Los mitos sumerios. Gilgamés

Mesopotamia es el nombre dado por los griegos al país de los ríos Tigris y Éufrates (actual Iraq). El pueblo dominante del sur eran los sumerios. Sus creencias religiosas son las más antiguas de que tenemos noticia en Mesopotamia, pero es imposible estar seguros de que todos sus rasgos sean puramente sumerios, porque el país estuvo siempre habitado por una mezcla de razas.

En Uruk, que data del 3000 a.C., había dos templos principales. Uno estaba dedicado a Anu, el dios supremo, el rey del cielo; el otro, a Inanna, la gran madre, la diosa de la fertilidad, del amor y de la guerra. Inanna era, sin duda, el principio de la vida, a quien los hombres habían dado culto desde tiempo inmemorial.
En Uruk, los templos empleaban a un gran número de personas y tenían vastas propiedades. Además de los agricultores y pastores que trabajaban sus tierras, había artesanos que hacían finos objetos para el culto del templo, tejedores que hacían vestidos para las estatuas sagradas y para los sacerdotes y escribas que controlaban los asuntos del templo. Los sacerdotes ocupaban un puesto relevante en la vida de la ciudad.
Toda ciudad sureña importante era el centro del culto a una divinidad particular. Además de Anu e Inanna, estaba Enlil, señor de la atmósfera; Enki, señor de las aguas frescas; Utu, el dios sol y la diosa luna Nanna. Las divinidades menos importantes tenían santuarios dentro de los templos mayores, pero eran también reverenciados en pequeños santuarios situados entre las casas de los ciudadanos.
Los templos dominaban las ciudades. Los templos se construyeron sobre las casas, en plataformas que cubrían los edificios primitivos. Se construían con adobe. La parte más importante era el recinto sagrado donde se levantaba la estatua del dios. Todos los días la estatua debía ser lavada, alimentada y vestida. Los vestidos y los alimentos eran suministrados por los adoradores en forma de ofrendas, o hechos con la riqueza del templo. El recinto sagrado parece que estaba siempre rodeado de un muro protector, y la estatua no era visible a todo el que entraba en el templo, sino únicamente a los que tenían acceso a la parte más secreta.
La cultura sumeria mantuvo su florecimiento desde el 3000 al 2000 a.C. Los poetas de esos siglos contaron las historias de los dioses, alguno de los cuales sobreviven todavía.
Los dioses de los sumerios no eran más que las fuerzas de la naturaleza. Luchaban para mantener sus puestos contra los poderes malignos, se enzarzaban en una red de engaños y mostraban toda clase de sentimientos y vicios humanos.
Los sumerios se preguntaban por qué existía el mundo y por qué fue creado el hombre y con mitos respondía a estas preguntas:
“Enlil, después de separa el cielo de la tierra, se hizo un azadón para cavar el suelo, y de éste, al primer golpe de su azadón, salió el hombre como una planta.”

Otro mito nos cuenta cómo Enki y la diosa madre crearon al hombre. Los dioses estaban cansados de labrar el suelo y de abrir canales para cultivar cereales y alimentarse. Enki tuvo la idea de hacer una figura de barro a la que la diosa madre daría a luz, y fue creado el hombre. Desde entonces, éste ha tenido que trabajar la tierra a fin de recoger el alimento para los dioses y para sí mismo. El mito continúa diciendo que el dios y la diosa bebieron después demasiada cerveza durante un banquete. Riñeron y la diosa se jactó de que podía echar a perder su creación. Enki la desafió, jactándose de que él podía encontrar un lugar para cualquier criatura que ella hiciese. La diosa produjo entonces todo género de seres deformes, pero Enki encontró para cada uno de ellos un puesto en la sociedad. Así, la historia no sólo explicaba por qué fue creado el hombre, sino también una razón de la existencia de personas deformes.
En el tercer milenio antes de Cristo, los pueblos semitas se asentaron en Babilonia, mezclándose con los sumerios y adoptando su cultura y su escritura. Desde el 2300 a.C. llegaron a dominar Mesopotamia, cuando el rey Sargón de Acad fundó el primer imperio semita, que se extendía desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo a través de Siria.
Probablemente las historias sumerias comenzaron a traducirse a la lengua semítica llamada acadia. Los dioses acadios de identificaron con los sumerios. Así, Anu fue identificado con El, el dios jefe; Inanna con Istar; Enki con Ea,...
La dinastía de Sargón sucumbió ante los incursores de las montañas, surgiendo una nueva línea de reyes en Ur. Aquí construyeron una grandiosa torre-templo (zigurat) para el dios-Luna. Otros invasores terminaron con el predominio de Ur e hicieron que se hablase la lengua acadia o babilónica, cancelándose el uso del sumerio fuera de las escuelas.
En las escuelas se copiaron muchos de los mitos e historias sumerias como ejercicio de escritura. De todas ellas, las más famosas eran las que hablaban del gran rey Gilgamés. En sumerio hay varias historias distintas que hablan de él. Había reinado en Uruk hacia el 2700 a.C. En acadio existe un largo poema épico cuyo tema fundamental es el problema de la mortalidad del hombre.
“Gilgamés hizo grandes obras, pero fue obligado a reconocer que un día había de morir. Decidió así partir en busca de la inmortalidad. Después de muchas aventuras, llegó al lugar donde vivía un anciano. Éste, Utnapistim, era el único mortal que había conquistado la inmortalidad. Pero Gilgamés quedó frustrado, pues era un hombre increíblemente viejo, sin poder hacer nada. Utnapistim contó a Gilgamés cómo había llegado a este estado. Los dioses habían creado la Humanidad, pero ésta los perturbaba con su ruido. Incapaces de sofocar este ruido, los dioses decidieron destruir a la Humanidad con un gran diluvio. Enki avisó a su devoto y le dijo que construyera un gran barco en el que pudiera escapar. Cuando vino el diluvio, él, su familia y muchos animales se salvaron. Después del diluvio, los dioses lo compensaron con la inmortalidad. Pero Gilgamés no podía tener esa experiencia. Utnapistim le habló de una planta que podría devolverle la juventud. Gilgamés la encontró y se la llevó a casa. La puso en el suelo mientras se bañaba y una serpiente se la comió. El poder de la planta estaba probado, pero como no había otra, Gilgamés sólo pudo volver a casa confortado con el pensamiento de que sus nobles obras vivirían mucho tiempo después de su muerte.”

La vida del hombre estaba totalmente bajo el control de los dioses. Para tener éxito o una vida feliz, era imprescindible mantener a los dioses con buen humor. En los días de fiesta, los devotos debían asistir a las ceremonias del templo o sacar las estatuas de los dioses en procesión por las calles. Se hacían sacrificios.
Los babilónicos, y antes los sumerios, creían poder averiguar el futuro a base de múltiples acontecimientos extraños. En el nacimiento de monstruos, en los movimientos de los animales, en las formas de las grietas de las paredes o en el aceite derramado en un vaso de agua veían el dedo de los dioses apuntando el futuro. Si un hombre quería casarse o un rey intentaba hacer la guerra, había que practicar sortilegios. Una forma común era examinar el hígado de un animal sacrificado.
La observación de las estrellas les enseñó muchas cosas sobre ellas y llegaron a ser expertos en predecir eclipses y corregir el calendario. También decían la buenaventura basándose en la astrología.