Crónica de Italia 2008

Por Marta HIDALGO

Todos esperábamos con ansia la llegada del día treinta y uno de marzo. El día en que volaríamos hacia Italia.

A las once de la mañana había que estar en el aeropuerto, aunque yo llegué antes por razones del trabajo de mi padre. Al llegar había muy poca gente, y poco a poco fueron llegando los demás. Teníamos que facturar las maletas en la puerta cuarenta y cinco.

Tras esperar un buen rato en la puerta de embarque y dar una vuelta por los alrededores, nos subimos al avión sobre la una del mediodía. Me senté con Rocío Valverde y con Irene Entringer. El avión era el más cutre en el que había viajado; para empezar, a la hora de explicar las normas de seguridad en caso de emergencia (chaleco salvavidas, máscara de oxígeno) en vez de mostrarlo todo en pantallitas situadas a la cabeza de cada cuatro asientos, las azafatas hacían una exhibición en vivo, como se hacía antiguamente.

Como primero parábamos en Madrid (en vez de hacer vuelo directo) el trayecto fue corto, de unos cuarenta minutos.

Aterrizamos sin problemas en Barajas (terminal cuatro), donde durante la espera de dos horas almorzamos. Sobre las cuatro de la tarde embarcamos en el avión que nos llevaría a Roma. El vuelo de dos horas fue sin problemas graves (algunas turbulencias sobrevolando el mar) y aterrizamos por fin en Roma sobre las siete de la tarde.

Fuimos en autobús hasta el hotel, situado a las afueras de Roma, entre pinos. Aunque era de tres estrellas era un tanto cutre (ya me advirtieron que los hoteles italianos eran de más baja calidad que los españoles). El cuarto de baño olía una peste impresionante, el agua de la ducha no tenía presión, las almohadas eran demasiado altas, y las colchas de las camas (cuya apariencia no es que fuera muy agradable) las usamos como alfombrilla en el cuarto de baño (ya que no había). Aún así las limpiadoras las volvían a poner en las camas, pero al tercer día nos las quitaron, y nos quedamos sin alfombrilla en el cuarto de baño. Mi habitación era de tres, nos alojábamos Marta Bernad, Rocío Valverde y yo.

Tras dejar las maletas y las mochilas (habiendo cogido la cartera), salimos todo tercero (cuarto llegaba más tarde) en busca de algún lugar para cenar. Nos aventuramos por una carretera hacia las afueras de la ciudad, pero todo estaba cerrado, por lo que nos tuvimos que volver al hotel y conformarnos con el bocadillo que nos habíamos llevado desde Sevilla.

Hacia las doce y media venían los profesores a inspeccionar, por lo que antes nos duchamos y salíamos a los pasillos. A partir de dicha hora no se podía salir y se suponía que había que permanecer en silencio para no perturbar la calma ni el sueño de los otros huéspedes. Nos quedamos un rato hablando y sobre las dos de la madrugada conciliamos el sueño.

Nos levantamos a las seis y media (con profundas y visibles ojeras). Era imposible no despertarse con los todos los distintos medios que se empleaban para ello: la alarma del móvil (canción de Calabria), los timbrazos del teléfono de la habitación, y los profesores llamando a la puerta.

A las siete debíamos tomar el desayuno, un cutre buffette que consistía en jamón york, queso, bollos, croissants, mermelada, mantequilla, zumos y cafés. Aunque tenía hambre, me daba una fatiga tremenda comer a tan temprana hora, por lo que me limitaba a tomar un bollo con mermelada y mantequilla y un cappuccino.

Al subir al autobús con nuestras mochilas, todos con cara de no haber dormido, el jovial conductor Romano saludaba todas las mañanas con su alegre ‘¡bono día!’.

Nos llevó a una plaza donde hacía mucho frío, y tuvimos que ir andando (medio dormidos, con los profesores metiéndonos prisa) hasta el Museo Vaticano. Lo estuvimos recorriendo cada uno por su cuenta durante toda la mañana. Lo que más me llamó la atención fue la Capilla Sixtina, donde no se podía hacer fotos, norma que algunos se saltaron. De todas formas aquel día no pude hacer ninguna foto porque se me habían olvidado las pilas de la cámara en el hotel, dentro de la maleta.

