Bajando las escaleras



A @JulianMarazuela por su respeto y enseñanzas liberales. Sin olvidarme de tu música. Gracias.
Porque estamos en España.
Porque son uno y lo mismo
los memos de tus amantes…
Jaime Gil de Biedma
Yo iba bajando las escaleras
con una copa llena de libertad,
mientras me pateaban los enemigos,
llenos de cólera y mediocridad.

Yo intentaba bajar pero la furia
se irritaba, me iban quemando
con sus palabras inocuas.
Un paisaje de deformes sobre mi cuerpo,
intentaban ceder, la mezquindad es extensa
y no observa los límites rústicos.

Ya me avisaba Gabriela desde su tejado libre de moléculas
irritantes. Pero yo insistía como Diana tejiendo versos
libres, si métrica ni mariconadas absurdas.
Sólo monstruos que devoran todo esfuerzo ajeno.
Escaleras interminables, ecuaciones indeseables.
Mustios ignorantes arrebatados por el resentimiento.

Las escaleras, esas temidas escaleras, consumidas
por la cólera. No, no es España, es una tribu de parásitos
vagando . Ya me avisaba Gabriela, ya me lo explicaban
los versos de Diana. Pero mi cuerpo se fugaba,
se evadía como el ocaso de una tarde gaditana.

Yo voy bajando las escaleras. Nadie me va a parar.
No me importa la presión, bajo, sigo bajando,
y no paro de bajar. Jamás pararé ya sea junio o diciembre,
sólo los atemorizados se detienen.

Yo bajaré las escaleras.

Kino Navarro
Sevilla, junio de 2016

Expectativas



Tenía al igual que su esposa veintinueve años, y acababan de tener su primer retoño. La enfermera la puso en los brazos de su padre y le dijo, es una niña. Manuel le acarició la cabecita, besó su frente y mirándola con ternura imaginó su vida futura.

Su cuarto ya estaba decorado para recibirla, se figuró las noches sin dormir, las preocupaciones con las enfermedades, los primeros pasos, el primer día de colegio, los dibujos sujetados con imanes en el refrigerador; seguramente sacaría el talento artístico de su madre, y su aptitud para las matemáticas, él, el genio precoz en ingeniería que lo puso a la cabeza de una empresa automovilística antes de los veinticinco años. Sin duda tendría una colección de premios y logros académicos como sus progenitores.

Imaginó las peleas de la adolescencia en la que él y su esposa, de ser adorados unos años atrás, pasarían ante los ojos de su hija a no saber absolutamente nada. Los novios le quitarían el sueño, y se imaginaba a sí mismo como un halcón protegiendo a su polluelo. La universidad, los primeros trabajos, la plaza asegurada. Se independizaría y le rompería el corazón verla dejar el nido; pero sabía que tenía que aprender a ser independiente y autosuficiente. Llegaría ese día en el que ilusionada la vería vestir de blanco y entregarla a un joven enamorado ante el altar. Luego vendrían los nietos, tan guapos como la madre. Su vida y su relación con su hija pasaron como un relámpago por su mente.

Volvió a acariciarla y besar su frente, mientras la pequeña aferraba con fuerza su dedo. Regresó a la realidad y supo, que aunque la amaría con todo su corazón y la protegería siempre, por el resto de su vida, eso que había soñado nunca ocurriría, su hija tenía Síndrome de Down.

¡¡Muerte al romanticismo!!



Lo leí hace solo unos días; una pancarta de una manifestación donde decía que "el amor romántico, mata". La frase, que guarda una absurda reivindicación, me llevó a pensar en mi nueva etapa vital. Hace poco presentaba mi primer libro que, precisamente, tiene mucho de eso: de romanticismo. Qué le voy a hacer, soy de esos que aún permanecen invadidos por el espíritu de Bécquer.

"El amor romántico, mata". ¡Que no! Que no era capaz de deshacerme de aquella reclamación que rugía en contra de la esencia más perturbadora del ser humano. ¿Acaso creían que lo agitador era lo contrario?

