que las cuatro se despertaran y espabilaran totalmente. Súbitamente, la cama empezó a sacudirse, parecía como si hubiese un terremoto dentro de la habitación, pero era el único mueble que se movía virulentamente. Las jóvenes que ya gritaban a la par, en medio de la oscuridad, empezaron a sentir como unas manos invisibles jalaban de la colcha para destaparlas. Clotilde se armó de valor y agarró el cobertor que ya estaba a sus pies, las cuatro se taparon y metieron bajo las cobijas agarrándolas fuertemente.
Las jóvenes entre llantos y gritos pedían a las ánimas que se marcharan, estaban paralizadas ante tan horrible experiencia. Ninguna se quiso levantar hasta que la luz del día inundó la habitación y pudieron comprobar que no había nadie, ni nada allí.

Llegaron tarde al trabajo, y casi lo perdieron por la falta de responsabilidad de estar a tiempo el primer día, pero sobre todo, aprendieron una valiosa lección. El sentido de encomendarse a las ánimas es para velar por tu alma si falleces durante la noche, y seguramente esta trivialización de su noble fin usándolas como un vulgar despertador, quizá las enfadaran. Nunca más volvieron a rezarles para ese propósito, solo para pedirles perdón.

El hombre sin estrofas



A mi querida Rosa María ZGraggen, te lo mereces de nuevo. Pero esta vez dedicado también a tu hijo César Zar. Que te siga cuidando siempre.
(Gracias a @MuyLiberal por preguntarme esta mañana. Me has inspirado. Otra musa para mi colección).
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
Rubén Darío
Yo era un conjunto de versos sin categoría
con un estomago sáfico y una lira descompuesta.
Yo fui una décima que no se encontraba.

Quise estudiarte métricamente pero te convertiste
en un cuarteto isométrico. Ni los sonetos acariciaban
mi cuerpo en la oscuridad, noches nefastas y embriagadas.
Simplemente era un obrero de versos excitados.

Y empieza a llover en tus ojos amorfos.
No voy a desayunarte. El amor no es una tostada
con quintetos de mantequilla, grasienta quintilla.
El amor no es un verbo fugitivo. Sigues lloviendo
y llorando, insecto nuclear de adjetivos insignificantes.
Sigues ocupando nefastamente con las ecuaciones
trastocadas. Llora, llueves. Amargas.

Quise contabilizar tus pasos, pero tus piernas
promovían más crédito que débito enamorado.
Yo era la metáfora de un contrato indefinido,
pero me agotaban tus peonadas infatigables.
El amor no es ningún impuesto al sol,
ni cotiza obligatoriamente.

Voy a indemnizarte objetivamente, 20 días
es mucha agonía para que líquidamente me mates.
Yo fui un conjunto de versos aleatorios.

Kino Navarro
Sevilla, junio de 2016

El despertar



Cada mañana su madre tenía que arrearla para ir al colegio, no es que fuera muy dormilona o no le gustaba ir a la escuela, es que se quedaba hasta tarde leyendo. Había descubierto a Alejandro Dumas y estaba fascinada por sus libros; ahora los prefería a las aventuras de Los Cinco.

Había tenido una pelotera la noche anterior tras venir de la zapatería con su mamá, pues ella se empeñaba en comprar unos zapatos con un poco de elevación, y su madre no le dejó adquirirlos. Todas sus amigas tenían zapatos así, con un poquito de tacón, pero su progenitora se empeñaba en compararle los «Gorilas» para el colegio con cordones. Por esa razón no se lo iba a poner fácil a su madre y se hacía la remolona, amén de estar somnolienta por la lectura tardía.
Se tomó el colacao y el donut, y junto a su hermano mayor se fue para el colegio. ¡Estaba tan feliz de que su madre no los acompañara ya!, no soportaba que la llevara y la trajera como si fuera una cría pequeña.

No era mala estudiante pero tenía problemas con los maestros porque le decían que era una cotorra y no paraba de hablar en clase; en especial cuando se cruzaba con aquel niño guapo de ojos verdes y tenía que contárselo todo a sus amigas. En el recreo cada vez jugaba menos a la comba o al elástico, y prefería charlar con las compañeras, aunque le seguía encantando jugar «al cielo voy».
Tras el colegio, cuando llegaba a casa se tomaba su merienda con Nocilla, hacía los deberes, y luego se ponía a jugar.

Una tarde cuando se puso a jugar con sus muñecas a las casitas, de pronto le vino una sensación extraña, ya no era divertido jugar así, el regocijo que le causaba imaginar un mundo de fantasía y hundirse en él como si fuera la realidad, había desaparecido. Se dijo a sí misma «esto no es divertido» y por más que intentó volver a esa sensación, a ese estado mental de fantasía en el que estuvo un instante antes, no pudo. Como una epifanía le llegó a la mente que había dejado de ser una niña. Despertó en la adolescencia; no era que su cuerpo ya estaba cambiando o sus gustos estuvieran evolucionando, fue un momento puntual en el que conscientemente su mente cambió radicalmente.

Se levantó del suelo, guardó sus juguetes, y nunca más volvió a jugar con ellos.