Sobre el mediodía nos fuimos a la Plaza de San Pedro del Vaticano, donde nos dejaron tiempo para comer hasta las cuatro. Durante la espera nos echamos a dormir la siesta a los pies de la fuente.

A las cuatro de la tarde nos levantamos para adentrarnos en una asfixiante cola para entrar en el Vaticano.

Para bajar la comida subimos la Cúpula de San Pedro por una gran cantidad de escalones que a medida que se iba subiendo se iban doblando las paredes hacia el centro.

Al subir contemplamos toda Roma, una vista espectacular: la Plaza de San Pedro del Vaticano a nuestros pies; allá a lo lejos, detrás de un edificio blanco, el Coliseo; al lado de una gran mancha verde compuesta por una frondosa arboleda el Museo Villa Borghese, etc.

Al descender entramos directamente en el Vaticano. La "Iglesia del Mundo" era realmente majestuosa, enorme, unas columnas gigantescas, y de una elegante y solemne belleza. No pudimos visitar las catacumbas porque las cerraban a las seis, hora que ya había pasado.

De modo que nos dirigimos hacia el metro para visitar la Plaza de España y la Fontana di Trevi. Después de resolver el asunto de los tickets debíamos tener un cuidado riguroso: teníamos que situarnos a lo largo del metro para que cuando llegara nos metiéramos todos rápidamente por las distintas puertas que lo recorren. Cuando el metro se paró, se escuchó la atronadora voz de Jesús: ‘¡AHORA SEÑORES! ¡TODO EL MUNDO PARA ADENTRO!’. Aquello salió mejor de lo planeado, ni siquiera se quedó nadie en la estación, por lo que nos dedicamos un fuerte aplauso(con toda la gente del metro mirándonos).

Para salir se volvió a repetir la misma escena, aunque sin aplausos, salimos todo el mundo al abrirse las puertas a toda prisa.

Nos dirigimos a la Plaza de España y a la Fontana di Trevi. En este último lugar lanzamos dos monedas de espaldas a la fuente(yo de un céntimo cada una, preparadas para dicho acto), una para pedir un deseo y otra para volver. Aunque la última moneda en realidad no me hizo falta, estaba segura de que volvería a contemplar la fuente de noche, con su propia y tenue luz, y a volver a oír el susurrar de sus aguas.

Allí nos tomamos un helado, y después nos fuimos a cenar a la Plaza Navona, aunque allí no comí; el helado me bastó. En aquella plaza, de noche, hacía un frío glacial y algunos inmigrantes no ayudaban a crear el un bienestar general. Se iban detrás de la gente para vender juguetes y balategas, insistiendo tanto que llegaban a acabar con la paciencia de los que nunca serían sus clientes. Y cuando convencíamos a uno de que no queríamos nada, se iba, venía otro, y otro, y otra vez el mismo de antes.

Lo que sí nos resultó útil fueron los megáfonos que vendían, que fueron comprados por la mayoría de nosotros. Sus otros productos no valían para nada: un pato que movía el cuello al son de su propia música, platillos volantes, gafas luminiscentes, una especie de plastilina para formar figuras, un par de imanes que lanzaban al aire, etc. Estaban por toda Roma, sobre todo en la Plaza Navona y en la Fontana di Trevi. De día solían vender gafas de sol y postales, y de noche lo antes mencionado.

Para ir a algún sitio, para asegurarnos que estábamos todos y nadie se había extraviado, se efectuaba el ‘recuento’, que consistía en que dos profesores se colocaban cara a cara formando un paso, por donde íbamos pasando todos uno por uno; mientras estos profesores nos contaban. Solíamos hacer por un lado tercero y por otro cuarto; y competíamos a ver quién acababa antes de contar; nosotros salíamos casi siempre vencedores.

Sobre las diez o diez y media de la noche al fin hicimos el recuento y nos dirigimos hacia el autobús, donde durante unos cuarenta minutos o cuarenta y cinco minutos nos dormimos.

Todas las noches antes de entrar en el hotel, nos reuníamos en los jardines que lo rodeaban para que los profesores nos informaran a qué hora iban a hacer la inspección, a qué hora nos levantaríamos el día siguiente y adónde iríamos, etc.