Seguía imbuído en mi reflexión sobre las causas que nos han llevado a declarar este estado de excepción en contra de un sentimiento que hace aflorar la sensibilidad a la que, me niego a creer, no estamos acostumbrados. Pensaba en tantos y tantos mensajes de enamorados que se pintan en muros; en papeles doblados con la inocencia de la complicidad adolescente, rubricados con un corazón de colores; en las miradas que se cruzan anhelando las ilusiones por conectar en un limbo de deseos: el primer enamoramiento.

Sí, después recapacitaba y pensaba en aquellas personas que murieron, fruto de la cobardía, del afecto mal entendido -que en realidad son los celos- a manos de quienes les prometieron la luz de las estrellas, no de estrellar sus vidas, y maldigo cada palabra enamorada que guardaba el veneno de la incomprensión. Pero no podía ser este el único motivo de aquel lema que, con orgullo, lucían aquellas denunciantes.

¿De verdad debo aceptar que la sociedad actual está tan vacía que considera el mayor acto de entrega –el amor- como… ¿Cómo qué? ¿Un acuerdo de vínculo afectivo-sexual? ¿Una firma entre labios, con pasión, pero sin sentimentalidad? ¿Eso es posible? Es posible, si hablamos de deseo, de frenesí, de atracción.

Amor, amor, amor… ¿¡Cuántas veces he escrito ya esa dichosa palabra!? Qué mal escritor seré, incapaz de encontrar un sinónimo que la esconda. ¿Y saben qué? ¡Que me da igual! Porque, a ¿quién se le ocurre escribir sobre el amor –sí, otra vez- y el romanticismo (y dale) hoy día? Pues a algún loco. A alguno que, con los pies sobre la luna, cree que este mundo solo se disfraza de mediocridad pero que, tras la máscara, existe una coherencia que, en realidad, comparte aquella luna.

Díganmelo. No se corten. ¡¡Cursi!! ¡¡Relamido!!

El mundo es cíclico, repetitivo, sí. Hoy, lo que nos parece revolucionario, a veces, no es más que la copia de una idea que ya surgió hace años, siglos quizás. Renegamos de Dios como si fuese un avance en la mentalidad del pueblo, pero seguimos adorando nuevos carneros dorados; nos creemos a pies juntillas los juegos de palabras de los políticos, como si estuviesen jurando algo nuevo –pan y circo, amigos, pan y circo-. Y del amor, solo hablan los libros. Falaces poetas, que se inventaron la mentira de los cariños, el desamor y el desvarío; capciosos escritores, que crearon historias tan bellas, que solo lograron perpetuarlas en el tiempo.

En esas andamos, a vueltas con el engaño de las etiquetas; sí, como esas que otrora pendían de los pentagramas, creando melodías, y que los músicos llamaban sostenidos, y hoy sirven para crucificar ideas en las redes sociales. Como esa pancarta de la que antes hablaba, que interpelaba que el amor romántico mata. Unos pretenden cubrir el romanticismo de la duda de una sociedad enfermiza con las tradiciones, pero en una cosa tienen razón; fíjense si el amor romántico mata… De envidia.

Lento


[Fotografía cortesía de Luis López]
Tan sola no me has dejado,
que estoy conmigo y me basta
-igual que siempre lo he estado...
Concha Méndez
Aquí sigo esperando,
con la mitad del cigarro y una copa de vicio,
examinado a las nubes. No puedo sumarlas.

En este combate me he desorientado.
No hay reserva de amor destilado,
sólo sorbos ebrios. Aquí, lento.

Lento e inmenso,
afectado verso errado. Pálida asonancia
que no me deja atar los cordones del amor,
tétricamente lento.

40 grados y no hay sombra de tu estafa.
No es casualidad que el café con hielo
se diluya en travestismo. Muy lento.
No me digas nada. Tu reloj no marca
las horas. Eres la excepción irónica.

Ahora sé que da igual que estés,
que camines o te eleves. Todo sigue
tan lento, que no me equivoco químicamente.
Fumarte no produce cáncer, mirarte destruye
las células opacas que aún cohabitan
en esta celda oscura. Otra vez lento.

Aquí sigo esperando que se ahogue
la insoportable llama de amor viva.