Carta a un joven


¿Te digo una cosa?
¿Sabes qué es lo peor del mundo? Yo solía pensar que era trabajar en algo que no me gustase. Error.
Lo peor del mundo es no poder pagar tus deudas. Poder pagar TÚ tus deudas es un paso más en tu libertad e independencia. Implica asumir tu responsabilidad. No hay colectivo en que puedas sumergirte ni dejadez personal a que puedas abandonarte que pueda igualar eso ni de lejos, porque donde hay servidumbre no hay autonomía y donde no hay autonomía se apaga día a día el sueño de la libertad como conquista. Se olvida. Tú no querrás una libertad regalada porque siempre te acecharán los rencores. Eso no es verdadera libertad.
Al lado de la imposibilidad de asumir la responsabilidad de tu propia vida todo es un mal menor. Lo que te gusta o lo que no te gusta, lo que te apetece o lo que no apetece, lo que sueñas o lo que no, todo eso palidece o al menos ha de ser pospuesto hasta mejor ocasión. Primero has de resolver tu responsabilidad para contigo.
Te dirán que haciendo lo urgente se deja de hacer lo importante. Es justo al revés: dejar de hacer lo urgente te imposibilita para hacer lo importante. Yo aprendí eso y cristalizó en un pensamiento que me es propio: con cada cosa que hago compro el tiempo, con alegría, y no encuentro en ningún sitio mejor economía de vida que esta.

Palabras, tildes y otras astracanadas del amor


Mi vientre es una garganta
que aulla tu silencio.
Empujas hacia abajo las palabras como el desierto
que vacía las tildes perversas. Sigues empujando.
Y no te oigo, ni cerca ni de lejos.

Abasteces mi cuerpo de míseras palabras entretenidas
mientras me alegro de la estafa métrica.
Me da pereza responderte, me dan pereza tus verbos.
Sigues empujando. Y más pereza atraviesa tu figura
suplicando un objeto indirecto.

Ni agudas, ni graves, cuando tú no estás llueve
pornografía en vocales desteñidas
y el acento juega preocupadamente a resolver
raíces cuadradas, ecuación esdrújula ataviada
de pequeñas mentiras. Sigues empujando.
Es fácil olvidar. Olvidar no es un adverbio,
ni un crucigrama, olvidarte soy yo. Olvidar
no complica el alma ebria de asonancia.

Voy a beberme las conjunciones que no te pronuncié
y usar una tijera para amputar el abecedario de tu inútil
idioma, voy a descomponerlo eléctricamente.
Ya es suficiente. No voy a tejer tu boca.
Voy a maltratar tu imprudencia. Sigue aullando,
afligiéndote en tu cruz. Ya no te oigo.
Deja de empujar.

Kino Navarro
Sevilla, mayo de 2016

Diez



Inmaculada soñaba cada noche con su hombre ideal, no tenía rostro, y tampoco le importaba que fuera rubio, moreno o pelirrojo, alto, bajo, gordo o flaco. Había tenido tantos sinsabores con sus anteriores parejas que solo quería que fuera un hombre trabajador, buen marido y mejor padre. Que no bebiera, podía soportar que fumara, pero que no se drogara; y sobre todo que no tuviera la mano larga. Ella pensaba que estaba maldita y solo atraía abusadores; ya había visitado el hospital demasiadas veces con el rostro morado y los huesos rotos, así que soñaba con un hombre normal, pero bueno.

Para Norma su sueño era pegar un «gayumbazo», así lo llamaba ella; si los hombres hacen el negocio del año casándose con una rica heredera pegando un braguetazo, el símil debía de ser un «gayumbazo». Tampoco le importaba su aspecto y menos su edad; para ella Ana Nicole Smith era su ídolo, y le encantaría encontrar un vejete forrado de dinero, que la palmara pronto y así dedicarse a «la buena vida».

Elena era una profesional que se dejaba la piel en el trabajo, así que su hombre ideal tenía que estar en su mismo estatus, ni se le ocurriría estar con un tipo espléndido en todo los sentidos pero que no tuviera donde caerse muerto; tenía que ganar lo mismo que ella como mínimo, o más. Ella se cuidaba, iba al gimnasio y no esperaba que su hombre soñado estuviera fofo, sino con la tableta de chocolate bien definida. Le gustaban los morenazos de ojos verdes, y si no tenía una carrera universitaria, lo descartaba. ¡Qué iban a pensar sus amigas! Tenía que ser perfecto en todos los sentidos.

Leticia estaba estudiando la carrera, y decía que no quería complicarse la vida, que ya tendría tiempo cuando terminara y consiguiera un trabajo. Eso era lo que le decía a sus amigas, pero en verdad bebía los vientos por su profesor de Lengua, que no era mucho mayor que ella. Le enamoraba la labia que tenía, ese don de palabra, ¡y era tan simpático! Sus alumnos se partían de risa con sus ocurrencias; y con el batir de ojos de las chicas y sus suspiros, podía causar un huracán cuando pasaba a su alrededor. Era alto, rubio, con unos increíbles ojos azules y con un corte de pelo tan «chic» que podía pasar por un modelo porque además tenía buena percha.