La escena de anoche se volvió a repetir: la gente duchándose, de habitación en habitación, etc. Sobre la una de la madrugada vinieron los profesores a hacer la inspección. Nos quedamos un rato conversando y sobre las dos conciliamos el sueño.

Como el día anterior, nos levantamos a las seis y media y bajamos a desayunar a las siete (nosotras quizás un poco más tarde, porque éramos siempre de las últimas).

Nada más subir al autobús, como era de costumbre, el conductor Romano saludaba con su exuberante ‘¡bono día!’ y nos preguntaba si nos gustaba Roma y todo eso. Durante los cuarenta minutos de autobús nos dijeron que íbamos a visitar el Museo Villa Borghese, las Iglesias San Ignacio, del Gesú y San Luis de los Franceses, y la Plaza del Capitolio.

Tras aparcar frente a las puertas del Museo Villa Borghese, tercero entramos en el majestuoso edificio, mientras cuarto se quedaba en los impresionantes jardines. Cuando salimos todo tercero del Museo, se estableció el cambio de turnos, cuarto entraba a la Galería (con sus mochilas bajo la responsabilidad de los profesores de nuestro curso) y tercero disponíamos de tiempo libre en los jardines.

Durante este tiempo y cuando empezaba a salir cuarto, grabaron en plan de humor imitando al tapicero, Coriano bailó una rumba con la bandera de España en su espalda con el megáfono en mano, etc. Los extranjeros, antes de entrar al Museo nos observaban viendo cómo nos traíamos a ‘España’ hasta allí.

Luego nos dirigimos al fondo del jardín hacia un mirador, donde contemplamos una buena parte de la capital italiana. Seguimos andando hasta llegar al Panteón, donde tuvimos tiempo para comer. Nosotras (Rocío Selfa, Carmen Argüelles, Isabel Herrero, Laura Ansede, Irene Entringer, Pati, Marta Bernard y yo) gozamos del lujo de comer en un restaurante, en el que disfruté unos deliciosos espaguetis a la carbonara.

Luego nos echamos un rato a los pies de la fuente de la plaza del Panteón, donde habíamos quedado.

Tras realizar el recuento, entramos en el Panteón (que tampoco fue gran cosa).

Después fuimos a visitar la Iglesia de San Ignacio, donde nos maravillamos ante la magnífica obra de arte ‘La Glorificación de San Ignacio’, capaz de engañar a nuestros sentidos. La perspectiva y profundidad eran realmente increíbles, aquello parecía las mismísimas puertas del cielo.

No sé decir si era aún más impresionante la cúpula, que entrando en la Iglesia parecía real, pero al ir aproximándose a ella, uno podía descubrir que la linterna se iba desviando hacia la derecha. No era una cúpula de verdad, sino pintada, pintada sobre un techo plano, con la misma magnificencia que el fresco anterior. Aquella pintura engañaba los sentidos de la percepción, era muy difícil asimilar que la cúpula no era más que un techo plano.

Luego fuimos a visitar la Iglesia del Gesú, donde no acabó nuestra sorpresa. Sus frescos en el techo eran realmente alucinantes; te colocaras donde te colocaras, las sombras de los objetos cambiaban de la misma manera como si de una escultura se tratara. Las figuras pintadas parecían sobresalir de la techumbre.

Acto seguido, fuimos andando hasta la Plaza del Capitolio, donde durante un buen rato disfrutamos de tiempo libre. También visitamos después la Iglesia de San Luis de los Franceses.

Luego fuimos a cenar de nuevo a la Plaza Navona, siempre repleta de vendedores ambulantes; buscamos un sitio para comer bajo el frío nocturno.

Tras cenar, esperar a la hora establecida y hacer el recuento, nos montamos en el autobús para dirigirnos al hotel. En el vehículo íbamos cantando con el megáfono y contando chistes. Coriano iba comentando por dónde íbamos pasando en plan humorístico, donde soltamos cada carcajada.

Al llegar al hotel nos duchamos, y esta vez nos tuvimos que quedar en nuestra habitación: los profesores nos prohibieron salir para evitar relaciones internacionales y que nos llamaran la atención desde la dirección del hotel. De nuevo los profesores hicieron la inspección, por no hacer mudanza en su costumbre. Conciliamos el sueño sobre la una y media.

