El triunfo de los mediocres



Hacía ya unos meses que aquel misterioso y solitario hombre había llegado, pero pasaba horas encerrado en su diván, dedicado a la composición y a la poesía. Aquella tarde, paseaba por el pueblo con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos, ausente. Un griterío alegre lo interrumpió y lo devolvió a la realidad.

No era aquel un pueblo donde pasasen cosas extraordinarias y aquel repentino estallido de alegría lo sorprendió. Alzó la vista y observó a una multitud ataviada con banderas y bufandas, riendo. Muchos de ellos bebían otros vociferaban al unísono canciones repetitivas y absurdas. Alguno yacía borracho mientras los demás, restándole importancia, proferían gritos y estallaban en sonoras carcajadas. Los más niños reían y repetían las canciones de sus mayores...

El poeta trató de comprender las causas de aquel entusiasmo que se propagaba por las calles como un virus.

Aparentemente nada había cambiado. El pueblo no pasaba por sus mejores momentos: la falta de recursos afectaba a muchos, los miserables se arrastraban penosamente por los callejones, invisibles a la vista de los exaltados, y las prostitutas, feas y demacradas, abarrotaban las esquinas de los tugurios dando a la villa un aspecto mísero y grotesco.

El pueblo tampoco estaba en fiestas. El poeta recordaba la agitación que aquel bárbaro y sangriento espectáculo taurino causaba entre las masas, pero este no era el caso. En las puertas de los bares reían juntos el gendarme y el estafador, el campesino y el latifundista y mientras bebían y fumaban en abundancia, conversaban alegremente. Todos parecían haber olvidado sus miserias y sus problemas. Habían olvidado quienes eran.

El caminante prosiguió su paseo por las callejuelas y llegó a una taberna que parecía ser el epicentro del revuelo. Eran pocos los que parecían tranquilos. Las gentes se agolpaban en la puerta y los gritos alegres se sucedían con breves estallidos de cólera e indignación que expresaban los jóvenes con injurias y palabras malsonantes. Algunos se sumergían en ardientes discusiones que concluían en empujones y amenazas. Todos ellos se reunían en torno a algo que el escritor no acertaba a descubrir.

Este, movido por una creciente curiosidad, asomó la vista entre las cabezas de aquellos hombres: Estaban retransmitiendo un partido de fútbol.

Al día siguiente, entristecido, el poeta tomó el primer tren de la mañana y huyó.