A sus quince años Daniela en lo único que pensaba era en el amor, soñaba con el primer beso, que la abrazaran y le dijeran lo mucho que la querían. Su príncipe azul tenía que ser como en las películas, romántico, considerado; y su cita ideal sería una cena delante de una chimenea con dulce crepitar, champagne, y un señor con esmoquin tocando el violín. Pero sobre todo guapísimo, como esas estrellas de cine que ella estaba tan enamorada, o su cantante favorito con el que soñaba todas las noches.

Myriam tenía seis años y decía que cuando fuera mayor se quería casar con su papá, que era lo mejor del mundo entero.

Inmaculada conoció a Ramón, que vino por derecho, pero lo descartó en cuanto vio que de una sentada se tomó seis cervezas. Norma conoció a un chico majísimo pero no vestía como alguien que tuviera una cuenta en Suiza o Panamá, así que siguió buscando su vejete millonario. A Elena le presentaron a Tomás, era perfecto en todo los sentidos, pero cuando se enteró de que era fontanero dejó de contestar sus llamadas. Leticia no le hacía ni caso al compañero de clase que estaba claramente enamorado de ella, y sobre todo no podía soportar lo gordito que estaba, seguía soñando con su profe.

Myriam creció y en su adolescencia pensaba que su padre era lo más estúpido que había en la faz de la tierra; Daniela a sus cuarenta seguía enamorada de su estrella cinematográfica que nunca conoció, y jamás tuvo con nadie esa cita a la luz de las velas. A Leticia se le cayeron los palos del sombrajo cuando se enteró años después que su adorado profesor había salido del armario, y que aquel compañero gordito que fue premio extraordinario de la carrera y que era su sombra, ahora iba hecho un pincel, había adelgazado, tenía un cuerpazo y nunca había notado lo guapo que era hasta que lo vio del brazo de su mujer. Tomás creó un imperio, y su empresa de fontanería tenía sucursales en todas las ciudades de su país; así que el chico sin estudios acabó siendo un magnate y Elena murió solterona buscando alguien a su altura. Norma nunca supo que aquel muchacho desgarbado era el heredero de una estirpe de multimillonarios; e Inmaculada perdió la oportunidad con Ramón, que era el mejor hombre que ninguna mujer pudiera soñar, aunque bebiera mucha cerveza.

El hombre diez sólo existe en la mente, y las mejores oportunidades quizá pasen desapercibidas, camufladas en un dos.

Crónica de un viaje


Por María del Valle, periodista argentina colaboradora de LETRA LIBRE

Un poco más de 20 años me separaron de mi último viaje a Europa…

Con la ansiedad propia del tiempo transcurrido y los cambios operados en ambos continentes, hice mis valijas a la espera de las sorpresas que me depararía esta nueva realidad.

Ya no era la misma persona de entonces.

Había transcurrido mucha vida, muchos sinsabores pero, sobre todo, había atravesado en mi propio país, la Argentina, una de las experiencias más traumáticas y frustrantes que cualquier ciudadano puede vivir: haber estado gobernados por una casta de corruptos que no tuvieron límites a la hora de saquear el país y convertirnos en esclavos de sus caprichos.

12 años de kirchnerismo terminaron por enterrar cualquier resto de argentinidad que quedara en mis venas, con la vergüenza de saber que, de la famosa dicotomía de Domingo F. Sarmiento “Civilización o Barbarie” sólo había logrado imponerse la barbarie. Y los apóstoles del kirchnerismo empecinados en sacrificar las relaciones humanas en las hogueras de un fanatismo irresponsable y brutal.

En ese contexto, reviví cada instante de décadas pasadas cuando el vuelo desde Argentina me llevaba a España, donde residía entonces. Hoy, ansiosa por encontrarme con la actualidad de un mundo en el que España había ingresado a la Comunidad Europea y Suiza se erigía orgullosa frente a una Europa común.

Soy de la España de la Peseta final… del “duro” y la “pela”…

Llegar al Aeropuerto de Madrid 'Adolfo Suárez' desde donde debía tomar mi próximo vuelo fue el primer encontronazo con una realidad que hace 20 años había dejado atrás…

Abandoné España en la década del 90 con un Barajas pequeño y me encontraba ahora con la majestuosidad y este imponente edificio moderno que me abría orgulloso las puertas de una Europa diferente… un Aeropuerto dinámico y cosmopolita me mostraba la imagen de una España moderna y europea…

Más de 20 años habían cambiado la fisonomía internacional española sorprendiéndome con su criterio modernista y cosmopolita.

Mi destino final era Suiza y una parte del país desconocida para mí…ocho cantones que no conocía me esperaban imponentes luego de programar por meses el viaje de mis sueños por la Suiza alemana.

Zurich, Aargau, St.Gallen, Glarus, Uri, Berna, Obwalden, Luzern… Todo dispuesto para vivir una experiencia única en un país desconocido por muchos y admirado por mí.

Suiza es un país que encanta con su geografía, enamora con su estilo de vida y deleita con el grado de libertad que se respira en sus ciudades.