Al día siguiente nos volvimos a levantar a la hora acostumbrada.

En el autobús nos informaron sobre lo que íbamos a visitar: la Iglesia de San Juan de Letrán, el Moisés, el Coliseo, la Plaza del Capitolio y el Foro.

Primeramente fuimos a ver la Catedral de Roma, aunque no pudimos entrar porque estaba cerrada, así que nos dirigimos hacia la Iglesia de San Juan de Letrán, donde por fin pude hacer fotos (ya que había olvidado las pilas de la cámara en el hotel).

Seguidamente fuimos a ver al Moisés de Miguel Ángel en la Iglesia de San Pedro Encadenado (donde alguna gente no sabía el tesoro que esta sencilla iglesia escondía).

Después nos dirigimos hacia el Coliseo, donde dispusimos de un rato de tiempo libre dentro del anfiteatro. Quedamos a la salida del ruinoso edificio a la hora de comer. Comí con Rocío Valverde e Irene Entringer en un kiosco, aunque luego fuimos a un supermercado a comprar fruta, que la necesitábamos, ya que no habíamos comido ninguna hasta entonces en todo el viaje.

Cuando terminamos de comer y comprar nos fuimos con la gente al césped a echarnos allí un rato.

Tras el recuento, anduvimos hasta el Foro Romano, donde dimos varias vueltas entre las gigantescas ruinas.

Otra vez fuimos a la Plaza del Capitolio, donde de nuevo gozamos de tiempo libre. A los pies de las escaleras de la plaza había un hombre que no parecía tener la cabeza en su sitio y que, sujetando un cartel en el que se leía ‘Jesús’, gritaba algo como dándole excesiva importancia a Cristo, la tierra que Él pisaba era sagrada, o algo así.

Estuvimos un buen rato echados en una plaza, acurrucados de frío, con el megáfono, por supuesto, siempre funcionando. Hacía un viento y un frío estremecedor cuando ya hicimos el recuento.

Fuimos a la Plaza Navona para cenar, como era de costumbre. Silvia Cercas, Rocío Valverde y yo estuvimos las dos horas de tiempo libre buscando el McDonald's (ya que en los otros sitios te exprimían hasta sacarte el último céntimo). Tras estar dos horas (y en el camino casi me atropella una moto, me pasó casi rozando) fuimos incapaces de dar con tan buscado lugar, por lo que aquella noche nos quedamos sin cenar, y con un frío en el cuerpo tremendo.

Después del ansiado recuento, fue un alivio estar al abrigo del calor del autobús. Como la noche anterior, Coriano nos hizo soltar más de una carcajada con sus comentarios humorísticos.

En la reunión de antes de entrar al hotel, los profesores nos dijeron que aquélla sería la última noche en Roma, por lo que había que hacer las maletas nada más subir a las habitaciones (qué pereza) y nada de salir de las habitaciones.

De modo que así fue, y como siempre, vinieron después los profesores a hacer la inspección. No tardamos mucho en dormirnos; estábamos rendidas.

El día que nos esperaba al menos no acabaríamos con los pies hechos polvo de tanto andar, aunque el viaje sería más pesado, ya que una buena parte de la jornada la pasaríamos en el autobús (eso sí, disponíamos de un buen rato para dormir el sueño que tanto necesitábamos).

Al menos pudimos gozar una media hora más de sueño: nos levantamos a las siete para desayunar a las siete y media.

Las horas de autobús las matamos durmiendo, escuchando música, etc.

Asís nos recibió con una fina llovizna y un viento fresco y constante. Esta ciudad tan famosa me sorprendió un tanto, me esperaba una gran ciudad. No pensaba que fuera un pueblecito rústico de calles estrechas; sin embargo me gustó; tiene su encanto.

Desde la Iglesia de Santa Clara hasta la Iglesia de San Francisco, como había un buen trecho a lo largo del pueblo, anduvimos cada uno por nuestra cuenta. Rocío Valverde y yo, que estábamos hambrientas después de no comer desde las tres de la tarde del día anterior con un cappuccino y un bollo de por medio, fuimos a comprar una pizza que devoramos por el camino.

