¿Qué tiene el otoño?



Es otoño. Su luz polvorienta se abate sobre los objetos como la pátina sobre el tiempo. Como solo el paso del tiempo, en su infinita misericordia, es capaz de obtener. Es lejano el otoño y, sobre todo, inhóspito. Arrasa como un huracán, pero sin nombre de mujer. Todo se desvanece en su lentitud. Un último hálito de vida se escapa por los entresijos de algún poema de Hölderlin y los resquicios de luz humean en la chimenea de un hogar, también lejano. El silencio ha desaparecido con el otoño. Únicamente se oye el crepitar de la lluvia hasta lo más recóndito. Golpea sobre las aceras, tambien vacías ¿de qué? La gente, cuando oye al otoño, se esconde bajo los soportales. Espera que alguien venga a rescatarla de un naufragio, solitario, y tal vez un poco escatológico. ¿Por qué no llama a la muerte, acaso, el otoño? Y sin embargo, hay quien lo prefiere. Hay quien le abre las ventanas y el corazón y todas sus fuerzas, como si de una sonata matutina se tratara. Y hay quien se pierde en sus laberintos. En sus laberintos de color que atrapa la luz. El otoño deja espacios vacíos de vida. Y llenos de silencios en la atmósfera que inquietan al alma. No se oye a los pájaros, ni se percibe la plenitud de luz delimitando los objetos. Es así el otoño, imprevisible, con su buena dosis de fascinación. Y esa fugacidad del tiempo que prevalece siempre. El devenir de Heráclito en las aguas de sus ríos. No sopla el viento en otoño. Y sin embargo, su voz se oye desde el otro lado. Cuando sople el viento, si sopla, aparecerá la luz nítida y diáfana. Que entrará a raudales, desentrañándolo todo. Hasta su propio enigma.
No, el otoño aborda al hombre y la piedra vuelve a descender por la montaña. Como Sísifo. Vuelve a cargarla sobre sus espaldas. Y se abre paso entre el frondoso amarillento y rojizo de los árboles. A golpe de azada. Quedará al descubierto la falacia que los sentidos le provocan al contemplarlo. Es engañoso el otoño. Y si alguien pregunta ¿por qué despierta tantas emociones? Pero es tan bello...