Fragmentos de pregones de la Semana Santa de Sevilla



LA ESPERANZA

Uno de los momentos del día más hermosos y que menos disfrutamos es el Amanecer. Pero hay uno que sí gozamos, el que pertenece a nuestra Vida Soñada, la que sólo existe en nuestra Memoria. Físicamente es igual a los demás, pero vosotros y yo sabemos que no tiene nada que ver con ellos.

Un buen rato antes de que nos estemos acercando a la Iglesia, el Cielo ha empezado a romper la noche. El relente suele aparecer cuando cruzamos el barrio de San Vicente y la hora profunda en que habíamos dejado Sierpes cada vez está más lejos. Por Capuchinas, la estrecha franja acotada por los tejados se ha vuelto ya de un azul intenso y, poco a poco, conforme llegamos a la Plaza, el canto de los pájaros es el mejor y más alegre anuncio de la mañana. La Cofradía se recoge entre dos luces y una vez cerradas las puertas de la Basílica, mientras en la calle triunfa ya la luz de un nuevo Viernes Santo, dentro volvemos por unos minutos a los grises del amanecer, animados por la tenue claridad que entra por la linterna de la cúpula, recortando los caprichosos zigzagueos del último humo de los cirios, que cumplida su misión de alumbrar a la Luz del Mundo, son devueltos impunemente a los carros, con un fondo de golpes secos. Es el momento de las caras desencajadas por el cansancio, de los abrazos de felicitación. Pero yo no estoy completamente tranquilo, ningún año lo estoy, porque es la hora en que empiezo a recordar que Ella también ha estado en la calle, también le ha sorprendido el amanecer y ahora mismo, en plena mañana, sigue marchando como Reina Triunfante. Incluso mucho antes de que todo esto suceda, cinco de mis hermanos habían ido a postrarse a sus plantas para cumplir con una concordia centenaria, al tiempo que unas legiones, tan maravillosamente falsas como la ciudad imperial que custodian las murallas de donde salieron, venían a rendir tributo al Cisquero, mandadas desde la Eternidad por un capitán al que le pusieron de nombre "El Pelao" en los campos de batalla de Parras y Escoberos. Ya a plena luz del día, recorro las mismas calles que unas horas antes he pasado cumpliendo el Rito y la Regla, pero no soy capaz de reconocerlas. Me cruzo con gente que viene y va; de pronto, por alguna esquina, aparece fugazmente un nazareno de ruan, que a paso cansino huye de una mañana que le ha sorprendido y a la que no pertenece. Definitivamente, ya no queda nada que recuerde a la Madrugada, ni yo mismo, que La busco en esta mañana que tampoco es mía. Hay más gente por la Encarnación, vienen de regreso, es mi imaginación o en sus caras se refleja la satisfacción de haber estado con Ella. A duras penas me voy abriendo paso y por fin consigo verla embocada en la calle Alcázares. Está de espaldas, pero no me importa, es cierto lo que un sabio amigo dijo una vez, su paso no tiene espalda porque no es un paso sino un aura. Me podría bastar, ya he sentido su presencia y estoy muy cansado, pero esta mañana no es suficiente, no solo quiero verla sino que Ella me vea. Cruzando Regina consigo llegar a San Juan de La Palma. Por la calle Feria la cofradía discurre parsimoniosa, sabiéndose ya dueña absoluta del tiempo y el lugar y escoltada por su público, sacado cada año de un cuadro de García Ramos para que La acompañe esta mañana. La espera es larga y la ilusión mayor. Matrimonios ancianos, padres con niños, parejas de jóvenes, familias enteras, balcones engalanados con Su foto, los bares desprendiendo el olor a café, chocolate y aguardiente, mientras los nazarenos avanzan desatentos, con los cirios convertidos en callados de las horas. Poco a poco el gentío va creciendo y un tumulto de capirotes y devotos anuncian que ya está cerca, hasta que una frase mágica nos hace a todos fijar la vista en el fondo de la calle "ya se ve la Virgen". Me voy acercando sin sentir las apreturas, descubriendo cada detalle de un paso que llevo grabado, como si no lo hubiera visto nunca. Las flores están ya marchitas; la candelería, apagada, se ha ennegrecido; los ramos que le han ido regalando rebosan la peana; hasta que por fin tengo la certeza de que La Esperanza me está viendo. A pesar de las ojeras y del cansancio de toda la noche, no ha perdido la Sonrisa, está mas Guapa que nunca y más Orgullosa que nunca de saberse la Madre de Dios, y en ese preciso momento, cuando cruzamos la mirada y nos quedamos los dos completamente solos, me acuerdo de mis niñas, las que Ella me está cuidando, intento rezar todos los años pero sólo me sale el llanto…

Juan Delgado Alba dijo que cuanto de bello y puro hubiera en el cielo y la tierra, sería poco para Ella.

Ricardo Mena aseguró que era el Sol y las estrellas.

Miguel Muruve proclamó que era la más segura, dichosa, rotunda y perenne Esperanza Nuestra.

Carlos Colón nos recordó que por mucho que la viéramos, nunca la podríamos dejar sin pena.

Joaquín Caro se preguntó si estaba más guapa con el manto granate, el de malla o de hebrea.

Carlos Herrera cuando la miraba, sentía a Dios cabalgar por sus venas.

Curro Ruíz Torrent pensó que soñar era encontrarse cara a cara con Ella.

Paco Vázquez juró que Dios puso la Creación en su Cara perfecta.

Rafael de Gabriel anunció que no hay flor más pura que la que vive en San Gil y siempre está en primavera.

Antonio Murciano sentenció que todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza.

Ignacio Jiménez se hizo cura para cumplir su promesa.

Y todo lo demás ya se lo había dicho antes Rodríguez Buzón, el poeta.

Pues cómo queréis que salga airoso de este trance quien ahora pregona Su Pureza.

Yo solo sé decirle, con la admiración de hombre, el orgullo de Sevillano, el amor de hijo y con el alma entera:
Dios te Salve, Santa María de la Esperanza Macarena, Reina del Mundo, Madre de Dios y Madre Nuestra.
Enrique Esquivias de la Cruz
Sevilla 25 de Marzo de 2007