Frente a una explanada con césped y arbustos en su centro podados de tal manera que formaban una flecha, se encontraba la Iglesia de San Francisco. Entramos a verla y salimos después abajo a esperar al recuento. Mientras, charlábamos e íbamos al baño (al cual rápidamente renuncié, ya que va en contra de mis principios pagar por entrar un momento).

Tras el recuento fuimos al autobús, donde pasamos una hora. Llegamos a Siena sobre la hora de comer; anduvimos hasta la Plaza del Palio, lugar en el que quedaríamos después de comer para el recuento.

Esta vez sí nos fijamos en el camino donde estaba el McDonald's, no nos fuéramos a quedar de nuevo con el estómago vacío. Después de comer echamos el rato en la Plaza del Palio.

Sobre las cuatro, después del recuento (y perseguir a Pablo Corbacho, que había llegado tarde y al que todos persiguieron al grito de Pedro Jaén: ‘¡A por Pablo Corbacho!’) tuvimos un amistoso enfrentamiento nacional entre un grupo de italianos y nosotros, cantando cada uno sus respectivos himnos.

Visitamos después la Catedral de Siena, cuya fachada era un tanto majestuosa.

Ya por fin nos dirigimos al autobús camino de Florencia. A la ciudad llegamos ya de noche, con un poco de frío. El hotel se llamaba ‘Universo’, de tres estrellas, aunque como el anterior, no me fié de su calidad. Distribuimos las habitaciones (yo me puse con Irene Entringer, Carmen Argüelles y Rocío Valverde) y los profesores nos informaron de que iban a venir a hacer una inspección a todas las habitaciones para que en caso de que hubiera algún desperfecto no nos lo acusaran a nosotros.

Los pasillos del hotel se asemejaban a los de un hospital, fríos y lúgubres, con las habitaciones muy distanciadas entre sí. Y encima nos había tocado la última planta, la sexta: teníamos que subir una infinidad de escaleras, ya que el ascensor estaba permanentemente ocupado.

Subimos ya a la habitación (la 665) y al poco tiempo vino Pedro Jaén, al que informamos de todos los desperfectos: el somier de la litera tenía una tabla envuelta en celo, y debajo de otra había unos pañuelos de papel usados, mi litera parecía poder caerse en cualquier momento, las telas de las cabeceras de las camas estaban agujereadas, la almohada era demasiado dura, y la mampara del cuarto de baño estaba rota: no se podía cerrar; había que ducharse de espaldas a la pared para evitar que se saliera el agua. Lo único medianamente aceptable era el armario; la televisión, por supuesto, no funcionaba. Entre una cosa y otra soltábamos cada carcajada.

Al rato bajamos a cenar. Quedamos en una especie de placita sobre las diez o diez y media.

Buscamos un buen sitio y lo encontramos, un tranquilo autoservicio en el que nos atendió una muchacha que había estudiado español en Argentina, por lo que los problemas de comunicación fueron escasos. Allí nos tomamos un pizza margarita un tanto barata.

El camino de vuelta fue un poco peligroso, ya que por las oscuras calles rondaba gente con muy mala apariencia.

Después de esperar como una hora en la placita muertos de frío, llegó José Luis Medina y nos dijo que por favor esperáramos una media hora más porque acaban de servirle la cena; el resto del tiempo tuvieron que ir urgentemente a la farmacia a comprar un medicamento para Jesús. El pobre padecía una infección importante, por lo que se había tenido que quedar en el hotel unos días.

Aceptamos sin reparos la petición. Después del recuento fuimos al hotel, helados de frío. En la habitación nos quedamos un rato conversando y riéndonos, hasta que conciliamos el sueño sobre las dos de la madrugada.

Al día siguiente pudimos dormir algo más: nos levantamos a las siete y media para desayunar a las ocho. Debido a que nos levantábamos más tarde, ya no tenía fatiga a la hora de desayunar, por lo que podía comer a gusto. Pero el buffette era aún peor que el de Roma: tan sólo había un café y un bollo con mermelada.

El día lo íbamos a dedicar a visitar Florencia, por lo que tomamos el autobús para dirigirnos a tan famosa ciudad (nuestro hotel estaba situado en un pueblo llamado ‘Montecatini’).