Kino Navarro
Sevilla, junio de 2016

Delicia malevolente


Todas las flores que le pude comprar
todas las noches sin final
creo que perdí la razón…
Ignacio Cano
Aunque tú no lo entiendes
he olvidado tu nombre
en el último verso.

No lo entiendes
porque te duele ser ceniza
arrastrada por el oleaje.

Aunque tú no lo entiendes
voy a seguir fumando
porque te quejas de los días
y me llueve en los ojos.

Porque hay flores que enmudecen
al olerte. Porque eres el cementerio
que confunde al viajero incansable.
Por eso no lo entiendes.

Te duele el diccionario mientras
me crucificas con tus palabras,
atándome con tus huesos.
Continúas buscando el porqué.
No lo vas a entender.

Porque me lo cuestiono todo,
y porque todo debe ser cuestionado.
Porque no hay amor sin entrega.
Porque nunca lo vas a entender,
con esa tristeza de pájaro deshabitado.

He olvidado tu nombre.
Ya te agotarás de tanto entender.

Kino Navarro
Sevilla, junio de 2016

Las ánimas benditas



Era temporada de vendimia, y prácticamente todos los habitantes del pueblo se dedicaba a esta faena agraria, en especial los más jóvenes. Clotilde con su prima y amigas se habían apuntado con el patrón para trabajar en el campo y así sacarse unas pesetas extras. Querían ir a la capital y comprarse un vestido como el que le habían visto lucir en el NoDo a Sara Montiel, así que estaban ahorrando y con este trabajo extra, aparte de lavar y planchar ropa, alcanzarían su meta económica para el viaje y el vestido.

Clotilde vivía con sus abuelos, y como ya estaban un poco chochos, no se fiaba de ellos para que las despertaran a tiempo. Su prima Juana y sus amigas Petra y Nicolasa se quedaron en casa para ir todas juntas al trabajo a la mañana siguiente, pues la vendimia empezaba al alba.
Las cuatro se quedaron a dormir, juntas, en un camastro de una habitación que solía estar vacía y en la que acostumbraba dormir su tío Salustiano cuando venía de viaje. Era una cama amplia de metal de bronce con colchón de miraguano, almohadas de lana y sábanas de blanco lino, con colcha de crochet.
Como no tenían despertador y no se fiaban de los abuelos, una de las jóvenes propuso que les rezaran a las ánimas benditas del Purgatorio para despertarlas, ya que su abuela siempre lo hacía y decía que eran fieles y nunca fallaban. Las cuatro adolescentes se arrodillaron en sus camisones de dormir, y entre risitas le pidieron a las almas en pena que las despertaran para no llegar tarde al trabajo. Las cinco de la madrugada fue la hora escogida, para tener tiempo de asearse, desayunar, y andar hasta la viña de Don Anselmo.

A la hora elegida sintieron una brisa gélida en sus caras que hizo que un par de ellas se despertase, pero la ventana y la puerta estaban cerradas. Tras la fría experiencia escucharon gritos de horror, llanto, y quejas como si alguien estuviese torturado, quemado o ante un dolor inhumano; eso hizo que las cuatro se despertaran y espabilaran totalmente. Súbitamente, la cama empezó a sacudirse, parecía como si hubiese un terremoto dentro de la habitación, pero era el único mueble que se movía virulentamente. Las jóvenes que ya gritaban a la par, en medio de la oscuridad, empezaron a sentir como unas manos invisibles jalaban de la colcha para destaparlas. Clotilde se armó de valor y agarró el cobertor que ya estaba a sus pies, las cuatro se taparon y metieron bajo las cobijas agarrándolas fuertemente.
Las jóvenes entre llantos y gritos pedían a las ánimas que se marcharan, estaban paralizadas ante tan horrible experiencia. Ninguna se quiso levantar hasta que la luz del día inundó la habitación y pudieron comprobar que no había nadie, ni nada allí.