Atentos a su propia individualidad y sin embargo conscientes del otro hasta el extremo de no agredir ni afectar sus derechos, respetar sus silencios, sus espacios, su vida...los suizos viven en el silencio de una introspección que impide el avasallamiento de la vida ajena con el aturdidor ruido de las bocinas, las interminables y ajenas conversaciones telefónicas o los gritos salvajes de sociedades que no entiende normas de civilización y educación.

Es el país que encarna la idea del objetivismo randiano de que el Hombre no es "ni un lobo solitario ni un animal social" sino un "animal contractual" y cuya vida se desarrolla sobre el precepto del respeto al individuo y su libertad.

Suiza es el paradigma de la idea que sostiene que, "el grado de libertad de un país es el grado de su progreso" permitiendo a sus visitantes respirar una atmósfera de ilimitada confianza en la capacidad humana que premia el mérito, el esfuerzo y el trabajo bien realizado. Rechazar en un referéndum una renta básica de 2250 Euros para todos sus ciudadanos porque fomenta la vagancia u oponerse a ampliar de 4 a 6 semanas el período de vacaciones porque quita productividad habla mucho de esta sociedad.

Por eso, los suizos emanan esa felicidad que proviene de la confianza de saber que todo funciona con exquisita precisión. No se ríen a carcajadas estridentes; sólo son felices y esa felicidad muestra rostros descontracturados, confiados en su propio valor y la excelencia de un sistema que funciona para sacar lo mejor de cada individuo.

No están politizados sino consustanciados con la idea de ser ciudadanos responsables, con un conocimiento ilimitado en las consecuencias prácticas de las leyes que proponen votar sus dirigentes.

Un destino poco conocido para los hispanoamericanos pero imprescindible de conocer para todos aquellos que deseamos que la región deje atrás el subdesarrollo endémico político, estructural y social.

Suiza es ese país que, en lo personal, representa las aspiraciones de todos aquellos que queremos vivir en una "meritocracia".

Y el aeropuerto “Adolfo Suárez” me recordó una España eterna que ahora se desenvuelve en las contradicciones de una Europa común.

Naranjas y cardillos



Tía Elisa abrió una naranja con las manos. Al hincarle las uñas, la naranja se quejó, desprendiendo una nube de olor a invierno, porque los inviernos eran naranjas, frío, anocheceres precoces y, a veces, penas inexplicables. A mí se me cayó una lágrima, y tía Elisa, mientras seguía con la tarea de desgajar la naranja, dijo:

-¿Ya estás tú otra vez con tus tristezas?
¡Mis tristezas! ¡Qué sabría nadie de las tristezas mías! Tristeza porque olía a naranja, tristeza porque el borreguito que criábamos en casa decía 'beeee', tristeza porque la tarde se doblegaba, tristeza porque una vez doblegada, se convertía en noche, tristeza porque mamá no estaba en casa cuando yo llegaba de la casa de mis tíos.

-No, es que se me ha metido lo de la naranja en los ojos.

-Sí, ya... —apostillaba Lourdes, maliciosa.

Lou no entendía que yo llorase por esas cosas; yo tampoco. De hecho, era consciente de que el borreguito tenía que balar y la tarde doblegarse, pero no podía evitar entristecerme. Tía Elisa continuó:
-Y, ¿seguís teniendo ese cordero en tu casa?
Me limpié la lágrima como quien no quiere la cosa y respondí:
-Sí, a Beíta se le antojó cuando fuimos al campo y mamá lo está criando, le da biberones de verdad.
-¡Qué valor tiene tu madre!

Tía Elisa no quería animales en casa. Tan sólo una vez tuvo un pajarito horrible que tío Pedro había comprado en una exposición de canaricultura. Era mezcla de jilguero y canario. Había ganado un premio, pero no por su belleza o porque cantase muy bien. De hecho ni cantaba, y era un engendro horrible con las plumas tiesas y un espantoso carácter. De lo del carácter, yo entendía que el bichito no tenía la culpa: estaba 'domesticado', ¡si el Zorro viera esa forma de domesticar, madre mía! Le habían hecho pasar hambre y sed para que aprendiera a levantar la tapa del comedero y a sacar agua de un pozo con un dedal, tirando de una cadenita. De ahí que estuviese endemoniado y que durase en casa de mis tíos apenas dos semanas: el primo Andresito, fue una mañana a hacerle una caricia y el pájaro le picó. Irritado, lo agarró por el gañote. Se lo cargó. Terrible e inútil vida de penuria tuvo el pobre canario-jilguero, para terminar despachurrado en las manos sucias de Andresito.

-¿Y tú por qué pelas la naranja con cuchillo y tenedor, fina? —me agredió Lou.
-Me molesta el olor a naranja.
-¿No te gusta cómo huelen las naranjas, Paula? —me preguntó mi tía, sorprendida.
-Sí, mucho, pero no en las manos, sólo cuando se abren.