En primer lugar fuimos a visitar la Academia. La cola para entrar era larga y esperamos allí mucho tiempo. Para ganarse la vida, había por allí una gran cantidad de chinas a las que tú les escribías un nombre y ellas te lo pintaban en una especie de cartulina blanca con unas letras preciosas, una variedad de colores admirable. Tal maravilla la realizaban en un momento al precio de un euro.

Estando dibujando y vendiendo, de repente se oyó un estridente silbido y visto y no visto una enorme masa de inmigrantes corrieron desesperados, las chinas recogieron el material en un abrir y cerrar de ojos (lo tenían todo preparado) y salieron a todo correr. Después de que pasara el último inmigrante, pasaron un par de motos en las que se leía ‘CARABINIERI’ (policía). Nunca había estado presente en un acto parecido.

Cuando al fin llegó nuestro turno de entrar en la Academia y entramos en la sala del David y lo vimos allí al fondo, nos deslumbramos ante su tamaño y magnificencia. Me lo esperaba más pequeño, y al verlo así de perfecto nos quedamos boquiabiertas. Dimos unas vueltas a su alrededor y admiramos su belleza. Las otras esculturas tenían una importancia nimia en comparación a la del David.

Cuando salimos de la Academia (mejor dicho nos echaron, ya que estábamos armando jaleo y la vigilante nos echó de allí en italiano) esperamos un rato a que salieran los demás para dirigirnos a las Capillas Mediceas, donde estaban las estatuas de Lorenzo y Giuliano de Medici con el día y la noche, y la aurora y el crepúsculo respectivamente. Había algunas partes de las estancias que estaban en obras, por lo que no pudimos verlas en su estado natural.

Después nos dirigimos hacia la Iglesia de San Lorenzo y al museo. Quedamos en la escalera de la Iglesia para el recuento tras comer.

Claudia Nieto, Rocío Valverde, Marta Bernad y yo fuimos a un supermercado a comprar (yo un paquete de galletas, que después me entraba hambre).

Enfrente había un autoservicio que estaba de maravilla: había en el mostrador para elegir lo que uno quisiera y te lo daban en el momento (el mostrador conservaba el calor). Yo pedí una lasaña (no quería irme de Italia sin haberla probado), que estaba deliciosa.

El único defecto que tenía aquel bar era que no había baño, por lo que el resto del tiempo estuvimos buscando uno, hasta encontrarlo tras la negativa de los otros restaurantes.

Cuando ya hicimos el recuento en San Lorenzo nos dirigimos hacia la Catedral de Florencia y las Puertas del Baptisterio, realmente asombrosas. Seguimos caminando hasta dar con la Plaza de la Signoria, donde se encontraban réplicas de mármol de estatuas famosas (como el David).

Un poco más adelante estaba el Ponte Vecchio, construido sobre el río Arno y repleto de caricaturistas.

Vimos después la fachada del palacio Pitti, quedamos a una hora en las puertas del Baptisterio y mientras dimos una vuelta por el mercado del jabalí.

Después volvimos a la Iglesia de San Lorenzo, donde dispusimos de hora y media para ver y comprar en el mercadillo de al lado, un tanto grande y extenso.

Regresamos a la Iglesia para hacer el recuento, y cómo no, tercero ganamos y cantamos el ‘chiqui-Italia’ y otras canciones.

Tomamos después el autobús para volver al hotel y soltar allí las mochilas. Salimos a la placita a cenar, donde José Luis Medina nos advirtió que anduviéramos con precaución y en grupos numerosos, ya que (tales fueron sus palabras): ‘por aquí hay muchos perros surnormales en celo’.

Fuimos al mismo sitio de ayer, donde devoré un magnífico plato de macarrones a la boloñesa.

Subimos al hotel muertos de frío. Como Rocío Valverde padecía dolor de garganta y un poco de fiebre, José Luis Medina le dio una pastilla que alteró su sistema nervioso: le entró la risa y nos la contagió a todas, por lo que tuvo que venir Geesche ya tarde a llamarnos la atención. Conciliamos el sueño a altas horas de la madrugada.