Llegaron tarde al trabajo, y casi lo perdieron por la falta de responsabilidad de estar a tiempo el primer día, pero sobre todo, aprendieron una valiosa lección. El sentido de encomendarse a las ánimas es para velar por tu alma si falleces durante la noche, y seguramente esta trivialización de su noble fin usándolas como un vulgar despertador, quizá las enfadaran. Nunca más volvieron a rezarles para ese propósito, solo para pedirles perdón.

El hombre sin estrofas



A mi querida Rosa María ZGraggen, te lo mereces de nuevo. Pero esta vez dedicado también a tu hijo César Zar. Que te siga cuidando siempre.
(Gracias a @MuyLiberal por preguntarme esta mañana. Me has inspirado. Otra musa para mi colección).
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
Rubén Darío
Yo era un conjunto de versos sin categoría
con un estomago sáfico y una lira descompuesta.
Yo fui una décima que no se encontraba.

Quise estudiarte métricamente pero te convertiste
en un cuarteto isométrico. Ni los sonetos acariciaban
mi cuerpo en la oscuridad, noches nefastas y embriagadas.
Simplemente era un obrero de versos excitados.

Y empieza a llover en tus ojos amorfos.
No voy a desayunarte. El amor no es una tostada
con quintetos de mantequilla, grasienta quintilla.
El amor no es un verbo fugitivo. Sigues lloviendo
y llorando, insecto nuclear de adjetivos insignificantes.
Sigues ocupando nefastamente con las ecuaciones
trastocadas. Llora, llueves. Amargas.

Quise contabilizar tus pasos, pero tus piernas
promovían más crédito que débito enamorado.
Yo era la metáfora de un contrato indefinido,
pero me agotaban tus peonadas infatigables.
El amor no es ningún impuesto al sol,
ni cotiza obligatoriamente.

Voy a indemnizarte objetivamente, 20 días
es mucha agonía para que líquidamente me mates.
Yo fui un conjunto de versos aleatorios.

Kino Navarro
Sevilla, junio de 2016

El despertar



Cada mañana su madre tenía que arrearla para ir al colegio, no es que fuera muy dormilona o no le gustaba ir a la escuela, es que se quedaba hasta tarde leyendo. Había descubierto a Alejandro Dumas y estaba fascinada por sus libros; ahora los prefería a las aventuras de Los Cinco.

Había tenido una pelotera la noche anterior tras venir de la zapatería con su mamá, pues ella se empeñaba en comprar unos zapatos con un poco de elevación, y su madre no le dejó adquirirlos. Todas sus amigas tenían zapatos así, con un poquito de tacón, pero su progenitora se empeñaba en compararle los «Gorilas» para el colegio con cordones. Por esa razón no se lo iba a poner fácil a su madre y se hacía la remolona, amén de estar somnolienta por la lectura tardía.
Se tomó el colacao y el donut, y junto a su hermano mayor se fue para el colegio. ¡Estaba tan feliz de que su madre no los acompañara ya!, no soportaba que la llevara y la trajera como si fuera una cría pequeña.

No era mala estudiante pero tenía problemas con los maestros porque le decían que era una cotorra y no paraba de hablar en clase; en especial cuando se cruzaba con aquel niño guapo de ojos verdes y tenía que contárselo todo a sus amigas. En el recreo cada vez jugaba menos a la comba o al elástico, y prefería charlar con las compañeras, aunque le seguía encantando jugar «al cielo voy».
Tras el colegio, cuando llegaba a casa se tomaba su merienda con Nocilla, hacía los deberes, y luego se ponía a jugar.

Una tarde cuando se puso a jugar con sus muñecas a las casitas, de pronto le vino una sensación extraña, ya no era divertido jugar así, el regocijo que le causaba imaginar un mundo de fantasía y hundirse en él como si fuera la realidad, había desaparecido. Se dijo a sí misma «esto no es divertido» y por más que intentó volver a esa sensación, a ese estado mental de fantasía en el que estuvo un instante antes, no pudo. Como una epifanía le llegó a la mente que había dejado de ser una niña. Despertó en la adolescencia; no era que su cuerpo ya estaba cambiando o sus gustos estuvieran evolucionando, fue un momento puntual en el que conscientemente su mente cambió radicalmente.

Se levantó del suelo, guardó sus juguetes, y nunca más volvió a jugar con ellos.