Es que yo creo que lo del olor a naranja es como todas las cosas: cuando algo se manipula, pierde la belleza. Eso mismo pensé en aquel momento, pero cualquiera se atrevía a decirlo, estando Lou delante. Con Lou, lo único trascendental eran los misterios. Le encantaban los misterios y torturarme con ellos. Los conocía a medias. Se los inventaba, adornaba, tergiversaba. Decía que la hermana de Isabel trabajaba en la calle de 'El Burro', pero que era un secreto y que no se lo dijera a nadie.

-¿Y dónde es la calle de 'El Burro', Lou?
-No te lo puedo decir... bueno, es en el 'Barrio Alto', donde venden peces y cardillos, ¡No me preguntes más!
-Pues venderá peces y cardillos.
-No, hace cosas malas, pero mamá dice que es buena, la pobre.

Al terminar la comida, tía Elisa, como siempre, tenía jaqueca. Se pasaba las manos con olor a naranja por las sienes, diciendo:

-¡Yo no puedo, yo no puedo con esta jaqueca! Idos a la cocina con Isabel.

Quizá no era muy ético, pero cuando mi tía tenía jaqueca, aprovechábamos para que Isabel nos hiciera azúcar tostada. Con tal de que desapareciésemos, hacía la vista gorda.
-Lou, ¿le preguntamos a Isabel?
-No, Pau, mi padre me mataría —yo imaginaba al grandullón de tío Pedro diciendo 'voy a matar a Lou'. La escena resultaba dantesca, por eso no insistía en que mi prima me lo contara.
Isabel terminaba de secar la loza.

-Isabel, ¿tu hermana Sara vende cardillos?

Lou me miraba, abriendo y cerrando los agujeros de la nariz, como un toro que resopla:

-Eres idiota, cállate —me daba un pisotón por debajo de la mesa.
-No, hija mía, no vende cardillos.
-Entonces, ¿qué vende?

La buena de Isabel, se reía y zanjaba la cuestión:

-Anda, tómate el caramelo, que como tu tía se entere de que ando jugando con vosotras... ¡con lo que tengo que hacer!

Salíamos de la cocina y Lou, tan decepcionada como yo, me increpaba:

-Es que eso no se puede preguntar, eres tonta —y me daba un manotazo en la cara: sus manos olían a naranja.

-Lou, ¿vienes a mi casa a ver el borreguito?
-¿Para qué? Después te pones a llorar.
-Es que me da pena.
-Pues vete tú, llorona.
'Vete tú'. Me dolió que me dijera eso y me fui, no sin cierto placer: el derecho a sentirme herida.

Era demasiado temprano para volver a casa sola, sin Lou. Seguro que mamá me iba a preguntar si nos habíamos peleado otra vez, así que decidí buscar la calle de 'El burro'. Estaba fuera del área en que nos era permitido andar solas, pero nadie se enteraría. Enfilé calle 'San José' arriba. No estaban los puestos de peces, ni los de los cardillos; quizá sólo los ponían por la mañana, mamá a veces mandaba a alguien a comprar cardillos para el cocido. El pavimento era un empedrado de cantos redondos entre los que corría agua jabonosa. Las coladas estaban tendidas en las ventanas, oreándose al frío del invierno. Un niño de mi edad jugaba a los bolindres en el zaguán de una casa. Le pregunté:

-¿Por donde se va a la calle de 'El Burro'?

Se repartió por toda la cara los mocos que le colgaban, en un acto de higiene, antes de contestarme. Apuntó con un dedito ennegrecido:

-Allí —me indicó, señalando una bocacalle muy estrecha, y volvió a sus canicas. Doblé la esquina. No había nadie en la calle; me pregunté qué venderían allí. Una mujer apostada en la barandilla de un balcón, me miraba con curiosidad. Entonces, me atreví a pedir razón:

-¿Dónde vive la hermana de Isabel? —le interrogué.

Ella llamó a otra mujer que salió, y también se apostó sobre la barandilla. Tenía el pelo teñido de rubio, un escote muy grande y la falda muy corta, con todo el frío que hacía.

-¿De Isabel, la que está sirviendo? —preguntó la segunda.
-Es la cocinera de mi tía.

Las dos mujeres se miraron y comentaron algo entre ellas. Entonces, me indicaron:

-Es en el número nueve.

El corazón me latía deprisa: iba a descubrir en qué trabajaba la hermana de Isabel, qué vendía. Se lo contaría a Lou, ¡eso de que siempre se sintiera dueña de los secretos!

Había un llamador con forma de herradura. Lo agarré, estaba frío y herrumbroso. Golpeé la puerta tímidamente y una voz ronca, pero de mujer, preguntó con desgano que quién era yo.

-Soy Paula, la prima de Lou.

Quizá se sorprendió de la visita: no me conocía de nada. Salió recogiéndose el pelo de un negro azabache, más negro que el propio negro. Sus cejas eran los restos de unas rayas mal dibujadas y la boca, de labios finos, algo de carmín antiguo, del día anterior, quizá.

-Pasa, linda —me invitó.

Pasé y me preguntó si quería una naranja. Le dije que sí, porque ignoraba que iba a tener que hincarle los dedos: no me ofreció plato y cubiertos. Yo puse cara de no saber qué hacer con la naranja. Entonces, con una mueca, me sugirió que le clavara las uñas, como ella, pero sus uñas eran largas, afiladas, le fue fácil. Al verme con cara de boba, me dijo:

-Anda, trae.

