Victoria Ocampo, oda a la excelencia


Victoria Ocampo fue una de las grandes escritoras argentinas integrante, junto a Adolfo Bioy Casares y a Jorge L Borges, de una generación de notables pensadores cuyas cosmovisiones excedieron las fronteras de su país, Argentina. Pensadores que lograron trascender la idea de sentirse en el fin del mundo y acapararon la atención de intelectuales de otras latitudes.

Victoria Ocampo no sólo fue escritora sino que tuvo una activa participación en el devenir de los hechos políticos y sociales que se desarrollaron en su época. Responsable de la Revista Sur, punto de convocatoria de las grandes letras internacionales, fue una exigente estudiosa, sin contemplaciones con la mediocridad; tanto ha sido así que el gobierno de Perón, igual que hiciera con Borges, ordenó su persecución y encarcelamiento.

Autora de la frase en la que afirma que, “una élite intelectual no es una élite de nacimiento si por nacimiento se entienden fortuna y situación social” promovió la exquisitez en las maneras, en el trato, convencida que “la verdadera igualdad es la que sólo toma en cuenta, para declararse, el talento, el mérito y el trabajo; es decir, la explotación de los dotes que no han de quedar en barbecho”. Y afirma de las élites: “los pocos a quienes tanto suelen deber los muchos”. (Victoria Ocampo, “Testimonios; serie primera a quinta”, Ed. Sudamericana).

Su vida transcurrió entre amigos de la talla de Virginia Wolf, Tagore, Ortega y Gasset, Keyserling y Drieu La Rochelle entre otros, por eso de que no sentía ninguna debilidad por “la tontería” aunque sí confiesa sentir “debilidad por lo humano”.

Por eso insiste que le importa el ser humano que hay en el escritor “que sufre, que lucha, que busca su expresión” y la manera en que está “soportando, aceptando y llevando su destino humano”.

Su inflexibilidad intelectual, o mejor dicho, su mente activa para examinar las ideas de forma crítica, la llevó a afirmar que “hay una raza de criaturas muy singular. Mientras se dejan seducir por las razones dirigidas a la razón, sólo se dejan convencer por las razones que la razón no comprende”.

La rebeldía innata de Victoria Ocampo le valió en su infancia el apodo de “petiso salvaje” y la sentencia de que “nunca sería una dama” (“Lady”) a lo que solía responder que “todo lo que era necesario hacer, y principalmente lo que era necesario no hacer para merecer el título de Lady, me parecía fastidioso”.

De su propia descripción se desprende por qué su objetivo de vida fue la excelencia y no los trillados caminos por donde la sociedad quiere corregir a quienes se atreven a desafiarlos; después de todo, las “formas sociales” son una manera de encauzar a los díscolos, unificándolos en la mediocridad de una masa anónima y vulgar arriada por los incompetentes.

Convencida de que la misión del intelectual “cuando es escritor es ser un puente entre los pueblos” procura la excelencia de una conversación a un debate porque, como verdadera intelectual, cree y promueve que “las palabras tienen un sentido: no se dirigen únicamente al oído, a la vista, sino a la inteligencia y una vez que la tocan invaden como el veneno en la herida, al hombre entero…”

Su excepcional dominio de las lenguas, sus proclamas contra las tiranías, el antisemitismo, el machismo, sus alegatos en favor de la Libertad y la excelencia, convierten a Victoria Ocampo en una referente de actualidad.

Quienes sentimos “debilidad por lo humano” más allá de elección profesional que hayamos hecho, encontramos en ella un faro que nos guía en esas “noches oscuras” como diría San Juan de la Cruz.