Carta a un joven


¿Te digo una cosa?
¿Sabes qué es lo peor del mundo? Yo solía pensar que era trabajar en algo que no me gustase. Error.
Lo peor del mundo es no poder pagar tus deudas. Poder pagar TÚ tus deudas es un paso más en tu libertad e independencia. Implica asumir tu responsabilidad. No hay colectivo en que puedas sumergirte ni dejadez personal a que puedas abandonarte que pueda igualar eso ni de lejos, porque donde hay servidumbre no hay autonomía y donde no hay autonomía se apaga día a día el sueño de la libertad como conquista. Se olvida. Tú no querrás una libertad regalada porque siempre te acecharán los rencores. Eso no es verdadera libertad.
Al lado de la imposibilidad de asumir la responsabilidad de tu propia vida todo es un mal menor. Lo que te gusta o lo que no te gusta, lo que te apetece o lo que no apetece, lo que sueñas o lo que no, todo eso palidece o al menos ha de ser pospuesto hasta mejor ocasión. Primero has de resolver tu responsabilidad para contigo.
Te dirán que haciendo lo urgente se deja de hacer lo importante. Es justo al revés: dejar de hacer lo urgente te imposibilita para hacer lo importante. Yo aprendí eso y cristalizó en un pensamiento que me es propio: con cada cosa que hago compro el tiempo, con alegría, y no encuentro en ningún sitio mejor economía de vida que esta.

Palabras, tildes y otras astracanadas del amor


Mi vientre es una garganta
que aulla tu silencio.
Empujas hacia abajo las palabras como el desierto
que vacía las tildes perversas. Sigues empujando.
Y no te oigo, ni cerca ni de lejos.

Abasteces mi cuerpo de míseras palabras entretenidas
mientras me alegro de la estafa métrica.
Me da pereza responderte, me dan pereza tus verbos.
Sigues empujando. Y más pereza atraviesa tu figura
suplicando un objeto indirecto.

Ni agudas, ni graves, cuando tú no estás llueve
pornografía en vocales desteñidas
y el acento juega preocupadamente a resolver
raíces cuadradas, ecuación esdrújula ataviada
de pequeñas mentiras. Sigues empujando.
Es fácil olvidar. Olvidar no es un adverbio,
ni un crucigrama, olvidarte soy yo. Olvidar
no complica el alma ebria de asonancia.

Voy a beberme las conjunciones que no te pronuncié
y usar una tijera para amputar el abecedario de tu inútil
idioma, voy a descomponerlo eléctricamente.
Ya es suficiente. No voy a tejer tu boca.
Voy a maltratar tu imprudencia. Sigue aullando,
afligiéndote en tu cruz. Ya no te oigo.
Deja de empujar.

Kino Navarro
Sevilla, mayo de 2016

Diez



Inmaculada soñaba cada noche con su hombre ideal, no tenía rostro, y tampoco le importaba que fuera rubio, moreno o pelirrojo, alto, bajo, gordo o flaco. Había tenido tantos sinsabores con sus anteriores parejas que solo quería que fuera un hombre trabajador, buen marido y mejor padre. Que no bebiera, podía soportar que fumara, pero que no se drogara; y sobre todo que no tuviera la mano larga. Ella pensaba que estaba maldita y solo atraía abusadores; ya había visitado el hospital demasiadas veces con el rostro morado y los huesos rotos, así que soñaba con un hombre normal, pero bueno.

Para Norma su sueño era pegar un «gayumbazo», así lo llamaba ella; si los hombres hacen el negocio del año casándose con una rica heredera pegando un braguetazo, el símil debía de ser un «gayumbazo». Tampoco le importaba su aspecto y menos su edad; para ella Ana Nicole Smith era su ídolo, y le encantaría encontrar un vejete forrado de dinero, que la palmara pronto y así dedicarse a «la buena vida».