Le di mi naranja y me senté junto a ella, en una silla de la que colgaba una prenda negra muy extraña, que yo nunca le había visto a mamá usar. Ella, la quitó de mi vista y clavó sus uñas en mi naranja. La naranja se quejó, desprendiendo una nube de olor a invierno, y yo, de pronto, volví a sentirme muy triste. Creo que me pareció triste la hermana de Isabel; sus ojos arrugados, pequeños y muy negros se me antojaron melancólicos bajo las cejas sin pelos. Cuando terminamos de comernos la naranja, me preguntó:

-¿Y quién es Lou?
-Es mi prima Lourdes, Isabel es la cocinera de su casa.

La mujer sonrió:

¿Está bien Isabel?
-Sí, nos hace azúcar tostada.
-Y, ¿por qué te ha mandado venir?
-No, he venido yo sola... es que a mamá le gustan mucho los cardillos... ¿usted vendes cardillos?

Se abrió la puerta de la calle y entró un hombre. Ella le dijo:

-Vete, no me quedan cardillos.

Él pareció no entender y ella le volvió a decir:

-¡Que te vayas, coño!

Era mentira: me llevó a la cocina y allí tenía dos cardillos, en remojo, junto a una olla con garbanzos. Me los dio.

-Me quedan sólo dos, ¿los quieres?

No esperaba que los acontecimientos fueran de esa forma, no llevaba dinero, menos mal que me los regaló. Después, me dijo:

-Ahora vete, se está haciendo tarde.

Cuando salí, el hombre que había llamado a la puerta, estaba esperando fuera, y entró. Yo me alejé con los cardillos. ¡Cuando se enterara Lou de que sí vendía cardillos la hermana de Isabel!

Me fui a casa para estar con el borreguito. Quizá hoy no me pusiera triste cuando balase.

Encrucijadas


Hay días que nos parecen todos iguales; sin embargo, cada uno de ellos es diferente: se van alejando paulatinamente de nuestra infancia, adolescencia, juventud, etc. Hasta que un buen día o, mejor dicho, un mal día, te das cuenta que algo no funciona bien: la salud, por ejemplo, en este caso concreto. Eso mismo le pasó a Mariano Antonio Crucera Ramos, un hombre que disfrutaba de buena salud, hasta que la perdió. Desde entonces llegaron meses difíciles, sin saber a ciencia cierta qué era lo que le estaba pasando pues, últimamente, padecía una lumbalgia terrible que le incapacitaba para llevar una vida normal. Tras varios meses de peregrinaje por los distintos especialistas, le diagnosticaron una leucemia mieloide aguda, y, de inmediato, debía ingresar en el hospital para tratar su enfermedad. Primero, fueron largos meses en distintas fases de quimioterapia; después, una vez que remitió la enfermedad, se procedió a realizar el trasplante de médula ósea con células madre en Puerta de Hierro (Madrid). En total fueron dos años y medio de ingresos constantes, de los cuales, en tres ocasiones, Mariano estuvo a  punto de perder la vida. 

Lo curioso es que él nunca pensó que iba a morir pues, desde primer momento luchó de forma positiva: 'la enfermedad es una parte de la vida', era una máxima que se hablaba en casa de ella; porque, la enfermedad, viene cuando menos se la espera, en este caso se la necesita, ya que él estaba enteramente imbuido en su trabajo, se diría que demasiado, como ocurre en la mayoría de estos casos (con guardias continuas, reuniones sindicales que tantos problemas acarrean y, otras tantas historias en las que solía hacerse el imprescindible). La rueda de la vida se desmantela cuando nos vemos relegados de nuestros cargos; teniendo que dejar el trabajo, amigos, familiares, etc., tal vez nos vayamos a internar demasiado tiempo al amparo del hospital, altamente incomunicado hasta nueva orden, para intentar salvar la vida... y eso fue lo que le pasó a Mariano Antonio. 

Después de estar meses incomunicado salió del hospital y se dio cuenta que la vida es un inmenso regalo del cielo; que el estar vivo es un don maravilloso... (y todas aquellas frases tan bonitas que a muchos de nosotros nos suenan a chino). Desde ese momento algo comenzó a cambiar en su interior para volverse más agradecido, e incluso llegó a apreciar lo poco o mucho que en esos momentos poseía; sobre todo el poder estar de nuevo en casa, disfrutando de los suyos.   

Así transcurrieron diez largos años, y, cuando mejor estaba de salud, su hematólogo le aconsejó que se operase de vesícula (debido a unos cólicos que, al repetirse, corría el riesgo de provocarle una pancreatitis; de paso, le corregirían una hernia umbilical que le venía de nacimiento): 'Mariano se iba a quedar estupendo', no se hizo esperar este comentario de todos aquellos que le conocíamos.

