Romance de la bolsa de Carrefour

Por Antonio BURGOS, en ABC

Guarde silencio la oferta del yogur sin calorías. Que se pongan negro luto azúcar y sacarina. Media asta en los envases de dos litros de lejía. Pongan cara de tristeza las cajeras en su línea. Crespón negro al detergente y otro a la pescadería: que tome color carbón la plata de las sardinas; lloren lágrimas saladas cazones y pescadillas. Y que el rojo del añojo que hay en la carnicería tome tintes funerales, sea de lomo o sea costilla. Que todas las marcas blancas se pongan negra mantilla. Se acabó lo que se daba: no hay más bolsas gratuitas, bolsas del Club Carrefour, bolsas útiles, divinas, que luego para mil cosas en tu casa te servían: para guardar ropa sucia, para guardar ropa limpia, para tirar la basura, para mil cosas distintas.

Yo vengo del Carrefour, que era una gloria bendita, con los precios más baratos y las ofertas más lindas, los detergentes más limpios, las fregonas más lucidas, las lechugas más romanas y las mejores endivias, las sandías siderales y los pepinos que envidia le daban a los maridos, que no sé en qué pensarían, pues al verlos las mocitas de rubor enrojecían.

Yo vengo del Carrefour, ay, yo no sé por qué iría. El alma traigo en los pies, desolada y decaída. Otras veces esta vuelta rebosaba de alegría. Venía con veinte bolsas a cual mejor y magnífica. En la una las gamuzas que el polvo atrapan y limpian; en la otra, los yogures; en una más las delicias de las latas de caballa, de las marcas más eximias, el café Catunambú, aceite de La Masía, el queso del Caserío, la Nutella y la Nocilla, los filetes de ternera, las buenas latas de piña, cerveza de la Cruz Campo con caballo que relincha porque es «sin», Kaliber llaman, y ocho latas me traía. Otras veces que ahora evoco yo del Carrefour venía con bolsas como tesoros y al llegar a la cocina era Jauja lo que entraba en cada bolsa que abría. En la una el cilibán, limpia cuanto te imaginas; en la otra tres gamuzas, siete kiwis, tres bombillas de esas de bajo consumo que ahorran tanta energía, y en otra más cocacola que hay en la América misma, en esa versión que es ligth, ni azúcar ni cafeína.

Ya vengo del Carrefour, y lágrimas me caían, de nostalgia inconsolable cuando llegar a la línea de la Caja Diecinueve, que es mi caja preferida, va y me suelta la cajera, va y me dice así la niña: «Lo siento, ya no hay más bolsas, porque el aire contaminan y el agujero de ozono llega de aquí a la Argentina, que esas bolsas puñeteras no hay forma de destruirlas, duran más que duró Chaves presidiendo Andalucía. Por eso no habrá más bolsas -sigue diciendo la niña-, porque ahora son reciclables; las damos de cortesía, estas bolsas fabricadas sin daño a la ecología para que así se acostumbren los pepes y las marías, y se hagan a la idea de que dentro de unos días tendrán que comprarlas ellos, medio euro una valía, o que las bolsas de casa cada uno las traía, cada cual se las componga, que no hay más bolsas dañinas; lo llevas con las dos manos lo que has comprado, alma mía, o con dos co...ntenedores de compras de la familia, y al que así Dios se la dé, San Pedro se la bendiga».

En cuanto he llegado a casa he buscado en las reliquias del armario donde guardo los diarios de otros días, y allí te he encontrado, oh bolsa, oh querida bolsa mía, oh bolsa del Carrefour, bolsa de toda la vida, tan blanca, roja y azul, tan preciada y tan precisa. Te voy a poner un marco, oh bolsa, ay, bolsa mía, como un recuerdo de antaño, como parte de mi vida, evocación de los tiempos en que por la ecología no te daban el por saco que ahora en Carrefour se estila. Esto parece un atraco: «Venga, la bolsa o la vida». Esta bolsa sin Nikkei ya en ningún sitio cotiza; ni en Madrid ni en Guolestrí tuvo nunca esta caída. En Carrefour no dan bolsas, ¡me cago en la ecología!