Elena era una profesional que se dejaba la piel en el trabajo, así que su hombre ideal tenía que estar en su mismo estatus, ni se le ocurriría estar con un tipo espléndido en todo los sentidos pero que no tuviera donde caerse muerto; tenía que ganar lo mismo que ella como mínimo, o más. Ella se cuidaba, iba al gimnasio y no esperaba que su hombre soñado estuviera fofo, sino con la tableta de chocolate bien definida. Le gustaban los morenazos de ojos verdes, y si no tenía una carrera universitaria, lo descartaba. ¡Qué iban a pensar sus amigas! Tenía que ser perfecto en todos los sentidos.

Leticia estaba estudiando la carrera, y decía que no quería complicarse la vida, que ya tendría tiempo cuando terminara y consiguiera un trabajo. Eso era lo que le decía a sus amigas, pero en verdad bebía los vientos por su profesor de Lengua, que no era mucho mayor que ella. Le enamoraba la labia que tenía, ese don de palabra, ¡y era tan simpático! Sus alumnos se partían de risa con sus ocurrencias; y con el batir de ojos de las chicas y sus suspiros, podía causar un huracán cuando pasaba a su alrededor. Era alto, rubio, con unos increíbles ojos azules y con un corte de pelo tan «chic» que podía pasar por un modelo porque además tenía buena percha.

A sus quince años Daniela en lo único que pensaba era en el amor, soñaba con el primer beso, que la abrazaran y le dijeran lo mucho que la querían. Su príncipe azul tenía que ser como en las películas, romántico, considerado; y su cita ideal sería una cena delante de una chimenea con dulce crepitar, champagne, y un señor con esmoquin tocando el violín. Pero sobre todo guapísimo, como esas estrellas de cine que ella estaba tan enamorada, o su cantante favorito con el que soñaba todas las noches.

Myriam tenía seis años y decía que cuando fuera mayor se quería casar con su papá, que era lo mejor del mundo entero.

Inmaculada conoció a Ramón, que vino por derecho, pero lo descartó en cuanto vio que de una sentada se tomó seis cervezas. Norma conoció a un chico majísimo pero no vestía como alguien que tuviera una cuenta en Suiza o Panamá, así que siguió buscando su vejete millonario. A Elena le presentaron a Tomás, era perfecto en todo los sentidos, pero cuando se enteró de que era fontanero dejó de contestar sus llamadas. Leticia no le hacía ni caso al compañero de clase que estaba claramente enamorado de ella, y sobre todo no podía soportar lo gordito que estaba, seguía soñando con su profe.

Myriam creció y en su adolescencia pensaba que su padre era lo más estúpido que había en la faz de la tierra; Daniela a sus cuarenta seguía enamorada de su estrella cinematográfica que nunca conoció, y jamás tuvo con nadie esa cita a la luz de las velas. A Leticia se le cayeron los palos del sombrajo cuando se enteró años después que su adorado profesor había salido del armario, y que aquel compañero gordito que fue premio extraordinario de la carrera y que era su sombra, ahora iba hecho un pincel, había adelgazado, tenía un cuerpazo y nunca había notado lo guapo que era hasta que lo vio del brazo de su mujer. Tomás creó un imperio, y su empresa de fontanería tenía sucursales en todas las ciudades de su país; así que el chico sin estudios acabó siendo un magnate y Elena murió solterona buscando alguien a su altura. Norma nunca supo que aquel muchacho desgarbado era el heredero de una estirpe de multimillonarios; e Inmaculada perdió la oportunidad con Ramón, que era el mejor hombre que ninguna mujer pudiera soñar, aunque bebiera mucha cerveza.

El hombre diez sólo existe en la mente, y las mejores oportunidades quizá pasen desapercibidas, camufladas en un dos.

Crónica de un viaje


Por María del Valle, periodista argentina colaboradora de LETRA LIBRE

Un poco más de 20 años me separaron de mi último viaje a Europa…

Con la ansiedad propia del tiempo transcurrido y los cambios operados en ambos continentes, hice mis valijas a la espera de las sorpresas que me depararía esta nueva realidad.

Ya no era la misma persona de entonces.

Había transcurrido mucha vida, muchos sinsabores pero, sobre todo, había atravesado en mi propio país, la Argentina, una de las experiencias más traumáticas y frustrantes que cualquier ciudadano puede vivir: haber estado gobernados por una casta de corruptos que no tuvieron límites a la hora de saquear el país y convertirnos en esclavos de sus caprichos.