Él estaba dispuesto a operarse con la garantía de que poseía una aceptable salud, dentro de sus posibilidades, claro; no obstante, su mujer, bien fuera por miedo o por no tentar a la suerte, no las tenía todas consigo pues, ella, no apoyaba de buen agrado una simple operación que, en muchos casos, hoy  se está haciendo por ambulatorio; no obstante, por precaución, se decidió que se realizase en el hospital Infanta Cristina de Badajoz, aunque  se demorase dicha intervención debido a la larga lista de espera. 
           
Al cabo de un año, días antes de Semana Santa 2016, a Mariano se le llamó para ingreso; y lo que en principio parecía que podía  durar de uno a tres días pues, se convirtieron en quince, y con suerte para contarlo, debido a una negligencia médica en la que tuvieron que intervenirle dos veces. En la primera de ellas, al paciente, se le cosió una parte del intestino provocando una obstrucción intestinal, y hubo que operar una segura vez con tres días de diferencia. Los médicos comunicaron a la familia que no se descartaba una tercera intervención. Mientras... los vómitos continuaban, se presentaba un paro intestinal a consecuencia de dos operaciones seguidas, resultando: diez días a suero, sondas en la nariz, drenajes; más cuatro días alimentándolo por vía venal... el resto, el paciente, se iría recuperando en casa, lentamente, con alimentación blanda.       

Lo curioso del caso es que yo había dejado pendiente parte de este artículo, antes de su intervención, y, al retomarlo, he tenido que dar un pequeño giro al texto para completar algunos detalles; sin embargo he respetado su título porque, llegado el final, sigo pensando que... la vida es hermosa. 

Lo mismo le ha ocurrido a Mariano: en su lucha diaria por alcanzar la salud, él ha aprendido un mensaje aleccionador, y en cada una de sus diferentes encrucijadas. Debido a la enfermedad y a sus sucesivas recuperaciones ha descubierto el valor de la vida: un mensaje de Amor y de Esperanza para el Hombre. Como él hay miles de personas que podrían dejarnos su valioso testimonio, si cabe más alentador e interesante; no obstante, ha sido todo un ejemplo de positivismo, lo puedo ratificar. Va por ti, Mariano, este poema:
AMOR HERMOSO

En Semana de Pasión
hierve en mí una triste pena,
esa es mi mayor condena:
la pasión del corazón.

Mírame Divino Rostro
en Tu cruz martirizado,
ambos estamos clavados:
Tú por Amor a los Hombres
yo por amor a mi esposo.
¡Cristo del Amor Hermoso:
cuánto amor crucificado!
Cuando llegué a nuestra casa  –junto con Mariano Antonio, sano y salvo–, al abrir la puerta de nuestro hogar, pensé: 'Hágase la luz'. Y la luz se hizo: allí estaban esperando nuestra preciosa hija y la perrita Musa ¡Qué hermosa la vida! En verdad se siente una muy bien con el deber cumplido. Simplemente, por eso, os deseo a todos el mismo gozo y el misma concienciación de la vida, a ser posible sin tener que pasar por... En fin, feliz semana para todos.

Mujeres valientes


Por July Borrero

“Este hotel tiene los sillones muy rojos, mi color favorito. Y las paredes muy moradas, el color de mi refugio. Que tengas un buen día”.
Eso fue lo único que me dijo. Y yo me quedé con ganas de decirle que deseaba que algo le alegrara la mirada aquella mañana. Siempre me pasa: me ponen muy triste las miradas tristes.

Todo es muy rojo y muy morado, pero tú has recaído. Y, entonces todo pasa a ser negro y huele a casa abandonada, y tú en medio de ese abandono. Y no hay rojo ni morado. Y tienes los ratos de frío en el alma en la soledad de una habitación de hotel. Que puede ser muy roja o muy morada o oler mucho a libro pero que no deja de ser la representación perfecta de la soledad,de las cosas a las que no nos arraigamos, de lo que nos da igual. No hay nada más pasajero que una habitación de hotel. Pero tú sigues creyéndote una valiente. Y sí, probablemente, lo seas.

Y, con tus ojos tristes y tu alma helada, vuelves a aquello de lo que siempre quisiste huir.

Bueno, a lo mejor no siempre, pero sí desde ese momento que tus pulmones pedían un aire diferente y, aunque solo sea por el amor al cigarrillo mañanero, no puedes privar de aire nuevo a tus pulmones. Y, seguramente, te lo digo por experiencia, huir no es la palabra. A lo mejor lo adecuado es decir “alejamiento temporal” pero suena mucho a eufemismo, a divorcio real.

Y estás sola, en una habitación muy roja y con el sonido del mar al fondo, pero echas de menos. Y no hay olor a sandía fría ni el color de los atardeceres de verano.

Y echas de menos unos ojos azules que te miran mientras te confiesan el miedo a morir, y echas de menos un cuerpo débil habitado por el alma más hermosa del mundo, y echas de menos unas piernas gordas y deformadas símbolo de mil victorias. Porque valiente no es solo la joven que grita en la calle contra el sistema, no, valiente de verdad es la señora mayor que se sienta al fresco de verano teniendo a su espalda una vida llena de batallas ganadas y, aún sabiendo, que va a perder la guerra, sigue dejando su alma en cada batalla diaria. Con varices, ojos cansados y miradas tristes; pero en la batalla hay que estar.

