Crónica de un viaje


Por María del Valle, periodista argentina colaboradora de LETRA LIBRE

Un poco más de 20 años me separaron de mi último viaje a Europa…

Con la ansiedad propia del tiempo transcurrido y los cambios operados en ambos continentes, hice mis valijas a la espera de las sorpresas que me depararía esta nueva realidad.

Ya no era la misma persona de entonces.

Había transcurrido mucha vida, muchos sinsabores pero, sobre todo, había atravesado en mi propio país, la Argentina, una de las experiencias más traumáticas y frustrantes que cualquier ciudadano puede vivir: haber estado gobernados por una casta de corruptos que no tuvieron límites a la hora de saquear el país y convertirnos en esclavos de sus caprichos.

12 años de kirchnerismo terminaron por enterrar cualquier resto de argentinidad que quedara en mis venas, con la vergüenza de saber que, de la famosa dicotomía de Domingo F. Sarmiento “Civilización o Barbarie” sólo había logrado imponerse la barbarie. Y los apóstoles del kirchnerismo empecinados en sacrificar las relaciones humanas en las hogueras de un fanatismo irresponsable y brutal.

En ese contexto, reviví cada instante de décadas pasadas cuando el vuelo desde Argentina me llevaba a España, donde residía entonces. Hoy, ansiosa por encontrarme con la actualidad de un mundo en el que España había ingresado a la Comunidad Europea y Suiza se erigía orgullosa frente a una Europa común.

Soy de la España de la Peseta final… del “duro” y la “pela”…

Llegar al Aeropuerto de Madrid 'Adolfo Suárez' desde donde debía tomar mi próximo vuelo fue el primer encontronazo con una realidad que hace 20 años había dejado atrás…

Abandoné España en la década del 90 con un Barajas pequeño y me encontraba ahora con la majestuosidad y este imponente edificio moderno que me abría orgulloso las puertas de una Europa diferente… un Aeropuerto dinámico y cosmopolita me mostraba la imagen de una España moderna y europea…

Más de 20 años habían cambiado la fisonomía internacional española sorprendiéndome con su criterio modernista y cosmopolita.

Mi destino final era Suiza y una parte del país desconocida para mí…ocho cantones que no conocía me esperaban imponentes luego de programar por meses el viaje de mis sueños por la Suiza alemana.

Zurich, Aargau, St.Gallen, Glarus, Uri, Berna, Obwalden, Luzern… Todo dispuesto para vivir una experiencia única en un país desconocido por muchos y admirado por mí.

Suiza es un país que encanta con su geografía, enamora con su estilo de vida y deleita con el grado de libertad que se respira en sus ciudades.

Atentos a su propia individualidad y sin embargo conscientes del otro hasta el extremo de no agredir ni afectar sus derechos, respetar sus silencios, sus espacios, su vida...los suizos viven en el silencio de una introspección que impide el avasallamiento de la vida ajena con el aturdidor ruido de las bocinas, las interminables y ajenas conversaciones telefónicas o los gritos salvajes de sociedades que no entiende normas de civilización y educación.

Es el país que encarna la idea del objetivismo randiano de que el Hombre no es "ni un lobo solitario ni un animal social" sino un "animal contractual" y cuya vida se desarrolla sobre el precepto del respeto al individuo y su libertad.

Suiza es el paradigma de la idea que sostiene que, "el grado de libertad de un país es el grado de su progreso" permitiendo a sus visitantes respirar una atmósfera de ilimitada confianza en la capacidad humana que premia el mérito, el esfuerzo y el trabajo bien realizado. Rechazar en un referéndum una renta básica de 2250 Euros para todos sus ciudadanos porque fomenta la vagancia u oponerse a ampliar de 4 a 6 semanas el período de vacaciones porque quita productividad habla mucho de esta sociedad.

Por eso, los suizos emanan esa felicidad que proviene de la confianza de saber que todo funciona con exquisita precisión. No se ríen a carcajadas estridentes; sólo son felices y esa felicidad muestra rostros descontracturados, confiados en su propio valor y la excelencia de un sistema que funciona para sacar lo mejor de cada individuo.

No están politizados sino consustanciados con la idea de ser ciudadanos responsables, con un conocimiento ilimitado en las consecuencias prácticas de las leyes que proponen votar sus dirigentes.

Un destino poco conocido para los hispanoamericanos pero imprescindible de conocer para todos aquellos que deseamos que la región deje atrás el subdesarrollo endémico político, estructural y social.

Suiza es ese país que, en lo personal, representa las aspiraciones de todos aquellos que queremos vivir en una "meritocracia".

Y el aeropuerto “Adolfo Suárez” me recordó una España eterna que ahora se desenvuelve en las contradicciones de una Europa común.