12 años de kirchnerismo terminaron por enterrar cualquier resto de argentinidad que quedara en mis venas, con la vergüenza de saber que, de la famosa dicotomía de Domingo F. Sarmiento “Civilización o Barbarie” sólo había logrado imponerse la barbarie. Y los apóstoles del kirchnerismo empecinados en sacrificar las relaciones humanas en las hogueras de un fanatismo irresponsable y brutal.

En ese contexto, reviví cada instante de décadas pasadas cuando el vuelo desde Argentina me llevaba a España, donde residía entonces. Hoy, ansiosa por encontrarme con la actualidad de un mundo en el que España había ingresado a la Comunidad Europea y Suiza se erigía orgullosa frente a una Europa común.

Soy de la España de la Peseta final… del “duro” y la “pela”…

Llegar al Aeropuerto de Madrid 'Adolfo Suárez' desde donde debía tomar mi próximo vuelo fue el primer encontronazo con una realidad que hace 20 años había dejado atrás…

Abandoné España en la década del 90 con un Barajas pequeño y me encontraba ahora con la majestuosidad y este imponente edificio moderno que me abría orgulloso las puertas de una Europa diferente… un Aeropuerto dinámico y cosmopolita me mostraba la imagen de una España moderna y europea…

Más de 20 años habían cambiado la fisonomía internacional española sorprendiéndome con su criterio modernista y cosmopolita.

Mi destino final era Suiza y una parte del país desconocida para mí…ocho cantones que no conocía me esperaban imponentes luego de programar por meses el viaje de mis sueños por la Suiza alemana.

Zurich, Aargau, St.Gallen, Glarus, Uri, Berna, Obwalden, Luzern… Todo dispuesto para vivir una experiencia única en un país desconocido por muchos y admirado por mí.

Suiza es un país que encanta con su geografía, enamora con su estilo de vida y deleita con el grado de libertad que se respira en sus ciudades.

Atentos a su propia individualidad y sin embargo conscientes del otro hasta el extremo de no agredir ni afectar sus derechos, respetar sus silencios, sus espacios, su vida...los suizos viven en el silencio de una introspección que impide el avasallamiento de la vida ajena con el aturdidor ruido de las bocinas, las interminables y ajenas conversaciones telefónicas o los gritos salvajes de sociedades que no entiende normas de civilización y educación.

Es el país que encarna la idea del objetivismo randiano de que el Hombre no es "ni un lobo solitario ni un animal social" sino un "animal contractual" y cuya vida se desarrolla sobre el precepto del respeto al individuo y su libertad.

Suiza es el paradigma de la idea que sostiene que, "el grado de libertad de un país es el grado de su progreso" permitiendo a sus visitantes respirar una atmósfera de ilimitada confianza en la capacidad humana que premia el mérito, el esfuerzo y el trabajo bien realizado. Rechazar en un referéndum una renta básica de 2250 Euros para todos sus ciudadanos porque fomenta la vagancia u oponerse a ampliar de 4 a 6 semanas el período de vacaciones porque quita productividad habla mucho de esta sociedad.

Por eso, los suizos emanan esa felicidad que proviene de la confianza de saber que todo funciona con exquisita precisión. No se ríen a carcajadas estridentes; sólo son felices y esa felicidad muestra rostros descontracturados, confiados en su propio valor y la excelencia de un sistema que funciona para sacar lo mejor de cada individuo.

No están politizados sino consustanciados con la idea de ser ciudadanos responsables, con un conocimiento ilimitado en las consecuencias prácticas de las leyes que proponen votar sus dirigentes.

Un destino poco conocido para los hispanoamericanos pero imprescindible de conocer para todos aquellos que deseamos que la región deje atrás el subdesarrollo endémico político, estructural y social.

Suiza es ese país que, en lo personal, representa las aspiraciones de todos aquellos que queremos vivir en una "meritocracia".

Y el aeropuerto “Adolfo Suárez” me recordó una España eterna que ahora se desenvuelve en las contradicciones de una Europa común.