Aquella mañana nos levantamos temprano, ya que íbamos a viajar hasta Venecia, nuestra última ciudad del viaje. Al llegar a la zona de Venecia cubierta de agua, vimos el larguísimo puente sobre el que estaba construída la carretera por donde viajábamos. Era increíble: las casas estaban prácticamente sumergidas en el mar.

Aparcamos el autobús y nos dirigimos hacia el puerto, donde tomamos ‘il Vapporetto’ (el barco). El camino fue realmente admirable, el paisaje se componía de edificios construídos sobre el mar.

Atracamos en la Plaza San Marco, en la que tuvimos que ir con las capuchas puestas, ya que corríamos el riesgo (del cual algunos no se libraron) de que las palomas (que había tantas) dejaran caer sus heces fecales.

Hicimos cola para entrar en el Campanille, al que subimos mediante un ascensor en grupos. Arriba hacía muchísimo frío y corría un viento que helaba el rostro. Desde allí se veía toda Venecia; vista así desde arriba era enorme, pero desde abajo parece como más pequeña, ya que las construcciones están muy dispersas.

Cuando bajamos realizamos en la Basílica San Marco una muy breve visita, apenas duró tres minutos.

Sobre el mediodía tuvimos tiempo para comer. Como era el último día, nos permitimos el lujo de almorzar en un restaurante.

Después paseamos entre los puestos para comprar.

Luego nos dirigimos hacia el puente Rialto, donde también echamos un vistazo al mercado.

Volvimos a la Plaza San Marco a la basílica. Allí nos obligaron a estar presentes en una misa en italiano que duró como una hora eterna. Casi me quedé dormida.

Cuando al fin salimos de la tediosa basílica nos dieron tiempo libre para cenar. Irene Entringer y yo nos internamos en las callecitas de Venecia, donde casi nos perdimos; dábamos con callejones sin salida o con calles que acababan directamente en el agua.

Después del recuento, fuimos de vuelta a il Vapporetto.

Cogimos el autobús para llegar al hotel, ya de noche. En la habitación me puse con Rocío Valverde y con Irene Entringer.

El hotel no es que fuera mejor que los otros dos; las camas (sobre todo la mía, que era más baja) eran demasiado blandas. Eso sí, la habitación era muy espaciosa, y la ducha la mejor de las tres; al menos salía el agua del teléfono con más presión.

Hubo gente que salió a cenar (otra vez), mas yo me quedé en el hotel debido a que no tenía hambre y a las desfavorables condiciones meteorológicas en el exterior. Mientras, los que nos quedamos, nos pusimos a dar vueltas por el hotel de habitación en habitación (y a intentar abrir una maleta para extraer las cartas para jugar).

Cerca de la una y media nos tuvimos que quedar en nuestro cuarto. Aquella noche estábamos muertas de sueño, totalmente agotadas del sueño acumulado durante la semana (tan derrotada estaba que me quedé dormida en la cama de Irene sin darme cuenta).

No nos levantamos muy temprano, ya que teníamos que tomar el autobús para ir al aeropuerto de Milán.

Si nos quejábamos del buffette de los otros dos hoteles, el de Venecia era aún peor. No era ni autoservicio: te servían café (que estaba tan aguado que no me lo pude tomar) y un bollo con mermelada que había en la mesa.

El viaje en autobús duró unas cinco horas, entre las cuales hicimos una parada para comer.

Tras despedirnos calurosamente del conductor Romano, llegamos al aeropuerto a la tarde. Tras facturar las maletas y esperar un buen rato (como en la línea amarilla) embarcamos sobre las cuatro de la tarde.

Aterrizamos sin grandes problemas en Barajas (terminal cuatro). Esperamos durante dos horas eternas a que llegara la hora de embarcar.

El vuelo de Madrid a Sevilla fue breve, aterrizamos sobre las once u once y media

Cogí la maleta, me despedí de la gente y salí a la parte en la que todos los padres esperan impacientes a que sus hijos aparezcan por la puerta.

Aunque el viaje fue duro y machacó un poco nuestra salud (en el ámbito de la alimentación y el sueño) realmente fue una experiencia irrepetible, no sólo por el país que había visitado, sino también por la gente con la que había ido.