Y ahora que se te hace de noche sola, echas de menos que te recuerden que no has de comer tanto cuando vuelves a casa porque siempre que te da por volver a tus michelines les da por volver a salir.
Pero, sobre todo, cuando tu alma huele a quemado, te da por leer libros de mujeres valientes, y de repente te das cuenta, de que vives rodeada de mujeres valientes. Mujeres con miedo a la muerte, con varices y con almas del color del corazón. Mujeres con ojos azules y tristes, con piernas deformadas y almas infinitas. Mujeres que en su vida han cogido un avión, que nunca han salido de su tierra, pero que son infinitamente más valientes que las que recorremos el mundo. Porque lo nuestro ya es mucho más fácil.

Y, ahí, sobre la mesilla está tú libro sobre mujeres valientes. Y, ahí, en tu mundo están esas mujeres valientes.
Y, ojalá, ahí en la calle, pegando al mar, tus ojos hayan sonreído.

Y se cansó de que todos los días fueran iguales


Y se cansó de que todos los días fueran iguales.
Y decidió hacerlo todo distinto.
La rutina te mata porque la recreas cada día y no haces nada para cambiarla.
Los niños siempre serán imperfectos, siempre se mancharán, se dejaran las luces encendidas y reinará el caos entorno a ellos. El día que dejen de hacerlo, dejarán de ser niños, y ese día los habrás perdido. Serán adultos para siempre y probablemente ellos tampoco permitirán ser niños a tus nietos. Puedes intentar convivir con el pequeño caos, organizarte mejor, comprender que sus prioridades son otras e intentar educarlos sin amargarte la vida, porque nunca serán como tú deseas. Un día echarás de menos un niño en tu vida y habrás olvidado cómo sienten.

En el atasco de cada mañana siempre habrá algún torpe e inseguro que no sepa coger rotondas y dejará a todos esperando a que encuentre valor para seguir adelante. Puedes en la distancia seguir alterando tu forma de sentir esperando que una fuerza telepática le transmita tu enfado y nerviosismo para que de repente, tome valor y acelere el paso. También puedes poner la música más alta y disfrutar de esos cinco minutos que estas “perdiendo” contigo mismo.

En el trabajo, en la clase, siempre habrá un tonto al que no soportas y nada o poco podrás hacer para remediarlo. No te quejes y pide que “la suerte te acompañe” para que nunca sea ese tonto, ni tu jefe ni alguien que ejerza el poder sobre ti.

Una de las pocas cosas que puedes llegar a controlar es que el tonto nunca te gobierne. A menos que tengas la mala suerte de estar en minoría y que los tontos se reproduzcan, prosperen y te rodeen.

Parece que no cabe un tonto más (especialmente con derecho a micrófono). No olvidéis el proverbio…

Pinzas de odio y miedo


Algunas encuestas que pretenden provocar miedo pueden llevar a la paradoja de que los votantes las conviertan en realidad efectiva. Porque al fin y al cabo, señores áulicos del PP, agitando el miedo también se excita el odio, y el odio es precisamente el estímulo de la otra parte. A ver, esto del miedo y el odio es como el juego en bolsa: los inversores y los votantes son movidos por percepciones psicológicas. Cabe preguntarse si es más fácil apuntarse al miedo que al odio. Quizás la respuesta nos deje helados: sostengo que el miedo puede ahuyentar a los que de asumirse en la postura se señalan a sí mismos como víctimas potenciales. El miedo representa la estrategia peor, y si no me creéis preguntadle a los depredadores del Serengeti por la forma en que eligen a sus víctimas.

Por cierto, la pinza miedo-odio entre PP y PODEMOS no puede por menos que remitirme a los dos significados de la palabra FOBIA, tan presentes en el imaginario de lobbies y votantes. Fobia: odio y miedo son las dos caras de una misma moneda.

Fobia:
1.Temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, una cosa o una situación.
2.Odio o antipatía intensos por alguien o algo.

¡Oh, ironía!

Entre PP y PSOE han creado un monstruo. Zapatero fue su padre espiritual y, a lo que parece, papá se dedica ahora a los recados que su hijo le encomienda; y la mamá amorosa Rajoy le ha dado mimos, patatitas y los chuches. Y las teles y las pinzas, y la estrategia gratuita de crecimiento. Quizás lo ha hecho por retorcerle el cuello al partido de papá. Y ahora se le ha ido de las manos el tema y le queda apelar al miedo.

Pero algunos hemos decidido que no le vamos a salvar el culo al PP de Rajoy aunque esté en juego España porque afirmamos que precisamente con Rajoy, también está en juego España. Él la abandonó, él nos traicionó. Al enemigo lo preferimos de cara, no de costado. Y que se caiga el mundo si tiene que ser así. A ver si tú o yo con un solo voto vamos a ser ahora los responsables de que un frente popular llegue al gobierno mientras un tipo miserable que dilapida 64 escaños por pura soberbia es la víctima agraviada por mi voto. Me niego.