El acoso mata



Me gustaría poner sobre la mesa un tema que es, sin lugar a dudas, tabú en las aulas. El acoso -sobre todo el escolar- y el silencio cómplice que la mayoría de las veces lo acompaña es un grave peligro que existe -desgraciadamente cada día más- en colegios, barrios, urbanizaciones… Y tiene unas consecuencias muchísimo más graves de lo que pensamos.
El acoso y las agresiones matan. Si no me creen, miren esta noticia.
Veamos unos datos: el suicidio es la segunda causa de muerte en adolescentes y el acoso es la causa de la mitad de esos suicidios. El acoso mata -sí, mata, porque esos menores se ven obligados psicológicamente a matarse por una coacción exterior- al doble de víctimas que la violencia doméstica. Estremecedor, ¿verdad? y no existe ninguna ley o norma que de una protección especial a estos menores, cuando claramente están muy desprotegidos.
Pero en mi opinión la solución no pasa por el Código Penal o la Ley de Menores, sino por el sistema educativo. Pero no para enseñar a responder al agredido, sino a enseñar directamente a no agredir, porque hay que cambiar de raíz roles y estatus que se dan en las aulas sobre todo.
Si estás leyendo esto y aún estás en el colegio-instituto, ahora es cuando entras en juego. El silencio es cómplice en estas agresiones, y la inacción hace tanto daño o más que la propia acción, porque te recordaré algo: un chico o chica no acosa a otra persona sin el visto bueno de sus compañeros a través del silencio. El obstáculo más difícil que tiene el fin del acoso escolar no es evitar que se agreda, sino eliminar el silencio cómplice que lo rodea. Cuando hablo de acabar con este silencio no me refiero a “chivarte” a los profesores-padres como medio principal, ya que esa debería ser la última medida. Hablo de crear presión social, de mostrar públicamente tu opinión contraria a esa situación. Si tienes algún compañero de clase, amigo, hermano, hijo… que esté acosando o simplemente agrediendo puntualmente, díle que lo está haciendo mal, muestra tu disconformidad para que no se sienta respaldado, y así le quitarás su mayor arma: tu aprobación.
Todos somos actores en esta batalla. Es responsabilidad del legislador dar herramientas legales para acabar con este problema, pero también es responsabilidad nuestra no permitir este tipo de situaciones en nuestro entorno. Sólo así dejarán de morir inocentes. Sólo así evitaremos la infelicidad en tantas personas.

Y para acabar, déjenme dar dos mensajes:
  • Al agredido, al que sufre: no estás solo. Da el paso, no te escondas. De veras, estas situaciones acaban antes si les plantas cara.
  • Al agresor: no eres más fuerte ni superior por hacerlo. Sé que no me crees, pero no te preocupes porque la vida se hará cargo de hacértelo saber.